Ray Bradbury, el cronista de Marte (2)

Ray Bradbury fue un autor que se manejó con especial soltura en el relato corto: escribió cientos de ellos, de las más variadas temáticas, que iban desde la ciencia-ficción al terror pasando por el suspense o el género negro, muchos de los cuales fueron posteriormente recopiladas en antologías como El hombre ilustrado (1951) o Cuentos espaciales (1966). Por comparación, escribió muchas menos novelas y la mayoría de ellas nacieron de la reescritura de una historia más corta o de la fusión de varios relatos breves. Esa fue, más o menos, la génesis de Fahrenheit 451 (1953), tal vez la obra más famosa de Bradbury (Crónicas marcianas aparte).
Fahrenheit 451, en efecto, nace de la suma de varias ideas y conceptos desperdigados en al menos cinco relatos previos de su autor: "Bonfire", "Bright Phoenix", "The exiles", "Usher H" y "El peatón", que cristalizaron en una novela corta titulada The Fireman, donde ya se podía encontrar en buena medida la esencia de la obra. En 1953 la editorial Ballantine se ofreció a publicarla si el escritor añadía otras 25.000 palabras, siendo esta última la versión definitiva que conocemos hoy en día. Por el camino, la novela apareció publicada por entregas entre los números 2 a 4 de la revista Playboy (si, la misma de Hugh Hefner), lo que terminó de cimentar su popularidad.
Tradicionalmente Fahrenheit 451 se ha considerado una antiutopia, al estilo de otras obras clásicas como Un mundo feliz (1932) o 1984 (1949). Es cierto que describe una sociedad futura fría, aséptica y opresiva en la que un Estado todopoderoso supervisa hasta el último aspecto de la vida de los ciudadanos en nombre de la corrección política y su bienestar físico y mental (¿no les resulta esto siniestramente familiar?); un mundo en el que la lectura está censurada y los bomberos, en vez de extinguir incendios, queman libros y bibliotecas. El protagonista, Guy, es uno de esos incendiarios, hasta que conoce a alguien que cambia su forma de ver la vida y poco a poco empieza a replantearse su trabajo y muchas de las cosas en las que hasta entonces creía.
Sin embargo, al igual que ocurría en Crónicas marcianas, a Bradbury lo que le importa no es la crítica social o la denuncia política, sino el estudio de las personas, de sus sentimientos y emociones. En Fahrenhait 451 los rebeldes no ponen bombas ni cometen cualquier clase de actos violentos, sino que huyen de esa sociedad decadente y deshumanizadora para refugiarse en la naturaleza y, al igual que los antiguos rapsodas, deciden perpetuar la cultura a base de memorizar y recitar a los clásicos. Aquí reaparece nuevamente ese mensaje antitecnológico que alienta en la esencia misma de la obra bradburiana: el futuro es sombrío y amenazador y frente a él sus protagonistas huyen al pasado, a un estilo de vida más sencillo y natural, como el que preconizaba el Brad Pitt alter ego de Edward Norton en El club de la lucha (1999), la genial adaptación que el cineasta David Fincher hizo de la novela homónima de Chuck Palahniuk.
Hay algo entre romántico e ingenuo en la postura de Bradbury, en ese convencimiento férreo de que un mundo más sencillo es también un mundo más feliz. Y de hecho muchos de sus detractores, sin ir más allá, le acusan precisamente de eso: de simplismo y de ser un escritor conservador en exceso, cuando no abiertamente reaccionario. Para ser justos, Bradbury nunca ha escondido sus cartas. El nunca se ha considerado a sí mismo como un escritor de ciencia-ficción, sino como un autor de fantasía, a secas, y la única obra de entre toda su producción que reconoce adscrita a este género es precisamente esta Fahrenheit 451, que cautivó sin embargo a buena parte de la progresía intelectual de su época, entre ellos al gran director François Truffaut que acabó adaptándola a la gran pantalla en 1963. Gracias a él una nueva generación de aficionados redescubrió esta genial obra y a su no menos interesante autor, logrando así que Bradbury sea aun hoy uno de los escritores más populares del género, junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, incluso entre aquellas personas que no leen ciencia-ficción de forma habitual. Quizás porque la literatura de Bradbury es atemporal y rehuye modas y clichés para convertir al ser humano, con sus defectos y virtudes, en protagonista absoluto de todas sus historias.

Comentarios

Elwin Álvarez Fuentes ha dicho que…
Adoro este libro y si bien su adaptación en un principio me chocó por lo "antigua" que se veía, luego al verla ya más de grande también me conquistó ¿Has leído la versión en cómic que se hizo de este mismo libro? A mí me encantaría tenerla. He aquí las líneas que le dediqué a este libro en su momento: http://www.elcubildelciclope.blogspot.com/2011/09/utopias-y-antiutopias-parte-2.html