Los Hijos de Dracula

Los vampiros están de moda. Y no me refiero sólo a los no muertos adolescentes, atormentados y melancólicos de la película Crepúsculo, uno de los taquillazos cinematográficos del pasado año, aunque justo es decir que el éxito de la película ha contribuido a afianzar el glamour de los nosferatu y otras criaturas sobrenaturales (como los licántropos) entre un público más joven de lo habitual. Sin embargo, ya antes del estreno del filme hubo otros títulos o sagas que habían recuperado el concepto del vampiro como mito romántico y atormentado posmoderno.
Uno de los primeros intentos fue la versión televisiva de Blade, el célebre cazavampiros de la editorial Marvel, y aunque su incursión en la pequeña pantalla no tuvo el mismo éxito que su trilogía cinematográfica (de hecho, la serie se canceló tras una primera temporada de 12 episodios) si que dejó algunas ideas y apuntes interesantes, como el conflicto interno de la actriz Jill Wagner, atraída a partes iguales por el rudo y varonil Blade y el carismático y seductor líder vampírico de la casa de Cthespon, dilema este que quedó irresoluto tras el fin de la serie, pero que rescataba una dimensión de los no muertos que Tarantino, Rodríguez y otros cineastas actuales habían obviado: su capacidad de seducción. Un talento que ya se halla presente en obras canónicas del género como Carmilla o la propia Dracula, y que años después la escritora Anne Rice desarrollaría hasta el extremo con sus vampiros esbeltos, efébicos, bisexuales y sobrenaturalmente atractivos.
Así, en los últimos años hemos podido ver una proliferación de vampiros de pasarela, carismáticos, bien intencionados y con una vida sexual y sentimental de lo más intensa, como es el caso de Henry Fitzroy, el protagonista de la serie de TV Blood Ties, inspirada en el ciclo de novelas El Linaje de la Sangre, escritas por la escritora canadiense Tanya Huff (y algunas de las cuales han sido publicadas en castellano por La Factoría de Ideas). Descendiente bastardo de Enrique VIII, Fitzroy vive en Toronto, es dibujante de novelas gráficas de terror, se alimenta de la sangre de jóvenes voluntarias seducidas por sus encantos y mantiene una tensa relación profesional y a ratos sentimental con la investigadora privada Vicky Nelson, a la que ayuda en sus casos más paranormales. La serie duró dos temporadas entre los años 2006 y 2007 y pese a su prematura cancelación con el tiempo ha alcanzado un cierto estatus como obra de culto.
Algo parecido ocurrió con Moonlight, otra serie de temática parecida en la cual el actor Alex O'Loughlin interpretaba a un detective vampiro que guardaba no pocos puntos en común con otro personaje Marvel: Hannibal King. Aunque la calidad media de la serie era bastante buena y los guiones apuntaban en varias direcciones especialmente interesantes, fue una de las producciones que se vio afectada por la huelga de guionistas del 2007, que la llevó a su prematura cancelación con tan sólo 16 episodios rodados. Y es una pena, ya que la serie ha cosechado buenos resultados de audiencia allí donde se ha emitido.
La siguiente en recoger el testigo ha sido True Blood (Sangre Fresca), versión televisiva de las aventuras de Sookie Stockhouse escritas por Charlaine Harris. Si bien en las novelas originales predomina un cierto tono rosa y romántico, la serie de TV tiende más hacia lo escabroso, el sexo explícito y lo políticamente incorrecto gracias a la mano del responsable de adaptar los guiones, Allan Ball, creador de otro título de culto de la historia catódica reciente como es A dos metros bajo tierra. La peculiar fórmula acuñada por Harris & Ball parece haber funcionado y las aventuras televisivas de Sookie van ya por su segunda temporada.
En cualquier caso la nueva generación de vampiros viene pisando fuerte. Han salido del armario, ya no se esconden, reclaman igualdad de derechos con los vivos, consumen sangre sintética y cuando les da la luz del sol, lejos de arder y desintegrarse, resplandecen y se vuelven más atractivos que nunca, como le ocurre a Edward Cullen, el melancólico protagonista de Crepúsculo. Si Bram Stoker levantase la cabeza, se asombraría de lo que han cambiado sus criaturas, aunque tal vez ese haya sido el precio que el mito haya tenido que pagar para sobrevivir y adaptarse al nuevo siglo. En cualquier caso parece que los no muertos tienen cuerda para rato, si son capaces de adaptarse a la sobreexplotación comercial con la misma facilidad que a la luz solar.

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