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Robert Sheckley: In Memoriam 2

He aquí la segunda entrega del artículo que escribí acerca de Robert Sheckley para el A Quemarropa con motivo de su reciente enfermedad este verano:

Los mundos de Robert Sheckley

Por algún extraño motivo, Sheckley ha sido injustamente olvidado, o cuanto menos infravalorado por las nuevas generaciones de aficionados, como si toda su obra posterior a 1980 no fuese más que los delirios inconexos de un enfermo de alzheimer. Sin embargo, no puede haber enciclopedia o ensayo sobre la ciencia-ficción que se precie que no incluya al menos una referencia a este destacado escritor, uno de los nombres más importantes del género durante los años 50 y siguientes.

Si hubiera que señalar algún rasgo por encima de otros que singularizase a Sheckley ese sin duda sería su sentido del humor. Un humor ácido, sarcástico, que lo hermana con otro autor contemporáneo suyo y maestro del relato ultracorto: Fredric Brown, otro profeta del absurdo; pero mientras que este último usaba el humor como una cortina para ocultar su pesimismo y falta de fe en la humanidad, Sheckley prefería especular acerca de órdenes sociales alternativos (a veces aterradores, como es el caso de The Status Civilization) y de la indefensión del ser humano ante el universo y los avances científicos. Otro contemporáneo suyo, Damon Knight, definió su estilo como “Satírico, sin llegar a ser amargo”. Sin embargo, que ese detalle no nos induzca a error. Bajo esa fachada humorística se esconde una de las plumas más mordaces que ha parido el género. Sheckley ha utilizado la sonrisa como excusa para criticar determinados usos y costumbres de la sociedad americana de su época y, por extensión, propias de cualquier ser humano en cualquier momento: la prepotencia, el racismo, el absurdo de la burocracia llevada al límite, la violencia justificada como asunto de estado, y un largo etcétera. De vivir – y escribir – en nuestros días, Sheckley hubiera sido considerado como un escritor políticamente incorrecto y candidato a la censura por el lobby conservador y ultranacionalista que rodea al actual presidente norteamericano.

Sheckley comparte, junto con Philip K. Dick y Kurt Vonnegut el mérito de ser uno de los mejores – y más irónicos – investigadores acerca de la naturaleza de la realidad y el papel que el ser humano tiene en ella, ya desde sus primeros trabajos. En este sentido destacan relatos como “Protección” (cuyo protagonista es advertido de que correrá un peligro mortal, a menos que siga unas instrucciones que nunca le son reveladas) o el mítico “Un pasaje para Tranai”, una interesante especulación sobre el concepto de la utopía, revolucionaria por el hecho de que una mujer desempeñe uno de los papeles protagonistas (algo poco corriente en los EEUU de los años cincuenta y sesenta).

Muchos de los argumentos que proponía Sheckley por aquel entonces pueden parecernos hoy demasiado trillados, pero en sus manos eran frescos y novedosos. En su primera novela (Inmortality Inc.), el autor especulaba con una sociedad del futuro tan degradada que “robaba” personas a punto de morir para utilizarlas como donantes forzosos de órganos para las clases sociales más adineradas. En su siguiente trabajo largo, Mañana Será Así (The Status Civilization, 1960) el protagonista es exiliado por un delito que apenas recuerda haber cometido a un planeta-prisión poblado por criminales que han construido una sociedad regida por unos valores morales a la inversa, en la que el comportamiento criminal no solo es aceptado, sino obligado, ya que es la única forma de sobrevivir y ascender socialmente. Los Viajes de Joenes (Journey Beyond Tomorrow, 1962) es un desquiciado recorrido por el lado más oscuro y absurdo de los EEUU, que ha sido comparado con clásicos como Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, por su profunda carga crítica y análisis satírico de la sociedad de su época.

Sin embargo, su obra más conocida y que marcó un antes y un después en su carrera es, sin duda, La Décima Víctima (The Tenth Victim, 1965), una hilarante trama acerca de una pareja inmersa en un juego cuyo objetivo final es que uno de los dos elimine al otro. Inicialmente basada en uno de sus relatos cortos, fue convertido en un guión cinematográfico y llevado a la gran pantalla en un co-producción franco italiana, dirigida por Elio Petri y protagonizada por Marcello Mastroianni y Ursula Andress, encargándose luego el mismo Sheckley de novelizarla. La décima víctima se convirtió en eso vulgarmente llamado “obra de culto” y terminó de cimentar la reputación de su autor, especialmente entre la progresia europea del momento, que siempre le ha valorado más que sus compatriotas. Sin embargo, es una obra contra corriente dentro de la producción del autor, ya que se aparta de varios de sus recursos habituales. Por ejemplo, los protagonistas de Sheckley suelen ser sujetos normales, vulgares y anodinos, enfrentados a situaciones que les superan y que sobreviven casi más gracias al azar – o al juego sucio – que a su inteligencia. Nada que ver con los glamorosos protagonistas de esta novela, que deben mucho a los actores que les interpretaron: jóvenes, atractivos y equipados con futuristas gadgets en la mejor tradición de James Bond o James Bolivar di Gritz.

En obras posteriores exploró temas tales como el contacto y la relación entre humanos y extraterrestres (MindswapTrueque Mental – 1966), la exploración de otras realidades y dimensiones paralelas (Dimension of Miracles Dimensión de Milagros – 1968), o la crítica antibelicista y antimilitarista de Dramocles (1983) o Bill, el héroe galáctico, en el planeta de los cerebros embotellados (1990). Tras un breve paréntesis en los setenta dedicado a labores editoriales, se centró – como ya se ha apuntado anteriormente – en escribir secuelas, colaboraciones y franquicias, obras todas ellas amenas, divertidas y de fácil lectura, pero carentes de la chispa y el ingenio satírico que antaño le caracterizó.

Más interesante, quizás, resultan sus novelas policíacas protagonizadas por el detective Hob Draconian – un maduro ex-hippie residente en Ibiza – como The Alternative Detective (1993), Draconian New York (1996) y Soma Blues (1997), desgraciadamente inéditas en castellano, en las que Sheckley, al igual que otros contemporáneos suyos, como el ya citado Brown o Isaac Asimov, cambia temporalmente la ciencia-ficción por la novela negra.

Una última constante que el escritor ha mantenido a lo largo de toda su carrera es su estilo claro y engañosamente sencillo, que no simple, de leer; característica esta que le llevó a ser un tanto menospreciado por la flamante New Wave que valoraba más los artificios arguméntales o estilísticos de autores como J.G. Ballard o Roger Zelazny, ignorando que para Sheckley el contenido era más importante que la forma, y que su punto fuerte eran sus argumentos. No falta quien, de hecho, analiza su obra desde criterios filosóficos, antropológicos o incluso morales, descubriendo nuevos matices e interpretaciones que enriquecen aun más, si cabe, el conjunto, aunque no por ello debamos olvidar que a sus 76 años el autor mantiene el espíritu de aquel joven que creció leyendo a Bradbury y Sturgeon y solo deseaba ser capaz de escribir literatura escapista, al igual que sus ídolos.

(Concluye en la próxima entrega)

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