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Un mal lugar dónde perderse (005)


El arroyo serpenteaba cuesta abajo a través de un valle tan extenso como idílico. En otro momento hubiese podido relajarme y disfrutar del paisaje, pero no ahora, corriendo detrás de una psicópata aquejada de trastorno bipolar, y perseguido por el ejército y otras misteriosas facciones que querían hacerse a toda costa con el contenido de aquel maletín que transportábamos hacia Dios sabe dónde. De hecho, bien pensado, todo aquello no tenía nada de idílico. Hasta el momento apenas había tenido tiempo de pararme a reflexionar, metido como había estado en toda clase de persecuciones y tiroteos; pero ahora, en medio de la calma que precede a la tormenta, no podía evitar darle vueltas en mi cabeza a un montón de enigmas a cual más intrigante: ¿Dónde estaba el resto de la humanidad? ¿Y por qué casi todos los objetos y edificios que nos rodeaban parecían tan viejos y desgastados? En alguna parte de mi cabeza una vocecilla machacona insistía una y otra vez: "Abre los ojos y despierta", pero la clave de todo aquel extraño mundo se me escapaba.
Llevábamos cerca de cuarenta y cinco minutos al trote y para mi sorpresa, estaba aguantando el tirón. A esas alturas debería faltarme en aliento y estar vomitando la última comida que no recordaba haber ingerido y, sin embargo, me encontraba descansado y en forma, capaz de seguir así cincuenta kilómetros más, si hacía falta. Mi compañera parecía tan extrañada como yo. Aunque mantenía un buen ritmo estaba empapada en sudor y tenía que hacer ímprobos esfuerzos para no quedarse atrás. De vez en cuando me dirigía rencorosas miradas no exentas de cierta envidia que, para que negarlo, me hacían sentir un poco incómodo.
- ¿Quieres descansar un rato? - inquirí, solidario, pero sólo obtuve a cambio una mirada fulminante de animadversión.
- Pasa de mí y sigue corriendo.
- ¡Sí, señor! - exclamé burlón, aunque me arrepentí de hacerlo apenas las palabras surgieron de mi boca. La chica escupió en mi dirección, apretó los labios e hizo un denodado esfuerzo por dejarme atrás.
- ¡No puedo creer que hayas hecho eso!
- ¡Oh, cállate!
El día parecía estar anocheciendo, o al menos, daba la impresión de haber menos luz aunque aquel sol rojizo y mortecino se mantenía en el mismo lugar que cuando me desperté. Sin embargo, aun no había agotado mi cupo de sorpresas de la jornada. Por si un barco varado en medio de la carretera no fuese suficiente, ahora tenía ante mis ojos lo que parecían los restos de un carro de combate con la carcasa completamente agujereada por el impacto de proyectiles de grueso calibre. A su izquierda un cartel metálico oxidado y roído por el tiempo advertía: CAMPO MINADO - NO PASAR. Empecé a aflojar el paso, pero mi guía continuó adelante, impertérrita, así que me encogí mentalmente de hombros y reanudé la marcha, rezando para que ella supiese lo que hacía. Un esqueleto descarnado y cubierto apenas con los restos de un viejo uniforme colgaba de la torreta abierta del tanque. Sus cuencas vacías me observaron al pasar al tiempo que su mano se balanceaba en un macabro gesto de burla. Los que ya estamos muertos te saludan, pensé, irónico.
Un par de kilómetros más adelante el arroyo desembocaba en un río de aguas calmas y oscuras sobre las que flotaba un espeso manto de niebla entre el cual se alzaban, solitarios, los restos de diversos edificios en diferente estado de conservación, recubiertos de cieno, moho y plantas trepadoras. Tiempo atrás aquel lugar debía haber estado a orillas del río, pero algo había modificado el curso de este o quizás, provocado un súbito aumento del nivel del agua. Todo el lugar parecía desierto y abandonado. El único resto visible de civilización era un viejo embarcadero junto a un almacén semiderruido. Varias embarcaciones se mecían, perezosas, a la sombra de un inmenso muro de piedra repleto de impactos de bala y manchas de algo que lo mismo podía ser óxido que sangre reseca. A lo largo de toda su superficie podían leerse docenas de inscripciones en diferentes idiomas y estilos de letra, algunas tan intrigantes como NO BUSQUES MÁS: EL INFIERNO ESTÁ AQUÍ o ¿QUÉ HARÁS CUANDO ÉL REGRESE? La joven se quedo mirando el muro, pensativa, y a continuación rebuscó en su mochila hasta dar con un bote de espray. Tras agitarlo, escribió sobre el muro varias palabras con una caligrafía clara y elegante: AUN SIGO VIVA. QUE OS DEN. No dije nada, aunque me moría de ganas de acribillarla a preguntas que sabía quedarían sin respuesta.
- No te quedes ahí pasmado. Mira a ver si alguna de esas motoras funciona.
- ¿Quien, yo? - pregunté, como si ahí hubiese alguien más aparte de nosotros dos - ¿Tengo cara de piloto de barco fluvial?
- Por Hastur, que no sé para qué diablos cargo contigo. Quédate aquí y vigila - replicó, poniéndome la Glock en la mano de la que pasaba a mi lado, dejando tras de sí un rastro de perfume a violetas. Había algo desagradable en el tacto del arma, una especie de vago recuerdo adormecido que me ponía la piel de gallina, así que la guardé en el bolsillo trasero del pantalón mientras examinaba el lugar. ¿Qué habría pasado con las personas que vivían allí? No tenía ni idea, pero algo me decía que guardaba relación con los agujeros de bala y las manchas de sangre reseca del muro. El mundo había cambiado mientras dormía, pero no recordaba cuanto.
Como si el destino considerase que ya nos había dado demasiada tregua, varios todoterrenos de aspecto militar - similares a los que había esquivado en el hotel - aparecieron a lo lejos aunque acercándose al embarcadero a gran velocidad. Cuando apenas nos separaban quinientos metros los vehículos se abrieron en abanico y comenzaron a escupir tipos de uniforme y armados hasta los dientes. Uno de ellos empezó a ladrar órdenes y en respuesta otro de los recién llegados abrió el portón trasero de uno de los vehículos y media docena de perros de presa salieron disparados. Parecían un cruce entre doberman y tiburón blanco: eran muy rápidos, exageradamente grandes y tenían la boca llena de colmillos largos y afilados como navajas. Un sudor frío comenzó a empaparme la espalda al comprender que venían a por mí, como los sabuesos de la guerra de Shakespeare.
- ¿Estás dormido o qué te pasa? ¡DISPÁRALES! - gritó mi acompañante a mis espaldas. Como en sueños, empuñé la Glock y apunté al que parecía ser el líder del grupo. Sin embargo, no podía decidirme a apretar el gatillo. Tenía una extraña sensación de deja vú, como si ya hubiera vivido esa escena antes y las cosas no se estuviesen desarrollando de la forma correcta. Y en ese momento hice una locura. Bajé el arma y adelantando la mano izquierda con la palma extendida, grité en voz alta:
- ¡Perrito bueno! ¡Perrito bueno! ¡Siéntate!
Aunque no podía verla, pude imaginarme la expresión de sorpresa de la joven. Probablemente pensaba que me había vuelto loco por completo, y vete tú a saber si no tendría razón; porque aquellos bichos estaban cada vez más cerca y se relamían de satisfacción. Y justo entonces, cuando casi los tenía encima, los perros se detuvieron, y su líder se quedó quieto mirándome, confundido, como si no supiese si yo era comestible o no. Al cabo de unos segundos parecieron tomar una decisión y para mi asombro (y el de mi acompañante) aquellas fieras se acercaron a lamerme la mano, tan mansas como gatitos. Sin embargo, apenas tuve tiempo para saborear mi triunfo, ya que los militares no esperaron a reponerse de la sorpresa para abrir fuego en nuestra dirección. Una bala pasó rozándome la mejilla tan cerca que pude sentir el golpe de viento que provocaba al desplazarse. Mi mano seguía sosteniendo la Glock, pero por algún motivo, disparar a un ser humano no me parecía más correcto que hacerlo sobre un perro.
- ¡Vamos, ven aquí! - volvió a insistir la joven desde la cubierta de una de las motoras. Parecía una buena idea, así que me di la vuelta y salté al interior de la embarcación mientras más proyectiles zumbaban a mi alrededor. Pese a la lluvia de balas mi acompañante permaneció de pie, impertérrita, extendiendo la mano en mi dirección para que le devolviese la Glock. Se la lancé desde el suelo y ella la cogió al vuelo adoptando de inmediato de inmediato la postura de un tirador experto: cuerpo ladeado, para ofrecer el menor blanco posible, y el arma sujeta con ambas manos a la altura de los ojos. Abrió fuego y el soldado más cercano se derrumbó con la cabeza agujereada. Disparó tres veces más e hizo blanco con cada proyectil, obligando a los supervivientes a echarse a tierra o buscar refugio. Desde mi posición tenía una vista espléndida de sus piernas y por un momento me olvidé de dónde estaba, admirando la forma en que los músculos de sus glúteos se marcaban bajo la gruesa tela de sus pantalones.
- ¡Arranca este cacharro y sácanos de aquí! - exclamó, sin dejar de apretar el gatillo. Era otra buena idea, así que repté hasta el timón y estirando la mano con precaución apreté el botón de encendido. No pasó nada, y por un momento temí que aquel cacharro nos iba a dejar tirados en el peor momento posible; pero por suerte, el motor cobró vida finalmente con un reconfortante rugido.
- ¡Funciona! - intenté gritar por encima del estruendo de los disparos y los caballos de potencia, pero mi compañera estaba demasiado ocupada respondiendo al fuego como para hacerme caso. Empujé el acelerador a tope y la motora saltó hacia delante, rompiendo las podridas amarras que la sujetaban al embarcadero. En eso, una ráfaga de balas alcanzó el panel de mandos. Varias esquirlas de cristal volaron por los aires fallando mis ojos por muy poco, al tiempo que un líquido cálido y espeso (que supuse sería aceite) me salpicaba el rostro. Solté una maldición y enfilé rio abajo dejando que la motora cobrase más y más velocidad, alejándonos del tiroteo.
- Muy bien, ya estamos fuera. ¿Qué rumbo tomamos? - pregunté, sin recibir respuesta. Intrigado, me arriesgué a girar la cabeza para ver qué diablos pasaba. La chica seguía de pie junto a la borda, con la diestra colgando inerte a lo largo del cuerpo. En ese momento su mano dejó caer la Glock, que rebotó sobre el suelo de madera con un ruido sordo. Comenzó a girarse en mi dirección muy despacio, como a cámara lenta, y pude ver el feo agujero que un proyectil había abierto en la parte superior de su cabeza, por encima del ojo derecho, del que brotaba a intervalos un espeso chorro de sangre. Con un sentimiento de nausea comprendí que aquella sustancia que me había empapado de pies a cabeza no era aceite. Una parte de mí quería correr hacia ella, sujetarla y hacer algo, lo que fuese. Pero mis pies parecían pegados al suelo y otra parte más fría y racional sabía que ya era demasiado tarde. Sus ojos se movían espasmódicamente como si su cerebro (o lo que quedaba de él) no supiese a dónde enfocar. Abrió la boca en un esfuerzo por decirme algo, tal vez un último insulto, pero las piernas le fallaron y se derrumbó sobre cubierta como una marioneta a la que le hubiesen cortado todas las cuerdas de golpe. Y yo me quedé ahí solo, navegando río abajo, sin saber a dónde ir ni qué diablos se supone que debía de hacer con aquel condenado maletín.

(¿Continuará?)

Un mal lugar dónde perderse 001
Un mal lugar dónde perderse 002
Un mal lugar dónde perderse 003
Un mal lugar dónde perderse 004


Comentarios

Irene Herrero ha dicho que…
Adiestrados milagrosamente los perros y eliminada la psicópata del guión,sólo te queda volver a mezclarte con la civilización y contarnos qué diablos vas a hacer con el dichoso maletín...
Menudo paseo por el campo... je,je
Idílico :)
¿Continuara??Esto ya no hay quien lo pare,Alejandro.Como te dije,un thriller en su máxima ebullición...
Un gran abrazo y felicidades!
Irene Herrero
Alejandro Caveda ha dicho que…
Pues muchas gracias por tus ánimos y comentarios... estoy trabajando ya en la sexta entrega. Espero que el final esté a la altura y que los que habeís tenido la paciencia de acompañarme a lo largo del viaje no os sintaís decepcionados con el mismo. Un saludo cordial y nos vemos por el FB :)
Leticia Renteria Garcia ha dicho que…
Alex, este relato se esta poniendo cada vez más interesantes, me dejas con la intriga de que va a pasar. Espero te apiade de nosotros, tus lectores, y nos regales la continuación, si es posible, mañana, se te agradecerá. Un abrazo amigo.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Tengo escrita hasta la sexta y estoy ahora mismo con la séptima entrega, espero tenerla lista antes de que acabe el verano. Un abrazo y muchas gracias por vuestra amable opinión :)

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