domingo, mayo 30, 2010

Clint Eastwood, el último pistolero vivo (2)

La separación amistosa entre Eastwood y Leone no supuso el abandono por parte del primero del cine del Oeste, género al que ha seguido ligado con títulos tan memorables como Cometieron dos errores (Ted Post, 1968) o El seductor (Don Siegel, 1971). A partir de ese año el actor decide fundar su propia productora, Malpaso, lo que le permitirá ejercer un mayor control sobre su trabajo al tiempo que comienza a dirigir sus propios filmes, como Infierno de cobardes (1973), aunque en ocasiones haya trabajado de nuevo a las órdenes de otros cineastas como John Sturges (Joe Kidd, 1972) o el habitual Don Siegel. Destacar que se trata de un terreno este, el far-west, que le ha proporcionado no pocos premios y satisfacciones gracias al éxito de películas como El jinete pálido (1985) o Sin perdón (1992).
No obstante, en un intento por distanciarse de su estereotipo de pistolero parco y malencarado el actor decidió diversificar su carrera probando suerte (siempre con éxito, como ya veremos) en otros terrenos como el género bélico (El desafío de las águilas, 1968, o Los violentos de Kelly, 1970); el policíaco (La jungla humana, 1968) o el thriller de suspense (Escalofrío en la noche, 1971). Ese mismo año llega otro título fundamental en su filmografía: Harry el Sucio (Don Siegel), primera entrega de la serie que tiene como protagonista al duro, fascistoide y algo misógino policía de San Francisco Harry Callahan y que continua con Harry el Fuerte (1973), Harry el Ejecutor (1976), Impacto Súbito (1983) y La lista negra (1988).
Su carrera podía haberse estancado ahí, oscurecida por el éxito de sus dos personajes más famosos (el pistolero y el policia). Sin embargo, Eastwood supo reciclarse gracias a su faceta como director, a través de la cual logró alternar obras comerciales con otros proyectos más radicales y arriesgados como Cazador blanco, corazón negro (1990), Los puentes de Madison (1995) o Million Dolar Baby (2004), por no hablar títulos como Bird (1988), Medianoche en el jardín del bien y del mal o la duología Banderas de nuestros padres / Cartas desde Iwo Jima (2006), donde Eastwood se limita a las labores de producción y dirección dejando que el peso de la parte interpretativa recaiga en actores de la talla de Forest Whitaker, John Cusack o Sean Penn entre otros; y es que esa es otra cualidad intrínseca del cineasta que nos ocupa: su fino talento a la hora de escoger a los protagonistas de sus filmes. Pero en nuestro afán por repasar la carrera de nuestro protagonista nos hemos adelantado en exceso en el tiempo; retrocedamos, pues, de nuevo hasta los setenta, cuando Eastwood se hallaba en la cima de la popularidad gracias al éxito de películas como Licencia para matar (1975), Ruta suicida (1977) o Fuga de Alcatraz (Don Siegel, 1979). El cambio de década no afectó en la más mínimo a su talento, ya que de esta época son filmes tan memorables como Firefox (1982), El sargento de hierro (1986) o la que tal vez sea su mejor obra como director: la antedicha Bird, un desgarrador biopic del músico de jazz Charlie Parker, rodado en blanco y negro y protagonizado por un Forest Whitaker en estado de gracia. Cabe decir, con toda justicia, que este filme marca un punto de inflexión crucial en la trayectoria como cineasta de Clint Eastwood, ya que a partir de aquí se aleja de sus tópicos habituales para explorar nuevos géneros, nuevos recursos, y dotar así a su obra de una calidad argumental y técnica que ya se intuía en sus primeros proyectos y que se ha ido confirmando con el tiempo. Pero eso, como se suele decir, es otra historia que exploraremos en la tercera y última parte de este artículo.

domingo, mayo 23, 2010

Clint Eastwood, el último pistolero vivo (1)

El próximo 31 de mayo Clint Eastwood cumplirá 80 años. Con decenas de películas y series de TV como actor a sus espaldas, y no menos de 32 filmes como director, Eastwood puede ser considerado con toda justicia como uno de los últimos grandes cineastas vivos y en activo, heredero de una larga tradición que arranca de John Ford y se alimenta de las aportaciones de otros grandes nombres del cine como los de Don Siegel o Sergio Leone. Y aunque con Gran Torino (2008) se despidió por la puerta grande de su faceta de intérprete, ha seguido rodando títulos tan interesantes como El intercambio (2008), Invictus (2009) o los que aun están por venir. Parece, pues, un buen momento para hacer un repaso por la vida y obra de este gran actor que ha sabido reciclarse con el tiempo en un director de culto y prestigio reconocidos.
Nacido en 1930 en San Francisco (California) Eastwood tuvo unos comienzos profesionales bastante discretos. Durante los años 50 protagonizó pequeños papeles de reparto en películas de serie B como Tarántula (1955) o La escuadrilla Lafayette (1958), aunque fue sobre todo en la pequeña pantalla donde empezó a hacerse un nombre gracias a teleseries como Patrulla de tráfico (1956), Maverick (1959) o Rawhide (1954-1963). Sin embargo, su carrera cinematográfica no acababa de despegar hasta que su destino se cruzó con el de Sergio Leone y el resto, como se suele decir, es historia.
Me gustaría hacer un inciso para reivindicar desde aquí la figura de Leone, el cual puede ser considerado sin duda alguna como uno de los más grandes cineastas del siglo XX, creador de un lenguaje cinematográfico propio que ha influido en no pocos realizadores contemporáneos y posteriores a él, empezando por el mismo Eastwood, con el que colaboró en tres películas que no sólo revolucionaron el género del oeste, dando pie a una nueva corriente comocida como spaguetti-western, sino que se han convertido en Obras Maestras del cine de todos los tiempos por méritos propios. Hablamos, claro está, de Por un puñado de dólares (1964); La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1968), que acuñaron el mito del pistolero silencioso y convirtieron a su realizador en uno de los nombres de referencia del cine europeo del momento. A continuación rodó, ya sin Clint Eastwood, Hasta que llegó su hora (1968), tal vez su mejor película, y sin duda la que resume como pocas el cine de Leone: aquí encontramos de nuevo y llevado al extremo ese detallismo casi obsesivo, esos larguísimos travellings, ese baile de planos y contraplanos, la busca inserción de primeros planos, el matrimonio casi perfecto entre la imagen y la banda sonora (generalmente, obra del genial Ennio Morricone), o la integración del paisaje como un protagonista más de la historia, que son señas de identidad características del director italiano.
Hay quien de forma injusta menosprecia el trabajo de Leone fijándose tan sólo en lo superficial: los personajes grotescos, la estética hiperrealista cuando no directamente sucia, o los bruscos cambios de ritmo narrativo, y se olvidan de todo lo demás: bajo la mugre, el polvo y la arena Leone está rescatando la quintaesencia del cine del Oeste: héroes misteriosos, malos malísimos, hembras tan atractivas como letales, estafadores y tahúres, diálogos como latigazos repletos de juegos de palabras y golpes de efecto, épicas partidas de poker e interminables duelos al sol. Su cine es pura fuerza narrativa plasmada sobre la pantalla con una belleza visual subyugante que empapa todos y cada uno y cada uno de sus fotogramas, un efecto que muchos han intentado imitar sin conseguirlo, a excepción quizás - como ya apuntamos - del propio Eastwood, que supo asimilar lo mejor del maestro en sus trabajos como director, como se puede comprobar, por ejemplo, en el emotivo y elegante travelling donde saluda a la bandera que aparece en El sargento de hierro (1986).
Con posterioridad a Hasta que llegó su hora Leone rodó otras películas como Agachate, maldito (1971); Mi nombre es ninguno y El genio (1975, ambas sin acreditar); y Erase una vez en América (1984), ambientada en los EEUU de la gran depresión y que sería la segunda entrega de una inconclusa trilogía sobre los orígenes de la nación americana comenzada con Hasta que llegó su hora. Este fue su último trabajo como director, ya que hasta su muerte en 1989 Leone se limitó a sus tareas como productor y ayudante de dirección. Su legado, no obstante, se presenta como uno de los más honestos y consistentes de la historia del cine, y ha influido a toda una generación de cineastas posteriores entre los que cabe incluir al mejicano Robert Rodríguez y su Erase una vez en México (2003).

(Continuará...)

domingo, mayo 16, 2010

Cine español: Circuit, de Xavier Ribera-Perpiñá

Hay ocasiones en que aquí en el zoco nos gusta comentar y recomendar alguna de esas películas que suelen pasarle desapercibidas al gran público pese a su calidad intrínseca, como puede ser el caso de la que ahora mismo nos ocupa: Circuit, del realizador catalán Xavier Ribera-Perpiñá. Abogado y graduado en Dirección y Producción de Cine, Perpiñá ha trabajado como guionista y productor para diversos espacios de la televisión catalana además de dirigir varios spots publicitarios para varias compañias multinacionales. Su largometraje A+ obtuvo el Premio Especial del Jurado del Festival de Málaga del 2004. Con Circuit regresa a la gran pantalla en el que quizás sea su proyecto más personal y ambicioso hasta la fecha.
Según el resumen oficial del filme, Circuit narra la historia del amor y el desamor de Vic (Vincent Martínez) y Ana (Sophie Auster) dentro de la ciudad de Barcelona, en el transcurso de la cual se cruzan, aparecen y desaparecen, personajes con sus propias tramas, tanto en el presente como en el pasado. Acompañándoles encontramos otros rostros populares del actual cine español como es el caso de Leticia Dolera y Michelle Jenner. 
Circuit pretende hacer un retrato de la capital catalana desde el ángulo y el entorno por el que ha adquirido notoriedad en el mundo: Barcelona como ciudad de vanguardia y de innovación, de arquitectura, de fotografía, de ilustración y de arte. La película está enteramente rodada en dicha ciudad y cuenta con la colaboración especial del coreógrafo Nacho Duato, el actor Carlos Fuentes y el piloto Jorge Lorenzo. Las ilustraciones son obra del diseñador y dibujante Jordi Labanda. El texto de la película no sigue los parámetros de un guión al uso, con presentación, nudo y desenlace, ni tampoco repasa temas habituales en el cine, según ha comunicado Amas, productora del filme.
En la película aparecen además pequeños números interactivos musicales a cargo de Pedro Alcalde y de danza con Rafael Bonachela, además de exhibiciones de fotografía, de moda y secuencias elaboradas con ilustraciones y animaciones en 3D de Jordi Labanda.
Circuit se presentó de forma oficial durante la pasada edición del prestigioso Festival de Cine de Málaga, que tuvo lugar del 17 al 24 de abril del presente año. Para acompañar al texto se incluye el cartel de la película, así como el trailer de la misma en VOS.
Personalmente me parece un proyecto tan arriesgado como interesante y reconozco que siento impaciencia por poder verla. Al mismo tiempo experimento también una cierta prevención ante su anunciado vanguardismo experimental que puede hacerla indigesta para el espectador medio, poco acostumbrado a estas exhibiciones de estilo. Por otra parte me temo que al igual que ocurrió con la excelente Íntimos y extraños: tres historias y media (2008) de Rubén Alonso, esta película va a tener una distribución muy minoritaria y en muchos puntos de la península no vamos a poder disfrutar de ella hasta el momento en que salga el DVD a la venta y/o alquiler, aunque espero equivocarme.
A continuación os dejo el trailer de la misma:




Fuentes: Festival de Cine de Málaga; Youtube; FilmAffinity.

lunes, mayo 10, 2010

Ray Bradbury, el cronista de Marte (3)

El Hombre Ilustrado (1951) parece la elección adecuada para cerrar este breve repaso por la obra de uno de los escritores más populares del género. En parte porque es su título más conocido junto a Crónicas Marcianas y Fahrenhait 451 (ver entradas anteriores), y en parte porque recopila lo mejor de la producción breve del propio Bradbury. Sin embargo, lejos de ser una antología convencional, de esas que se limitan a recoger varios relatos dispersos de su autor y editarlos sin mucho orden ni concierto, Bradbury decidió escribir una nueva historia que sirviese a modo de prólogo, epílogo y columna vertebral de toda la obra y le confierese una armonía pocas veces encontrada en un trabajo de estas características.
Efectivamente, en esta colección de historias entrelazadas el narrador conoce al misterioso Hombre Ilustrado, un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes. Sin embargo, lo más significativo e inquietante es que esas ilustraciones están mágicamente vivas y cada una de ellas empieza a contar su propia historia, como en "La pradera", donde unos niños llevan un juego de realidad virtual más allá de sus límites. O en el mítico "Caleidoscopio", el cual narra el sobrecogedor relato de un astronauta que se dispone a entrar - y quemarse - en la atmósfera terrestre sin la protección de una nave espacial. O en "La Hora Cero", en el que los invasores extraterrestres han encontrado unos aliados lógicos y sorprendentes: los niños terrícolas. Como dice el propio Bradbury en la introducción a la obra, "Un cuento tras otro, El Hombre Ilustrado esconde metáforas a punto de estallar". Cada uno de los 18 relatos que componen esta colección es una muestra del talento de su autor y pese al tiempo que ha pasado desde su publicación original, no han perdido un ápice de fuerza ni de vigor narrativo.
Con posterioridad Bradbury publicó otras recopilaciones de relatos como Cuentos del futuro (1960) o Cuentos espaciales (1966), todas ellas de gran valor literario pero que no han tenido la misma repercusión que la que ahora nos ocupa, acaso porque El Hombre Ilustrado condensa en sus páginas la esencia del mejor Bradbury: historias adictivas, que te enganchan desde el primer párrafo, y que exhiben una notable variedad de registros que van desde la ciencia-ficción al suspense pasando por el terror más descarnado, pero siempre sin perder de vista ese espíritu nostálgico y antitecnológico que empapa todas y cada una de sus páginas. Asimismo, el recurso de escribir un relato para vertebrar a todos los demás y darles así una nueva dimensión ha creado escuela, y su influencia es perceptible en otros autores como Bob Shaw y su ciclo del Cristal Lento, o las antologías de relatos del joven Isaac Asimov. Algunas de estas historias, por último, sirvieron de banco de pruebas para otras, tal y como es el caso de "Los desterrados", que (tal y como apuntábamos en la entrada anterior) sirvió como inspiración parcial para Fahrenhait 451.
Releer a Bradbury a estas alturas, cuando llevamos diez años recorridos del siglo XXI, resulta una experiencia refrescante frente a tanto best-seller pretencioso de los que pueblan los estantes de nuestras librerías. Curiosamente, muchas de las novedades que el autor apuntaba en su obra en su momento son moneda de uso corriente hoy en día: las pantallas de televisión ocupan paredes y exhiben folletines interactivos, unos auriculares wifi transmiten a todas horas una insípida corriente de música y noticias, en las carreteras los coches circulan a más de 150 kilómetros por hora y los lectores de libros en formato electrónico empiezan a desplazar al papel impreso. Sin embargo, no es esa capacidad premonitoria lo que más nos atrae de su producción, sino la magia que destilan todas sus historias y que ahora, como en 1951, conserva toda su capacidad para fascinarnos; quizás porque dentro de todos nosotros aun acecha, escondido, aquel niño que tenía miedo de la oscuridad y de todas las cosas siniestras que acechan en ella. Y es que, citando de nuevo a este gran maestro del género, "Mis melodías y números están aquí. Han llenado mis años, los años en qué rehusé morirme. Y para eso mismo escribo, escribo, escribo, al mediodía o a las tres de la mañana.
Para no estar muerto".

domingo, mayo 02, 2010

Ray Bradbury, el cronista de Marte (2)

Ray Bradbury fue un autor que se manejó con especial soltura en el relato corto: escribió cientos de ellos, de las más variadas temáticas, que iban desde la ciencia-ficción al terror pasando por el suspense o el género negro, muchos de los cuales fueron posteriormente recopiladas en antologías como El hombre ilustrado (1951) o Cuentos espaciales (1966). Por comparación, escribió muchas menos novelas y la mayoría de ellas nacieron de la reescritura de una historia más corta o de la fusión de varios relatos breves. Esa fue, más o menos, la génesis de Fahrenheit 451 (1953), tal vez la obra más famosa de Bradbury (Crónicas marcianas aparte).
Fahrenheit 451, en efecto, nace de la suma de varias ideas y conceptos desperdigados en al menos cinco relatos previos de su autor: "Bonfire", "Bright Phoenix", "The exiles", "Usher H" y "El peatón", que cristalizaron en una novela corta titulada The Fireman, donde ya se podía encontrar en buena medida la esencia de la obra. En 1953 la editorial Ballantine se ofreció a publicarla si el escritor añadía otras 25.000 palabras, siendo esta última la versión definitiva que conocemos hoy en día. Por el camino, la novela apareció publicada por entregas entre los números 2 a 4 de la revista Playboy (si, la misma de Hugh Hefner), lo que terminó de cimentar su popularidad.
Tradicionalmente Fahrenheit 451 se ha considerado una antiutopia, al estilo de otras obras clásicas como Un mundo feliz (1932) o 1984 (1949). Es cierto que describe una sociedad futura fría, aséptica y opresiva en la que un Estado todopoderoso supervisa hasta el último aspecto de la vida de los ciudadanos en nombre de la corrección política y su bienestar físico y mental (¿no les resulta esto siniestramente familiar?); un mundo en el que la lectura está censurada y los bomberos, en vez de extinguir incendios, queman libros y bibliotecas. El protagonista, Guy, es uno de esos incendiarios, hasta que conoce a alguien que cambia su forma de ver la vida y poco a poco empieza a replantearse su trabajo y muchas de las cosas en las que hasta entonces creía.
Sin embargo, al igual que ocurría en Crónicas marcianas, a Bradbury lo que le importa no es la crítica social o la denuncia política, sino el estudio de las personas, de sus sentimientos y emociones. En Fahrenhait 451 los rebeldes no ponen bombas ni cometen cualquier clase de actos violentos, sino que huyen de esa sociedad decadente y deshumanizadora para refugiarse en la naturaleza y, al igual que los antiguos rapsodas, deciden perpetuar la cultura a base de memorizar y recitar a los clásicos. Aquí reaparece nuevamente ese mensaje antitecnológico que alienta en la esencia misma de la obra bradburiana: el futuro es sombrío y amenazador y frente a él sus protagonistas huyen al pasado, a un estilo de vida más sencillo y natural, como el que preconizaba el Brad Pitt alter ego de Edward Norton en El club de la lucha (1999), la genial adaptación que el cineasta David Fincher hizo de la novela homónima de Chuck Palahniuk.
Hay algo entre romántico e ingenuo en la postura de Bradbury, en ese convencimiento férreo de que un mundo más sencillo es también un mundo más feliz. Y de hecho muchos de sus detractores, sin ir más allá, le acusan precisamente de eso: de simplismo y de ser un escritor conservador en exceso, cuando no abiertamente reaccionario. Para ser justos, Bradbury nunca ha escondido sus cartas. El nunca se ha considerado a sí mismo como un escritor de ciencia-ficción, sino como un autor de fantasía, a secas, y la única obra de entre toda su producción que reconoce adscrita a este género es precisamente esta Fahrenheit 451, que cautivó sin embargo a buena parte de la progresía intelectual de su época, entre ellos al gran director François Truffaut que acabó adaptándola a la gran pantalla en 1963. Gracias a él una nueva generación de aficionados redescubrió esta genial obra y a su no menos interesante autor, logrando así que Bradbury sea aun hoy uno de los escritores más populares del género, junto con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, incluso entre aquellas personas que no leen ciencia-ficción de forma habitual. Quizás porque la literatura de Bradbury es atemporal y rehuye modas y clichés para convertir al ser humano, con sus defectos y virtudes, en protagonista absoluto de todas sus historias.