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Una bala desde el pasado /04


Pasé los días siguientes pendiente de cualquier noticia de Adriana, además de vigilar mi espalda como si temiese que en cualquier momento Jack el Destripador fuese a aparecer para llevarse uno de mis riñones de recuerdo. Pero el tiempo transcurrió sin novedad alguna en ambos sentidos, por lo que inevitablemente comencé a bajar la guardia y pensar que, después de todo, era posible que la policía tuviese razón, y que el caso estuviese cerrado. Ingenuo de mí.

Irónicamente, fue mi proverbial torpeza la que me salvó la vida. Había dejado el coche en un parking de la calle Foncalada mientras realizaba unas gestiones por el centro de la ciudad. A la vuelta, de la que intentaba sacar las llaves del bolsillo, se me escaparon de entre los dedos y cayeron al suelo, rodando hasta quedar debajo del vehículo. Y fue el gesto instintivo de agacharme a recogerlas lo que evitó que el martillo que empuñaba mi asaltante me rompiese la cabeza igual que había hecho con la de Olenbeck. Intenté apartarme de un salto, pero estaba encajonado entre una barandilla y dos coches, y tenía al asesino prácticamente encima. Un rápido vistazo me permitió vislumbrar una silueta vestida de negro y con el rostro cubierto por un pasamontañas del mismo color que me cerraba el paso mientras calculaba su siguiente movimiento, una vez perdido el factor sorpresa. Por lo que pude ver, parecía un varón, un poco más alto y sin duda alguna en mucha mejor forma que yo. Estaba claro que me llevaba ventaja, pero así y todo intenté resistirme con la esperanza de ahuyentarle, o de llamar la atención de algún otro usuario del parking. Por desgracia, el tipo esquivó mi amago de puñetazo con una facilidad insultante a la vez que me lanzaba un nuevo martillazo a la cara. No sé cómo, logré interponer el brazo izquierdo de manera que este se llevó lo peor del impacto, a costa de quedar insensible durante unos preciosos segundos que mi adversario aprovechó para golpearme de nuevo, esta vez en el costado. Algo - probablemente una costilla - crujió ahí dentro e intuí que a menos que ocurriese un milagro, y cuanto antes, no iba a salir con vida de aquel parking. El otro hombre pareció leer mis pensamientos y se relajó. No mucho, pero si lo suficiente como para qué pudiese apartarle de un empujón y arrancarle de paso el pasamontañas, dejando al descubierto el rostro ceñudo e iracundo de Martín, el guardaespaldas de Adriana Vega.
- ¿Sorprendido? - me preguntó, de la que me dejaba sin respiración con un puñetazo al plexo solar -. El hombre invisible. El perro fiel, siempre a la sombra de su dueña. ¿Quién iba a sospechar de él?
Un nuevo golpe, esta vez a la mandíbula. Sentí el sabor de mi propia sangre en la boca al tiempo que un millón de estrellas giraban a mí alrededor.
- Y sin embargo, ¿por qué no? ¿Acaso no es mi trabajo protegerla, incluso de sí misma? ¿Quién sino yo encontró a ese chantajista de mierda? ¿Quién recuperó y destruyó aquellas malditas fotos? ¿Y cómo me lo agradeció ella? Escapándose de mí para arrojarse desnuda a tus pies, como una vulgar ramera - añadió Martín, furioso, mientras me empujaba contra el vehículo aparcado al lado del mío, un todoterreno Porsche Cayenne con portaesquies en el techo, cuya chapa cedió ante el impacto de mi cuerpo.
- ¿Por qué? ¿Por qué tú, y no yo? No eres nada. No eres nadie. ¿Se puede saber qué es lo que tienes tú de especial que yo no tenga? - preguntó, pero era una pregunta retórica. Iba a matarme sin esperar respuesta, y los dos lo sabíamos. Sólo tenía una oportunidad entre un millón y era ahora o nunca, así que murmuré algo en voz tan baja que tuvo que detenerse y acercar su rostro al mío para intentar descifrar mis palabras.
- Un buen punto de apoyo - musité, de la que me agarraba a los portaesquíes y, haciendo un esfuerzo supremo por ignorar el dolor que sentía en el costado, doblaba las piernas para apoyar los pies en su pecho y empujarle hacia atrás con todas mis fuerzas. En otras circunstancias aquello no hubiera servido para gran cosa, pero por desgracia para él, mi contrincante estaba demasiado cerca de la barandilla que salvaba el desnivel entre las dos plantas del parking, y chocó contra ella con el impulso suficiente como para perder el equilibrio y caer de espaldas - y de cabeza - al nivel inferior, golpeando el suelo con todo el peso del cuerpo sobre su cuello. Se oyó un desagradable sonido a ramas rotas y después, silencio. Cuando por fin logré acercarme hasta el borde del desnivel todo había acabado. Martin tenía los ojos muy abiertos y una de sus piernas se sacudía espasmódicamente en un puro acto reflejo. El impacto le había aplastado la tráquea y se estaba ahogando en su propia sangre. Viéndole así no pude evitar acordarme de la muerte de Tribeca o de la expresión de sorpresa de Trelles, cuando le había dicho "Te mentí" un par de segundos antes de dispararle tres veces a bocajarro en la cara. Para ser un hombre que odiaba la violencia empezaba a tener una larga lista de cadáveres a mis espaldas. Y lo que era peor, cada vez me importaba menos. En unos segundos todo habría terminado, pero todavía tenía una última cosa que hacer, así que me arrastré como pude hasta el cadáver antes de que la policía - o algún curioso inoportuno - hiciese acto de presencia.

Del parking la policía me trasladó a las urgencias del centro de salud más cercano, que era el ambulatorio de la Lila. Y ahí estaba todavía, sentado sobre una camilla mientras el médico de guardia tomaba nota de todas mis lesiones, cuando Adriana Vega hizo su aparición, caminando con el mismo aire regio que si fuese la dueña del lugar. Por desgracia, su fachada habitual de chica dura se vino abajo apenas pudo echarme un vistazo de cerca.
- Ay, Dios, Adrián. Tu pobre cara - susurró, incapaz de apartar la mirada del cuadro cubista en que se había convertido mi rostro.
- Tranquila. Parece peor de lo que realmente es, aunque durante algún tiempo tendré difícil lo de tocar el violín - bromeé, levantando el brazo izquierdo todo lo que pude antes de que un agudo pinchazo en el pecho me obligase a dejarlo caer.
- ¿Qué pasó, exactamente? ¿En serio era Martin el que estaba detrás de todo esto?
- La policía está casi segura de que sí. Creen que se obsesionó contigo hasta el punto de matar a Olenbeck y quemar su estudio para protegerte. Eso lo explica todo, así que no van a seguir investigando más allá.
- ¿Y tú? ¿Piensas lo mismo que ellos?
- Parece bastante plausible, sí.
- ¿Y las fotos?
- Según Martin, las destruyó después de acabar con Olenbeck.
- ¿Estás seguro? - insistió, bajando la voz, aunque no lo suficiente como para que no la oyese el médico que me estaba atendiendo, y que no se perdía palabra de nuestra conversación.
- Eso fue lo que dijo él. Claro que si yo estuviese en su lugar, me hubiese quedado con una copia de las imágenes antes de borrarlas definitivamente. Sólo para mí. Y las guardaría en algún sitio seguro, donde siempre las tuviese a mano, pero a la vez protegidas por una contraseña, o alguna clase de cifrado. Un sitio como mi teléfono móvil - aclaré, de la que le tendía bajo mano el móvil de Martin, el cual había retirado de su cadáver antes de que llegase la policía -. De todas formas, por si acaso, yo le echaría también un vistazo a su ordenador y a sus servicios de almacenamiento on line. Será mejor que se lo dejes caer a tu jefe de seguridad, para que se ponga a ello cuanto antes.
- Yo... no sé qué decir. Sabía que no me fallarías, pero tampoco quería ponerte en peligro. ¿Cómo puedo compensarte por todo lo que ha pasado?  - ofreció, de de la que su mano se apoyaba en su bolso de forma casual.
- Ni se te ocurra - la corté, antes de que siguiese adelante -. No lo he hecho por tu dinero, así que no me insultes ofreciéndomelo.
- Sólo se me ocurre otra forma de agradecértelo, y ya me has dejado muy claro que tampoco estás interesado en ella - se lamentó, acercándose más a mí. Sabía que las distancias cortas eran mi talón de Aquiles, y estaba dispuesta a jugar fuerte hasta el final. Por suerte, o por desgracia, puede que la vida no me haya hecho más sabio, pero sí más pragmático. Lo suficiente, al menos, para saber cuando algo era imposible, y lo nuestro lo era. Así que en vez de perderme (y a la larga, perderla a ella) preferí hacer lo correcto y decirle, al tiempo que la cogía de las manos:
- No te preocupes. Me ha gustado volver a verte. Ha sido... divertido. Como volver a ser joven de nuevo. Y al menos, en esta ocasión podemos despedirnos como es debido.
- Entonces, esto es una despedida - me dijo, y no era una pregunta.
- ¿Quién sabe? - respondí, y la besé en la frente, mientras le apartaba el cabello de la cara y disfrutaba con la sensación de sentirlo deslizarse entre mis dedos. Ella me lanzó una última mirada de resignación antes de volver sobre sus pasos en dirección a la puerta de salida. Cuando ya pensaba que iba a irse sin más, se dio la vuelta para llamarme de nuevo, y yo la miré. Dios, que hermosa era. Ahí de pie sobre sus zapatos de tacón, vestida con su traje de marca y con aquel peinado a la moda, medio elegante, medio informal, lucía más perfecta e irresistible que nunca. Esa imagen me ha acompañado a lo largo de los años e incluso ahora, tanto tiempo después, víctima de los estragos de la edad y medio atontado por toda la medicación que me suministran para combatir el cáncer que poco a poco me devora por dentro, soy incapaz de olvidarla. Y entonces ella rompió el silencio para decirme, con esa voz tan suya, ronca y sensual a partes iguales:
- No importa lo que pase, siempre serás mi caballero de brillante armadura.
Y por un momento, la creí. La creí, y me sentí Sir Lancelot. Me sentí Superman, Han Solo e incluso Shane en "Raíces profundas". ¿Qué podía decirle? No había nada que estuviese a la altura de su cumplido, y los dos lo sabíamos, así que me limité a levantar la mano derecha en señal de despedida y seguir mirando mientras la puerta se cerraba tras ella y Adriana Vega volvía a salir de mi vida. Al cabo de un rato el médico carraspeó y, sin dejar de escribir en su carpeta, dejó caer, como quien no quiere la cosa:
- Rechazar a una mujer así... no sé si darle el alta, o mandarlo directamente a observación psiquiátrica.
- ¿Sabe una cosa? Yo tampoco -. Le dije, y era totalmente sincero.

De vuelta a mi domicilio me serví una dosis abundante de bourbon antes de salir a la terraza a contemplar las luces de los coches que circulaban por la avenida Galicia. Pese a lo que le había dicho a Adriana, no estaba totalmente seguro de que Félix Vega no tuviese nada que ver con lo que había pasado. Todo parecía demasiado casual, lo cual - en base a mi experiencia - quería decir que no había sido casual en absoluto. Supongamos, me dije, sólo supongamos, que Martín hubiese asesinado a Olenbeck siguiendo las órdenes del viejo Vega. Y que este, al enterarse de mi irrupción en escena, hubiese decidido matar dos pájaros de un tiro enviando al guardaespaldas a rematar el trabajo. A partir de ahí, pasase lo que pasase, salía ganando. Si Martín acababa conmigo, se quitaba una molestia de encima. En caso contrario (tal y como finalmente había sucedido), se libraba de un testigo incómodo. Pero no tenía pruebas al respecto, sólo sospechas y más sospechas, así que decidí que lo mejor era olvidarme del asunto y dar por buena la versión oficial.
Al día siguiente me levanté un poco más animado y dispuesto a disfrutar de mi convalecencia. Pero apenas me había sentado en el sofá para ver una de mis viejas películas clásicas en blanco y negro cuando Carolina entró por la puerta, echándoseme encima con un ímpetu que estuvo a punto de volver a descolocarme las costillas.
- ¡Pobrecito mío! - exclamó, mientras me acariciaba el rostro y me besaba una y otra vez -. Tu amigo me llamó y me dijo lo que te había pasado. ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho? ¿Me has echado de menos?
Típico de Carolina: encadenar varias preguntas seguidas, sin esperar respuesta a la primera. Y para mi sorpresa descubrí que, en efecto, la había echado de menos. Añoraba su descaro, el eco de su risa y la forma tan salvaje e imaginativa que tenía de hacerme el amor, como si cada vez fuese la primera. Para evitarme problemas Gabriel le había contado una versión muy resumida de lo que había pasado, omitiendo por completo el papel de Adriana Vega en toda la historia. Sin embargo Carolina no era idiota, y tenía un don especial para descubrir cuando no le estaba diciendo toda la verdad, así que intenté que mis respuestas fuesen lo más breves y sencillas posibles:
- Bien, un poco, y sí. ¿Y tú? ¿Qué tal lo has pasado?
- Bien, aunque yo también te he echado muchísimo de menos. Y me siento un poco culpable. No puedo evitar pensar que si hubiese estado aquí esto no hubiese pasado.
- ¿Por qué no?
- Porque no te hubiese dejado hacerlo, so tonto - respondió, de la que se acurrucaba contra mí y empezaba a besarme -. ¿En serio que me has echado de menos?
- Aha - asentí.
- Entonces, vamos a recuperar el tiempo perdido - decidió, poniendo manos a la obra. Y poco a poco una cosa acabó llevando a la otra, así que me perdonarán si decido que este es un buen momento para poner punto y final a este relato. O al menos, a mi papel en el mismo. En cuanto a Adriana Vega, y si aquel fue realmente nuestro último encuentro... eso, como se suele decir, ya es otra historia, que les contaré en su debido momento.

Dedicado a la memoria de Raymond Chandler, con un agradecimiento especial a Benjamin Black, que en su rubia de ojos negros trajo a Marlowe de vuelta del limbo de los investigadores retirados, y lo hizo en mejor forma que nunca.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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