lunes, noviembre 27, 2006

James Bond en Casino Royale (2006)

Reconozco que tenía curiosidad por ver la nueva entrega de las aventuras cinematográficas del agente secreto más famoso de todos los tiempos, en parte para ver como de convincente resultaba el actor Daniel Craig en la piel de James Bond, y en parte porque los productores habían decidido aprovechar el cambio de imagen para hacer borrón y cuenta nueva y empezar la saga de cero contándonos como el protagonista recibió su licencia para matar.
Lo realmente curioso del caso es que Casino Royale es, en efecto, la primera aventura del personaje. Publicada en 1953, es una novela bastante floja (sobre todo comparada con las posteriores) aunque tuvo el éxito suficiente para que Fleming continuara la saga con nuevas entregas en las que poco a poco fue perfeccionando la “Fórmula Bond”: un cóctel de violencia, glamour, chicas guapas, coches potentes, gadgets futuristas y villanos implacables con planes fantásticos para destruir el mundo libre. No obstante, cuando los productores Saltzman y Broccoli decidieron llevar a Bond a la gran pantalla prefirieron empezar por una historia más reciente (Dr. No, de 1962) y con más acción que Casino Royale, de la que a mayor abundamiento no poseían los derechos, aunque “rescataron” la escena en que el agente hacia su presentación oficial en un casino pronunciando por primera vez la mítica frase My name is Bond, James Bond.
Gracias al éxito de Dr. No y posteriores Casino Royale fue llevada finalmente al cine en 1967, aunque al no ser una película “oficial” de la saga Bond los productores de la misma decidieron enfocarla como una parodia / homenaje en la que un anciano James Bond (interpretado por David Niven) sale de su retiro para enfrentarse al villano Le Chiffre, encarnado por el gran actor Orson Welles. Desmesurada y a ratos surrealista, hay quien la reivindica como una pequeña obra maestra del arte pop por su colorido y sus delirantes escenarios camp.
Ahora, Casino Royale regresa de nuevo a la gran pantalla adaptando por primera vez con cierta fidelidad el texto original de Fleming, aunque con algunos cambios necesarios para adecuar la novela a los tiempos que corren. En el texto original la historia se ambientaba en el casino de Royal-Les-Eaux, en Francia, mientras que el antagonista de Bond, Le Chiffre, era un agente al servicio de SMERSH, el contraespionaje soviético. En la versión actual Le Chiffre es un banquero que blanquea dinero para diversos grupos terroristas internacionales, mientras que la acción se vuelve mucho más cosmopolita: el casino está ahora en Montenegro mientras que las investigaciones de Bond le llevan desde África a Venecia. Dado que la historia original de Fleming es bastante breve, los guionistas la extienden hasta las dos horas y media sobre todo por el principio, con una primera mitad mucho más movida y frenética, mientras que la segunda parte se ciñe más al texto original y predominan más la tensión y el suspense.
Craig resulta convincente en su rol como James Bond, el actor suda el smoking y aunque no tiene la flema británica ni el carisma de su predecesor, Pierce Brosnan, se maneja bien en las escenas de acción y le da a su personaje ese toque canalla y varonil que solo Connery había exhibido hasta la fecha.
El Bond de Craig es bastante diferente del de sus predecesores. Los fans habituales de la saga echarán en falta a Moneypenny y a Q, mientras que una Judy Dench rejuvenecida para la ocasión repite en su rol de M. Apenas hay presencia de esos gadgets futuristas típicos del personaje, a excepción del inevitable Aston Martín que en esta ocasión es mucho más discreto que en entregas anteriores. Por otro lado Craig le imprime un carácter mucho más físico a su personaje, se pasa media película corriendo, peleando, sangrando y magullado, más al estilo del Bond de Timothy Dalton que el de Roger Moore, un auténtico figurín que podía atravesar una explosión nuclear sin arrugarse ni perder la raya del pelo. Da la impresión de que los productores intentan imprimir un nuevo rumbo a la saga, más realista y menos fantasioso aunque no por ello menos trepidante. El tiempo y la taquilla decidirán si el experimento ha sido un éxito, pero a título personal creo que Casino Royale es una de las mejores películas de la saga y que Craig es un más que digno Bond para el milenio que empieza. Pero eso sí, que nos devuelvan a Q y Moneypenny, por favor.

sábado, noviembre 18, 2006

Las Vegas

Tengo que confesarles un secreto vergonzoso: me encantaría ir de luna de miel a Las Vegas y, ya puestos, dejar que me casara un sacerdote disfrazado de Elvis al ritmo de Heartbreak Hotel antes de ir a dejarme la fortuna que no tengo en las mesas de juego del Montecito. Ya sé que todos mis viejos compañeros de facultad y parroquia se echarán las manos a la cabeza exclamando que Las Vegas es la moderna Babilonia, la hermana gemela de Sodoma y Gomorra, un paraíso de la prostitución y el crimen organizado, y el mejor exponente del capitalismo norteamericano sin límites. Pero que quieren, pasado por el filtro mágico de la pequeña o gran pantalla todo se ve de otra manera y hasta los lugares más sórdidos cobran un encanto especial. Será por la luces de neón y las chicas guapas.
La historia de Las Vegas, Nevada, no deja de ser tan pintoresca como la ciudad misma. Fue bautizada por el explorador español Antonio Armijo, quien llegó ahí mientras seguía el viejo camino español desde Texas, pero no sería hasta el 15 de mayo de 1905 cuando se funda oficialmente la ciudad con dicho nombre. Aquella primitiva Las Vegas era poco más que un poblacho de paso en medio del desierto, pero con la llegada legal del juego en 1931 la urbe inició su fama mundial. En 1941 se empezaron a construir grandes hoteles que incluían casinos de juego. Muchos de los primeros inversores de la city fueron acusados de haber traído a Las Vegas dinero procedente de los sindicatos del crimen de la costa este. De hecho, el primer casino digno de tal nombre de la ciudad fue construido bajo la supervisión del gangster Benjamín “Bugsy” Siegel, interpretado por Warren Beatty en Bugsy (1991).
Hasta casi bien entrada la década de los ochenta la trayectoria de Las Vegas permaneció ligada al juego, la corrupción, el blanqueo de dinero y el crimen organizado, tal y como refleja de forma magistral Martín Scorsese en Casino (1995). Sin embargo, la televisión y el cine intentaban transmitir una imagen mucho más atractiva y glamorosa de la urbe a través de películas como Viva las Vegas (1964) en la que un joven Elvis intentaba conquistar la ciudad a ritmo de rock & roll; u Ocean’s Eleven (1960), donde Frankie, Dean, Sammy y el resto del Rat Pack al completo planeaban un espectacular atraco perfecto a varios casinos de Las Vegas en una divertida comedia que años más tarde versionaría en clave de homenaje el director Steven Soderbergh con la complicidad de su actor fetiche habitual, el guaperas George Clooney.
A partir de 1989 la ciudad intentó tomar un nuevo rumbo diversificando su economía y fomentando el turismo, aunque el juego continuó siendo uno de sus principales atractivos, sino el que más. Así puestos, El celuloide no fue el único género en dejarse cautivar por este oasis en medio del desierto: en 1992 el escritor Tim Powers le dedicó una de sus mejores novelas, La última partida (Last Call, 1992; premios Locus y Mundial de Fantasía 1993) en la que el autor deja de lado sus temas favoritos, el Steam Punk y el viejo continente de los siglos XVIII a XIX, para transportarnos en esta ocasión a Las Vegas del siglo XX, en una historia que mezcla sus tics habituales con el género de gángsteres, los casinos y las luces de neón de la ciudad, a la vez que recupera los mitos del Rey pescador y el ciclo Artúrico que ya había tratado en Esencia oscura. Pero su Las Vegas no es la misma que vemos en cada capítulo de CSI, sino un lugar de magia arcana en el que las partidas de cartas simbolizan ritos ocultos que confieren su poder al todopoderoso Rey del Juego. En el fondo, Powers intenta conferirle a la ciudad ese mismo encanto kistch del Londres victoriano pasado por el pincel del Steam Punk.
Ese mismo año se estrena la película Luna de miel en Las Vegas, en la que unos jóvenes Nicolas Cage y Sarah Jessica Parker viajan a la ciudad del pecado y sus caminos se cruzan con los del gangster interpretado por James Caan en un papel que no deja de ser una premonición de su futura carrera como presidente del Montecito. Cage por su parte repetiría su visita a la urbe en Leaving Las Vegas (1995) de Mike Figgis, mientras que pocos años más tarde sería Johnny Depp el que se dejaría atrapar por sus encantos en Miedo y asco en Las Vegas (1998) de Terry Gilliam.
La serie CSI Las Vegas (2000) viene a interrumpir esta línea de películas o novelas protagonizadas por gángsteres o perdedores y pone en su lugar a los agentes de la ley del cuerpo criminalístico para demostrarnos que incluso en la moderna Babilonia ningún crimen queda sin castigo y ningún delincuente, por listo que se crea, escapa del largo brazo de la ley. Completamente opuesta, Las Vegas (creada en 2003 por Gary Scott Thompson, el guionista de la saga A todo gas) nos sumerge en los entresijos de la vida diaria del equipo director de uno de los casinos más populares de Las Vegas, el Montecito, en una serie de historias intrascendentes que se caracterizan por un coctel de lujo, derroche, coches potentes y chicos y chicas guapas. A mayor abundamiento, la serie se ha convertido en cañada de paso para viejas estrellas en declive que se dejan caer por ahí para visitar a su colega James Caan, como es el caso de Alec Baldwin, George Hamilton o Silvester Stallone.
Así que qué quieren, visto lo visto yo también quiero viajar a Las Vegas, alojarme en el Montecito, gastarme un montón de dinero en las mesas del casino flanqueado por dos rubias clones de Paris Hilton mientras una anfitriona sexy me consigue entradas para un concierto de Tom Jones y hacer carreras por sus interminables avenidas al volante de un Ferrari. Que caray.

lunes, noviembre 13, 2006

Roger Zelazny y los Nueve Príncipes de Ámbar 3

Esa habilidad de Zelazny para manipular el tejido de la realidad lo entronca con otros grandes escritores del género, como Kurt Vonnegut, Robert Sheckley o Fredric Brown. Este último, de hecho, es autor de un relato corto de temática y argumento similares a la serie de Ámbar: "No sucedió", que especula con la posibilidad de que la realidad sea patrimonio exclusivo de una élite de privilegiados que la moldean a su antojo, hasta que la amnesia de uno de ellos pone en peligro la existencia del grupo. Curiosamente, el antecedente más directo de la saga lo encontramos en otra novela del mismo autor: Criaturas de luz y tinieblas la cual, aunque tomando como excusa argumental la primitiva religión egipcia, tiene una estructura y desarrollo tan paralelos al primer ciclo de Ámbar que casi podría considerarse como una prueba o esbozo de este, sin que eso suponga menoscabo alguno para una novela que, comparaciones aparte, se sostiene perfectamente por si misma. Asimismo, la personalidad de Corwin y sus coqueteos con el lado oscuro de la magia no dejan de recordarnos a ese otro gran personaje de fantasía del autor, Dilvish el Maldito (al que en breve dedicaremos una entrada en este blog).
Durante más de dos décadas Zelazny simultaneó la saga de Ámbar con otras novelas o series de reputado éxito, como Jack of Shadows (1971), Señales en el camino (1979) o La Tierra Cambiante (1981). No obstante, la serie de Ámbar ha aguantado mejor el paso del tiempo y se ha consolidado como uno de los referentes de la literatura fantástica actuales, auténtico objeto de culto para una legión de autores y seguidores que se reconocen influidos por la obra de Zelazny, en general, y esta saga en especial.
Nueve príncipes de Ámbar fue publicada en su momento en castellano por Francisco Arellano dentro de su colección Delirio, en una época en la que su autor estaba de moda en nuestro país y varias editoriales se disputaban los derechos de sus obras. Pocos años más tarde, a finales de los ochenta, sería el sello Miraguano el que editaría los cinco títulos que comprenden el primer ciclo de Ámbar en su colección Futurópolis (números 4, 5, 7, 11 y 12). Todos ellos, no obstante, se hallan ya descatalogados y son bastante difíciles de encontrar en el mercado de segunda mano, por lo que se agradece la reedición que ha hecho La Factoría agrupando los cinco libros en dos volúmenes de su colección de Grandes Éxitos en una edición que nace con la vocación de ser la definitiva, pese a que peca de una excesiva austeridad: se hubiera agradecido algo más de información sobre el autor y su obra, aunque también es cierto que Zelazny es un escritor de sobras conocido en España y que no faltan artículos centrados en su persona. Para quien se maneje bien en el idioma de Shakespeare, existe una edición ómnibus norteamericana que recopila todos los títulos de la saga, incluido los cinco todavía inéditos en España, protagonizados por Merlín, el hijo de Corwin.
Quien sabe, tal vez si la edición de la Factoría funciona bien desde la editorial se decidan a publicar por fin estas y otras obras inéditas de Zelazny, ahora que parece haber un nuevo interés por la figura de este genial escritor. En los últimos años, Ámbar aparte, ha aparecido una nueva antología de relatos cortos (El amor es un número imaginario, en Mundos Imaginarios nº 10) y se han reeditado dos de sus obras más destacadas, como son Tu el inmortal (Bibliopolis nº 20) y El Señor de la Luz (Minotauro). Esperemos que no se rompa la racha y que en breve podamos disfrutar de nuevos títulos de este autor, una de las plumas más innovadoras e imaginativas que ha dado el género durante las últimas décadas.

domingo, noviembre 05, 2006

Roger Zelazny y los Nueve Príncipes de Ámbar 2

Corwin es un personaje muy en la línea de los protagonistas habituales de Zelazny: un tipo duro, misterioso, de pasado oscuro, pero inteligente y refinado, cínico y con una habilidad dialéctica para despellejar verbalmente al adversario envidiable. Normalmente las mujeres los encuentran muy atractivos, aunque más al estilo de Daniel Craig que al de Brad Pitt.
Sin embargo la auténtica protagonista de toda la serie es la propia ciudad de Ámbar, tal y como nos la describe el autor: “Ámbar era la mayor ciudad que había existido nunca, o que nunca existiría. Siempre había sido y siempre sería. Y todas las demás ciudades, en cualquier parte, cualquier otra ciudad en la existencia, no era sino un reflejo de una sombra de alguna fase de Ámbar. Ámbar, Ámbar, Ámbar... Te recuerdo. Nunca volveré a olvidarte de nuevo. Supongo que en lo más hondo de mí nunca lo hice de verdad, a pesar de los siglos que vague por la Tierra de la Sombra, pues con frecuencia, durante la noche, mis sueños se veían turbados con imágenes de tus verdes y dorados capiteles, de tus magníficas terrazas. Recuerdo tus amplios paseos y tus macizos florales, dorados y rojizos. Recuerdo el dulzor de tus aires, y de los templos, palacios y maravillas que contienes, contuviste y siempre contendrás. Ámbar, ciudad inmortal de las que todas las demás han tomado su forma, no puedo olvidarte ni aun ahora, ni olvidar aquel día en el Patrón de Rabma, cuando te recordé dentro de tus murallas reflejadas, recién alimentado tras sufrir el hambre atroz, con el amor de Moire, pero nada puede compararse con el amor y el placer de recordarte; y aun ahora, mientras contemplo las Cortes del Caos, narrando esta historia al único presente para escucharla, para que quizá pueda repetirla, para que no muera después de que yo haya muerto por dentro; aun ahora te recuerdo con cariño, ciudad para cuyo gobierno nací...”.
Leyendo a Zelazny, Ámbar parece un lugar paradisíaco a medio camino entre un exótico palacio oriental y el esplendor de las ciudades italianas del Renacimiento, como una Venecia de ensueño. Curiosamente, se trata de una civilización antitecnológica. La pólvora no funciona en Ámbar, lo que justifica que ningún ejército haya podido conquistarla. Pero es que además de la pólvora no hay rastro de tecnología alguna en todo Ámbar, al contrario de lo que ocurre en los Mundos de la Sombra. Los amberitas, y en especial su familia real, se muestran más interesados – y expertos – en el aprendizaje y manejo de la magia y demás artes arcanas, aunque en la segunda serie de la saga, el protagonista (Merlín, el hijo de Corwin) es un experto tanto en la magia como en la informática.
Ámbar es, como hemos dicho, uno de los dos únicos puntos “reales” del universo (el otro son las Cortes del Caos). Entre ambos y a su alrededor se extienden los Mundos de la Sombra, infinitos planos dimensiónales algunos de los cuales son un reflejo más o menos fiel de la propia Ámbar mientras que otros (como el nuestro) son completamente diferentes. Tanto los habitantes de las Cortes como la familia real amberita pueden no sólo viajar a través de estos planos paralelos sino incluso modificarlos a su antojo. Zelazny mezcla aquí dos conceptos habituales de la fantasía y la ciencia ficción, como son el de los universos paralelos y el solipsismo.
Las Tierras de la Sombra recuerdan en cierto modo al Multiverso del escritor británico Michael Moorcock, otro de los flamantes estandartes de la New Wave y creador del mítico personaje Elric de Melniboné, ciudad que guarda no pocas similitudes con el Ámbar de Zelazny. Otro punto de contacto entre ambos autores seria el enfrentamiento soterrado entre las fuerzas del Orden (representadas por Ámbar) y el Caos (representado por las Cortes).
El Multiverso de Moorcock no es el único homenaje o influencia asimilada que aparece en la obra de Zelazny. La sombra de Tolkien planea por encima de toda su producción desde la temprana publicación de Lord of Light en 1968. En cierto modo, las fuerzas del caos no dejan de recordarnos a las huestes de Sauron mientras que el papel ambiguo y maléfico de Brand nos trae a la mente al Saruman de Tolkien.
No menos atractivo resulta el tratamiento que hace el autor de la realidad. El solipsismo (citado expresamente en varias ocasiones a lo largo de la serie) se basa en la creencia de que un individuo o individuos son los únicos seres “reales” que existen y pueden crear, recrear o modificar la realidad a su capricho, tal y como hacen los habitantes de las Cortes y Corwin y sus parientes. A este respecto las descripciones que hace Zelazny del proceso (por ejemplo, durante el viaje de Corwin y Random en coche al principio del primer libro) son verdaderamente fascinantes y reflejan de forma magistral el talento literario y narrativo del autor.
(Continuará...).