lunes, julio 25, 2016

Una nueva distinción para el Zoco: el Blogger Recognition Award

El amigo Elwin Álvarez Fuentes, tal vez el lector más fiel y constante de este blog, ha vuelto a nominarme para un premio. En esta ocasión, para el Blogger Recognition Award que, como no puede ser menos, acepto agradecido, aunque con algo de retraso por motivos ajenos a mi voluntad. Pero como se suele decir, más vale tarde que nunca si la intención es buena, y este caso lo es por ambas partes, así que aquí estamos, dispuestos a cumplir con las normas del premio.
Tras las explicaciones y los agradecimientos de rigor, toda recordar por qué me embarqué en este proyecto, hace ya tanto tiempo que he tenido que consultar mi perfil en Blogger para salir de dudas: el 9 de julio de 2005, coincidiendo con la XVIII Semana Negra de Gijón. De hecho, recuerdo que por aquel entonces se celebraron en la Semana un par de encuentros de blogueros, señal de que los blogs (o bitácoras, como prefieran) estaban de moda, al contrario que ahora, cuando parece que han perdido terreno frente a la inmediatez y cercanía de las Redes Sociales o de Aplicaciones móviles como Whatsapp o Snapchat, por poner un par de ejemplos. Volviendo al tema que nos ocupa, por aquel entonces (1999-2005) un servidor colaboraba en varias revistas que a día de hoy ya no existen, como el Dentro de la Viñeta, El pequeño Nemo, Solaris o Interplanetaria, por poner varios ejemplos. Pero el auge de Internet y el descenso de las ventas (o tal vez su momento había pasado, vayan Uds. a saber) fueron acabando poco a poco con todas ellas, y puestos a colaborar por amor al arte en otras páginas web, parecía tener sentido tener también mi propio blog donde seguir escribiendo acerca de todas las cosas que me interesaban, ya fuese artículos, reseñas puntuales o algunos de mis relatos de ficción, al menos hasta que convenciese a algún editor para que se animase a publicarlos. Y aquí seguimos. Va para once años ya, con sus más y sus menos, pero siempre al pie del cañón, actualizando y buscando nuevas formas de mejorar el blog, que a estas alturas ya es casi como de la familia. A título anecdótico, el nombre del blog alude a una de las ciudades marcianas que aparecían mencionadas en los relatos de Norwesth Smith escritos por C. L. Moore, a la que le dediqué una de las primeras entradas del mismo.
Siguiendo con las condiciones del premio, ahora me corresponde dar dos consejos para quienes comienzan con esta bella (y desinteresada) labor.
Uno, se constante. Hay pocas cosas más tristes que un blog abandonado, o que sólo se actualiza una vez al año, o Dios sabe cuándo. Para engancharse a tu blog la gente tiene que notar que tú estás también enganchado, que te importa, que le dedicas algo (o mucho) de tiempo. Así que actualiza. Si no puede ser una vez al día, que sea a la semana, al mes, o cuando puedas, pero actualiza; y no faltes a tu cita regular con tu blog, que es lo mismo que decir que con tus lectores, salvo motivo plenamente justificado.
Y segundo, no te disperses. Céntrate en tus aficiones, en lo que te gusta y se te da bien. E intenta encontrar ese elegante término medio entre ser un friki empedernido o un hater obsesivo. Cuando hables sobre algo, hazlo con objetividad y mesura. Cuando recomiendes algo, valora todos los pros y los contras. Pero intenta no perder nunca el norte. Nadie es perfecto, pero tampoco tan malo que no puedas decir algo bueno a su favor. Y si no puedes decir nada bueno de algo o de alguien, tal vez lo mejor sea que no desperdicies tu tiempo libre escribiendo sobre ello para criticarlo.
Por último, tengo que pasar el testigo nominando a otras personas para que acepten (si así lo desean) el premio y sigan la cadena. El tope máximo son quince, aunque yo me voy a limitar a diez, que dejo listados a continuación:

1. Entre azul y azabache de Abril no es un mes
2. La escritura necesaria de Rubén Angulo
3. Jaeltete de Estela Caruso
4. Lo que pensamos y no decimos de Azahara Casanova
5. El blog principal de Mayte Dailanegra
6. Eternidad se escribe con tinta de Ángela Fernández
7. Caleidoscopio de Elika Jiménez
8. Ven y enloquece de Nino Ortea
9. Las lecturas de Mr. Davidmore de David Sánchez
10. El cuaderno de Isthar de Isthar Vega Luna

En breve me pondré en contacto vía comentario con cada uno de ellos para que tengan noticia de la nominación y decidan si deciden aceptarla y continuar la cadena. Un saludo, muchas gracias de nuevo al amigo Elwin por su generosidad, y al resto de asiduos del Zoco. Como dije en una entrada anterior, vosotros sois los que realmente hacéis este blog ya que sin vuestros comentarios, apoyo y presencia hace tiempo que hubiese arrojado la toalla. ¡Nos leemos!

viernes, julio 22, 2016

La Era del Cambio / Anexo


Esta secuela existe gracias a (o por culpa de) Rafael G. M., que después de leer la anterior entrega comentó que el final le parecía muy brusco, y que le gustaría saber que pasaba con los personajes protagonistas una vez que su relación pasaba al siguiente nivel. En realidad, como expliqué en su momento, El largo camino de vuelta a casa era un viejo relato inconcluso de los noventa que retoqué para su publicación en el blog. Como tal, no tenía continuación alguna, aunque rebuscando entre las carpetas de mi disco duro encontré otro relato más o menos de la misma época y ambientación que, con un par de retoques, podía servir a modo de secuela. Sin embargo, al igual que en el caso anterior, tuve que hacerle unas cuantas modificaciones.
En el relato original no aparecía Kirten Sandor. Como "malos" de la película tenía a los lores, una raza de fanáticos religiosos que había desarrollado en otras historias cortas, pero que aquí no hacian acto de presencia hasta casi el final de la trama, y me parecía que necesitaba otro villano que sirviese como catalizador de la acción ya desde el principio, así que me decidí a rescatar a Sandor, un personaje que Pablo C. y un servidor creamos en su momento como perfil para el juego de rol de La guerra de las galaxías. Por lo que recuerdo, Sandor era el oficial al mando de un crucero de asalto Imperial que tras la batalla de Endor se pasaba (junto con la mayoría de su tripulación) al bando de la Alianza, rebautizando su nave como "Estrella rebelde". Tenía incluso un enemigo personal, el barón Havoc, un señor de la guerra imperial que trabajaba a sueldo de las autoridades del Sector Corporativo. Años después, cuando estaba intentando sistematizar mi ciclo de la Sinarquía, decidí incorporar ambos personajes al mismo, de manera que Havoc se convirtió en el lider de la insurgencia y Sandor, un agente de inteligencia a su servicio.
Como detalle anecdótico, a la hora de describir el físico de Sandor, Pablo y un servidor nos inspiramos en el mio propio, e incluso, en la primera versión, el personaje se llamaba Kirten Jandor, aunque luego lo cambié por Sandor por resultar demasiado evidente. Ahora, al releer la escena en la que este es eliminado por Hannah Cross (al final de La era del cambio), no puedo evitar pensar que hay algo alegórico, casi freudiano, en esa imagen del creador empalado hasta la muerte por su creación. ¿Quizás mi subconsciente estaba intentando decirme algo?
Por lo demás, algunos hilos y personajes de la historia apuntan a otros de mis relatos escritos más o menos por la misma época, en especial los tres epílogos, donde hay referencias a la Liga de Hali, el plan maestro de los lores, y aparece por primera vez el personaje de Malcom Price. Con respecto a Hannah y Janine, no conservo ninguna otra historia en la que aparezcan juntas, aunque Hannah Cross reaparece brevemente como secundaria en un relato posterior, mientras que su compañera hace un breve acto de presencia en otra historia cronológicamente anterior a El largo camino de vuelta a casa y a esta Era del Cambio. Claro que quien sabe, si alguien muestra el suficiente interés puede que algún día ambos relatos aparezcan publicados aquí también.

Addenda:

Dos rápidos apuntes.
Cuando escribí La Era del Cambio original, incluí toda una serie de referencias y homenajes más o menos explícitos a determinados aspectos de la cultura popular fantacientífica del momento, como las alusiones al vuelo 19 o el nombre del prospector que alerta a Hannah Cross, Kapra. Al actualizar el relato pensé en cambiarlas pero al final me dije: "¡Qué diablos!". Tienen su función en la historia, y cualquier otro lector tan apasionado del medio como lo era yo disfrutará identificándolas.
Por otro lado, al releer este anexo, me he dado cuenta de que La Era del Cambio se parece, en cierto modo, a una novia el día de su boda: tiene algo nuevo, algo viejo y algo prestado (Sandor). Le falta algo azul, me dirán, pero no; porque si se fijan, para la ocasión, he cambiado el nombre de la nave espía insurgente de "Estrella rebelde" a "Estrella azul", con lo que la tradición se cumple hasta sus últimas consecuencias. Ahora sólo falta que lance hacia atrás el ramo de la novia, a ver quién se apresura a recogerlo.
¿Preparados? ¿Listos?
Ahi vamos.

viernes, julio 15, 2016

La Era del Cambio /06


Hacienda March, poco después.

Hannah esperó a que su amante estuviese profundamente dormida antes de salir subrepticiamente de la cama y escaparse a la cocina para prepararse una taza de café. Era consciente de que tenía que volver al trabajo cuanto antes para avisar (de nuevo) a las autoridades correspondientes de lo que había pasado, recoger los cadáveres y asegurar el perímetro alrededor de los restos de la nave hasta que llegasen los especialistas. Sin embargo, no podía evitar darle vueltas en su cabeza a las enigmáticas palabras que le había dirigido el lor antes de partir: "La era del cambio se acerca". ¿A qué cambio se refería? ¿Y por qué le había perdonado la vida? Al diablo, decidió al cabo de un rato. Redactaría su informe y dejaría que otros se preocupasen de esas y otras incógnitas. Bastante tenía ella con proteger su planeta e intentar salvar su relación sentimental.
Cuando regresó a la habitación Janine seguía en la misma postura en que la había dejado, durmiendo de medio lado en posición fetal mientras hacia esos atisbos de ronquido que normalmente la sacaban de quicio, pero que hoy hacían que la quisiese más que nunca. Sin hacer ruido se introdujo de nuevo en la cama, abrazándose por detrás a la joven y disfrutando con su aroma y la sensación de proximidad de su cuerpo. Todo lo demás, se dijo, podía esperar.

Epílogo(s).

Laboratorio de investigación biológica Escila. En órbita sobre la tercera luna de Loria.

Las puertas estancas del laboratorio se abrieron con un sordo siseo para dejar paso a un visitante inesperado. Al ver de quien se trataba, todos los presentes se apresuraron a inclinarse en señal de respeto. El recién llegado no vestía de uniforme, pero el organismo del gobierno para el cual trabajaba era mucho más influyente - y peligroso - que el ejército.
- ¡Eminencia! Es un honor inesperado. Nadie nos avisó de su visita... - comenzó a excusarse el ingeniero Jefe, pero su interlocutor se apresuró a cortarle en seco con un simple gesto de muñeca, sin dejar de avanzar hacia la sala de aislamiento, donde varios científicos lores con equipo de protección biológica extraían el contenido del contenedor recuperado en Deneba.
- ¿Qué tal se encuentra nuestro huésped? ¿Ha resistido bien el paso del tiempo?
- Perfectamente, Eminencia. El contenedor fue preparado para resistir situaciones mucho más extremas que un aterrizaje forzoso. No obstante...
- ¿Sí? - inquirió el otro lor, con un tono de voz tan casual que hubiese podido engañar a un oyente menos experimentado.
- Nuestros análisis indican al posibilidad de que parte de nuestra población pueda verse expuesta al contagio, incluso contando con el respaldo de la vacuna. Es algo... inesperado, que puede deberse a la propia naturaleza inestable del patógeno.
Hubo varios segundos de tenso silencio mientras el recién llegado asimilaba la información.
- ¿De cuantos afectados estaríamos hablando, aproximadamente?
- Puede que un cinco por ciento del total. Gente con un sistema inmunológico más débil, y que en su inmensa mayoría se corresponde con líneas genéticas secundarias.
- No importa. Todos somos marionetas en manos del destino. Dejemos que Él decida quienes deben sobrevivir y quienes, por el contrario, no son dignos de servirle en el Nuevo Universo. Al fin y al cabo, el momento del Cambio se acerca, y todos tendremos que sacrificarnos, de una u otra manera - dijo el lor, repitiendo casi las mismas palabras que había pronunciado delante de Hannah Cross poco tiempo a atrás, a la vez que desviaba la mirada hacia el ventanal de observación para contemplar la legión de bases estelares lor, cada una de ellas del tamaño de un pequeño planeta, que permanecían estacionadas en el exterior, mientras aguardaban la orden necesaria para reemprender una Guerra Santa cuyo objetivo final consistía en limpiar la Creación de infieles y otras especies inferiores.

En otro lugar del espacio conocido, más allá de los límites de la Sinarquía.

El Primer Oficial entró sin anunciarse ni solicitar permiso en la sala de combate donde le aguardaba el Analista Jefe. Este, por su parte, permaneció en silencio durante varios segundos mientras estudiaba atentamente un mapa de ese sector de la galaxia en la holopantalla que presidía la estancia.
- ¿Los lores han recuperado nuestro obsequio? - inquirió por fin el Analista, siempre de espaldas a su subordinado.
- Sí, señor. Y se disponen a utilizarlo de inmediato.
- Supongo que eso quiere decir que no han descubierto aun los efectos secundarios de la vacuna.
- No. Y para cuando los descubran, ya será demasiado tarde. La mayor parte de su población estará inoculada y expuesta a los efectos de nuestro pequeño caballo de Troya.
- Cuidado con los griegos que traen regalos - recitó el Analista Jefe, observando en el mapa las áreas de influencia de los diversos Estados de la zona: desde la Sinarquía hasta el Protectorado Lor, pasando por Alfa y Próxima de Centauro y los mundos libres de más allá del Espacio Conocido  -. Así pues, los lores usarán el nanovirus contra la Sinarquía, que ya ha sufrido un gran desgaste después de muchas décadas de combate contra la Insurgencia. Ante el enemigo común ambos contendientes intentarán pactar una tregua o, incluso, alguna clase de alianza militar. Da igual. Hagan lo que hagan, todos ellos saldrán perdiendo, y el equilibrio de poder en esta región del espacio cambiará irremisiblemente.
- Y entonces, la Liga de Hali ocupará por fin el lugar hegemónico que le corresponde entre todas las demás potencias estelares. - asintió el Primer Oficial, con entusiasmo. El Analista Jefe, por su parte, mantuvo su mutismo habitual. Algo sorprendido, el recién llegado se atrevió a preguntar:
- ¿Tiene usted alguna reserva acerca del éxito de nuestro proyecto, señor?
- Si algo nos ha enseñado la historia, es que no existe el plan perfecto, Oficial - repuso el Analista Jefe, en tono neutro, mientras se acariciaba el mentón de forma pensativa -. Siempre hay un factor imprevisto que puede arruinar el mejor de los esquemas.

Planeta Laststand, en el límite exterior de la Sinarquía.

Algo ha cambiado.
Malcom Price abrió los ojos, repentinamente alerta, mientras intentaba averiguar qué era lo que le había despertado. Desde su rincón apenas se alcanzaban a oír más sonidos que el zumbido de los generadores y el lejano retumbar de la artillería enemiga. Con una agilidad que desmentía su estado físico, Price se puso en pie y trepó por la escalera que conducía hasta la plataforma de observación del bunker. Una vez ahí se arriesgó a asomarse por encima del parapeto para observar el terreno que se extendía enfrente y a su alrededor.
Todo parecía normal, o al menos todo lo normal que podía parecer dentro de las circunstancias. Desde allí alcanzaba a sintonizar todo el tráfico de información que saturaba la atmósfera: fragmentos de comunicaciones entre las IA de las naves de la flota de la Sinarquía que orbitaban en torno a Laststand; retazos de conversaciones entre los soldados y sus oficiales; una miscelánea de correos personales y restos aleatorios de mensajes encriptados de alta seguridad. Lo habitual de todas las noches. Y, sin embargo, había algo nuevo. Algo distinto, y a la vez, familiar, aunque no era capaz de concretar exactamente el qué.
- ¿Señor? ¿Se encuentra bien? ¿Hay algún problema?
Price se volvió para encontrarse con la mirada inquieta, pero cordial, del sargento de guardia.
- No, sargento. No se preocupe. Sólo había salido a estirar las piernas y respirar un poco de aire fresco.
- Hoy parece más tranquilo que de costumbre, ¿no?
- Quizás - respondió Price. O quizás, sólo es la calma que precede a la tormenta, añadió para sí, aunque se guardó muy bien de compartir su inquietud con su subordinado -. Creo que tomaré una taza de café. Buenas noches, sargento.
- Coronel - repuso el suboficial, dedicándole un rígido saludo de despedida. Price suspiró.
- Ya no soy coronel, sargento. De hecho, no tengo graduación alguna. Ni siquiera pertenezco a su ejército.
- Sí, señor - respondió el hombre, haciendo hincapié en el "Señor". Resignado, Malcom regresó al interior del bunker. De camino a la sala de reuniones se cruzó con varios grupos de militares que le saludaron con la misma expresión respetuosa - y algo esperanzada - del sargento de guardia. Realmente no le apetecía el café, pero era una forma educada de cortar la conversación y, además, la sala era uno de los pocos lugares del complejo donde todavía no habían empezado a almacenar cadáveres, pendientes de ser identificados e incinerados. Price ya llevaba demasiados muertos a sus espaldas, y no quería intimar demasiado con aquella gente. Es más fácil si no sabes cómo se llaman, solía repetirse, aunque al final no siempre hiciese caso de sus propios consejos. Tras servirse una más que generosa dosis de cafeína se acomodó en uno de los muchos sillones disponibles en la sala, con la vana esperanza de olvidarse (aunque solo fuera por un momento) de donde estaba, y por qué. Sin embargo, había algo que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Una idea extraña, un mensaje repetitivo y machacón. Una sugerencia, una orden, o tal vez incluso una promesa:
El momento del Cambio ha llegado.
Abrázalo.

¿Continuará?
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

viernes, julio 08, 2016

La Era del Cambio /05


Al cabo de un rato algo se movió dentro del vehículo accidentado. Se oyó un golpeteo rítmico que provenía del interior, el cual fue creciendo en intensidad hasta que la luna de cristal de la cabina se rajó de extremo a extremo, y Hannah Cross cayó a plomo sobre la arena, todavía envuelta en una densa capa de pegajosa espuma. Un repentino golpe de calor le secó la garganta y estuvo a punto de dejarla inconsciente antes de que el mecanismo de refrigeración de su traje de supervivencia equilibrase la diferencia de temperaturas. Una vez que hubo recuperado un cierto control de sus miembros probó a incorporarse, muy lentamente, esperando sentir en cualquier momento el pinchazo de algún hueso o costilla rotos. Pero, por suerte o por milagro, parecía que había sobrevivido con poco más que alguna magulladura y un par de cortes superficiales.
En eso, se oyó otro ruido de cristales rotos y Sandor se precipitó al suelo, al igual que la agente poco antes que él, aunque recuperándose con mucha más rapidez. No me fastidies, se dijo Hannah. ¿De qué diablos estaba hecho aquel hombre? El insurgente escupió una mezcla de arena y espuma, mientras observaba a la oficial de seguridad como si la viese por primera vez.
- ¿Por qué lo ha hecho? Sólo tenía que quedarse al margen unos minutos más mientras recogíamos lo que hemos venido a buscar, y no hubiese muerto nadie - preguntó este, por fin, con una expresión de sincero desconcierto pintada en su rostro.
- Y no tiene por que morir nadie más, si se entrega y les ordena a sus hombres que depongan las armas.
- ¿Está loca? No, ya veo que no. Los dos nos hemos equivocado el uno con el otro - reconoció Sandor -. Ahora tendré que descuartizar a tu ramera, poco a poco y muy lentamente. Pero antes de que muera, me aseguraré de que sepa que todo ese dolor, todo lo que le está pasando, es por tu culpa.
- Entonces, no hay nada más que hablar - dijo la agente, de la que empuñaba su defensa extensible y la desplegaba con un hábil giro de muñeca. Sandor, por su parte, utilizó el selector de función de su bastón para transformarlo en un estoque de combate. En realidad, la mayor parte del mismo era un holograma de luz sólida que cambiaba de forma según las necesidades de su propietario, pero Hannah sabía que no por eso era una herramienta menos peligrosa. La hoja incorporaba un campo de distorsión molecular capaz de atravesar el acero como si fuese mantequilla, y su modesta varilla extensible no era rival para semejante arma, por lo que su única opción consistía en esquivar los ataques de su adversario y esperar a que este se agotase.
No obstante, al cabo de unos pocos minutos Hannah tuvo que reconsiderar su estrategia. Sandor parecía incansable, mientras que a ella cada vez le costaba más rehuir sus fintas y estocadas. El estilo de combate de su adversario combinaba elementos de la esgrima de la Sinarquía con algo de la lucha cuerpo a cuerpo de los comandos Centaurii, e incluso algunos movimientos propios del boxeo libre de la Liga de Hali, y pasaba de uno a otro con la fluidez y eficacia de un combatiente experto. Por supuesto, pensó la agente. Su contrincante no había nacido rebelde. Con toda probabilidad, antes de pasarse a la Insurgencia habría sido oficial de Inteligencia en el ejército de la Sinarquía. Y uno muy bueno. Nadie sobrevivía tanto tiempo en un oficio como el suyo sin aprender un par de trucos. Muy a su pesar, Hannah asumió que nunca podría vencerle jugando limpio, así que empezó a retroceder mientras exageraba el cansancio que sentía. Sandor sonrió, anticipando la victoria, pero la siguiente vez que se lanzó a fondo su adversaría giró sobre si misma al tiempo que hundía un pie en la arena para arrojársela a la cara. Instintivamente, el hombre cerró los ojos a la vez que volvía la cabeza, momento que Hannah aprovechó para patearle la rodilla izquierda con todas sus fuerzas, la misma que le había visto flaquear poco antes en la Jefatura. La articulación cedió con un seco chasquido y Sandor cayó de bruces al suelo, aunque sin soltar el estoque. Antes de que pudiera recuperarse Hannah saltó sobre él, agarrándole de la muñeca armada y retorciéndosela hasta que el extremo de la hoja apuntó directamente al cuello de su contrincante. Este se resistió con todas sus fuerzas pero, cuerpo a cuerpo, la menor edad y el excelente estado físico de la agente acabaron por decantar la balanza a su favor. Al cabo de unos interminables segundos Sandor miró a Hannah a los ojos para ordenarle, con sus últimas reservas de energía:
- ¿A qué esperas? ¡Hazlo!
Y entonces dejó de oponer resistencia, de manera que la hoja le atravesó por completo, entrando por la clavícula derecha y saliendo por la espalda a la altura del riñón opuesto. Sin embargo apenas hubo sangre, ya que la propia arma se encargó de cauterizar la herida. La agente aflojó su presa y el cuerpo del rebelde cayó poco a poco de espaldas hasta quedar tumbado sobre la arena. Curiosamente, ahora que estaba muerto, parecía mucho más frágil e indefenso que antes. Jadeante y sudorosa, Hannah se dejó caer de rodillas a su lado. Sandor había sido un adversario excepcional. Tal vez demasiado. En circunstancias normales, no debería de haberle costado tanto acabar con él... a menos que el tiempo hubiese empezado a pasarle factura también a ella. Y entonces, al ser consciente de su propia mortalidad, sintió un atisbo de empatía por el difunto. No quiero acabar así, pensó, presa de un repentino ataque de angustia; no de aquella manera, tirada sobre la arena, sola y sin que a nadie le importase si estaba viva o muerta. Y para su sorpresa, descubrió que necesitaba a Jane más que nunca. En ese preciso instante necesitaba que su compañera la abrazase y le acariciase la nuca mientras le susurraba al oído que todo iba a salir bien. Por desgracia, la muerte de Sandor no había hecho sino complicar las cosas. Sin él como carta de cambio, lo más seguro era que sus hombres ejecutasen a la rehén antes de abandonar Deneba, a menos que Hannah lograse llegar a tiempo de evitarlo. Pero la Hacienda March estaba muy lejos y, a pie desde ahí, tardaría demasiado, mucho más de lo que el enemigo estaría dispuesto a esperar antes de darse cuenta de que algo había salido mal. Tampoco podía llamar a David y pedirle que le enviase un VTOL remoto sin despertar sospechas. Todavía seguía examinando sus opciones cuando se oyó el inconfundible sonido de los turborreactores de un vehículo de superficie acercándose. Los refuerzos por fin habían llegado, pero ¿para quién? ¿Para Sandor, o para ella? Hannah se cubrió los ojos con la mano para poder observar mejor la cada vez más cercana aeronave y, al reconocer su diseño, comprendió que su situación, por desesperada que pareciese antes, no había hecho más que empeorar.
Los lores habían llegado para reclamar lo que les pertenecía, y ella era la única persona presente en muchos kilómetros a la redonda a la que podían pedirle explicaciones.

Planeta Deneba. Excavación minera al pie de la cordillera Unermesslich.

La nave lor se estabilizó sobre sus proyectores de antigravedad y desplegó una pasarela de desembarco por la que descendieron seis figuras humanoides (aunque mucho más grandes que un ser humano normal y corriente) equipadas con trajes militares de supervivencia. La mayoría de ellos eran del color rojo sangre característico del ejército lor, pero el sexto vestía un equipo distinto, negro mate y sin insignias ni elementos identificativos de ningún tipo. Los recién llegados se desplegaron alrededor de Hannah sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo cual era mucho más de lo que se podía decir de ella.
El lor equipado con el traje negro se acercó a la agente, inclinándose hasta que la placa facial de su casco estuvo a muy pocos centímetros del rostro de esta. El material era reflectante y Hannah no podía ver lo que había al otro lado, tan sólo su reflejo, pero tampoco lo necesitaba. Había visto demasiados lores durante la guerra como para saber que no quería volver a estar así de cerca de ninguno de ellos. Por fin, tras varios segundos que se le hicieron eternos, el lor rompió el silencio, dirigiéndose a ella en un panterrano básico bastante aceptable, y en un tono que si bien no podía definirse de cordial, tampoco resultaba agresivo en exceso.
- ¿Terrana?
- No - respondió la agente, con un hilo de voz -. He nacido en las colonias. No he estado nunca en el planeta Madre.
- Combatiente. Ganaste esos tatuajes matando a otros miembros de mi raza - añadió el lor, y esta vez no era una pregunta. Y Hannah lo supo. Supo que había sobrevivido a una guerra e innumerables combates y actos de servicio, a cual más arriesgado, sólo para regresar a morir a su planeta natal, a manos de un enemigo con el que ya no esperaba volver a enfrentarse nunca jamás. Un sudor frío comenzó a extenderse por su espalda pese a las altas temperaturas del mediodía de Deneba. Sabía lo que hacían los lores con los prisioneros de guerra. Había visto suficientes cadáveres - o, más bien, lo que quedaba de ellos - como para estar lo suficientemente segura de que prefería morir peleando antes que dejarse sacrificar como una res en el matadero. Su mano derecha comenzó a deslizarse de forma instintiva hacia la funda de su arma, hasta que recordó que Sandor se la había quitado poco antes de subir al turbocóptero.
Entretanto, el lor estudiaba el terreno circundante, pasando la mirada de los cadáveres a la agente y de nuevo a los cadáveres una y otra vez, mientras reconstruía en su cabeza los acontecimientos. Y entonces, hizo algo que Hannah Cross nunca había visto hacer a ningún otro lor antes que él: irguiéndose, inclinó la cabeza en señal de respeto y acto seguido le dio la espalda, como si ella no estuviese ahí. Por gestos, índico a sus subordinados que abriesen una ruta de acceso al interior de la nave, lo que estos procedieron a hacer con una eficacia fruto de muchos años de obediencia ciega y férrea disciplina. Tras despejar el casco de las mallas fantasma y de la capa de piedras y arena que lo recubrían, los lores forzaron una de las escotillas de entrada por la que se introdujo un grupo de cuatro de ellos. Poco después (Hannah no hubiera sabido decir exactamente cuánto) los cuatro lores reaparecieron transportando con infinito cuidado lo que parecía un pesado contenedor de carga. No, se corrigió a sí misma la agente, no con cuidado. Con delicadeza. Casi con reverencia.
- ¿Qué hay ahí dentro? ¿Por qué es tan importante? - se atrevió a decir, y por un momento pensó que el lor no la había oído, o que iba a ignorar su pregunta. De nuevo para su sorpresa, este respondió:
- Nuestro legado. Y a partir de ahora, nuestro futuro.
Como si aquellas palabras hubiesen servido para recordarle su presencia el lor se acercó de nuevo a ella, agachándose hasta que la placa facial de su casco volvió a estar a poco más de un par de centímetros del rostro de la agente.
- Debería acabar contigo ahora mismo. Mi fe así lo exige. Pero hoy has sido un instrumento al servicio de la voluntad de Dios, y Él ha decidido que sigas con vida para transmitir un mensaje a todo aquel que pueda o quiera escucharlo.
- ¿Qué mensaje? - inquirió esta, sorprendida ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.
- Díselo a tu gobierno. A tus conocidos, a todo el mundo. La Era del Cambio se acerca - anunció el lor, señalando el espacio sobre sus cabezas con el mismo aire reverente que sus soldados -, y sólo aquellos que Él considere dignos podrán cruzar el umbral del Nuevo Universo.
Antes de que la mujer pudiese hacer cualquier otra pregunta o comentario, el lor se dio media vuelta y siguió a sus subordinados de regreso al interior de la nave que les había llevado hasta ahí. Al cabo de un rato, esta despegó, tomando el rumbo contrario al que habían seguido Hannah y los insurgentes desde la ciudad. La agente tardó varios minutos en aceptar que, después de todo, seguía viva. Cuando por fin pudo reaccionar se apresuró a recuperar su arma del cadáver de Sandor antes de abrir de nuevo un canal de comunicación con su ayudante.
- ¿David? ¿Estás ahí?
- ¿Jefe? ¿Es usted? - respondió este, casi de inmediato - ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?
- Si, no te preocupes. ¿Qué tal todo por ahí?
- Nuestros visitantes han salido corriendo sin despedirse hace unos cinco minutos. No sé que habrán visto ahí fuera, pero desde luego tenían mucha prisa. Ni siquiera se han molestado en destruir nuestro equipo de telecomunicaciones.
Desde luego, asintió la agente. Si ella viese venir a los lores, tampoco perdería mucho tiempo quedándose a hacer el equipaje.
- David, escucha, necesito que me envíes un vehículo a estas coordenadas. Voy a pasar por la hacienda March antes de regresar a la ciudad.
- Entendido. ¿Necesita que haga algo más? - inquirió su interlocutor, solícito.
- No. Tú sólo aguanta el fuerte hasta que regrese. Corto y cambio.
- Recibido. Corto y cambio.

Planeta Deneba. Hacienda March.

Su auto patrulla tardó poco más de veinte minutos en llegar hasta la casa de Jane. De camino, la agente iba analizando todas las posibilidades que podía encontrarse a su llegada. Lo más probable era que los hombres de Sandor hubiesen recogido a sus compañeros antes de abandonar el planeta pero, en ese caso, ¿qué le habrían hecho a su rehén? ¿Sabían que su líder estaba muerto? ¿Acaso este había podido contactar con ellos de alguna manera antes de estrellarse, y les había ordenado ejecutar a la prisionera? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Cross forzó al máximo el motor del autopatrulla, lamentando no haber adquirido en su momento un vehículo equipado con tecnología de salto espacial.
Al llegar no vio nada fuera de lo común, excepto una delgada columna de humo que se elevaba al cielo desde el otro lado del edificio principal. Arma en mano, la agente corrió al otro lado sólo para encontrarse a su compañera quemando lo que parecía un gran montón de malas hierbas. No fue hasta que estuvo más cerca que se dio cuenta de que en realidad se trataba de varios cadáveres.
- ¿Estás bien? ¿Hay algún herido?
- No. Estos eran todos.
- ¿Qué ha pasado?
- Me gustaría poder atribuirme el mérito pero, en realidad, ha sido cosa de Pericles - respondió la joven señalando hacia el módulo autónomo que, como siempre, flotaba a su lado como un ángel guardián.
- Lamento el retraso en actuar, agente Cross. Tenía que esperar a que la señorita March estuviese lejos de la línea de fuego. Pero nadie entra aquí sin permiso, ni mucho menos amenaza a la familia, sin arriesgarse a sufrir las consecuencias - repuso la IA, en un tono de voz frío y mecánico. Y la agente de policía tuvo que reconocer que en ese momento Pericles ya no parecía tan simpático, ni tan inofensivo, como de costumbre.
- Pericles, si fueses orgánico te besaría - aseguró la agente, pero en vez de eso fue a Janine March a la que abrazó y besó hasta que esta empezó a protestar por señas.
- ¡No puedo respirar!
- Lo siento. No te imaginas lo preocupada que estaba, ni las ideas tan horribles que se me han pasado por la cabeza de camino. Creí... Tenía miedo de haberte perdido para siempre. Te prometo que no volveré a salir de casa sin decirte antes cuanto te quiero.
- Vaya, muchas gracias - repuso la joven, intentando mantener el tipo pero emocionada a su pesar  -. ¿Y tú qué tal te encuentras? Parece que hayas visto a un fantasma.
- Casi. He visto a la muerte cara a cara. De hecho, he estado tan cerca de ella como de ti ahora, tanto que hubiera podido tocarla si me hubiese atrevido. ¿Y sabes qué? Me ha concedido una prórroga - explicó la agente, mientras cogía a su pareja de la mano y comenzaba a tirar de ella en dirección a la casa.
- ¿Pero qué haces?
- ¿Tú qué crees?
- ¿Ahora mismo? ¿En serio?
- Si se te ocurre alguna otra forma de celebrar que estamos vivas, soy toda oídos.
- ¿Y qué pasa con todo esto? - inquirió Janine, mientras señalaba hacia los cuerpos que poco a poco se iban convirtiendo en cenizas.
- Ya se encargan Charlie y Pericles - replicó su compañera, cogiendo a la joven en brazos para ir más rápido -. ¿A qué sí, muchachos?
- Existo para servir, agente Cross - dijo la IA, con filosófica resignación.
 
(Continuará).
 
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

viernes, julio 01, 2016

La Era del Cambio /04


Una vez fuera observó que sus visitantes no había perdido el tiempo y, mientras ellos hablaban, habían desembarcado un turbocóptero de transporte modelo Escarabajo, un diseño que Hannah conocía bien, ya que era la versión civil del transporte de tropas clase Hermes. Un vehículo muy apreciado por mineros y contrabandistas gracias a su gran capacidad de carga y autonomía. En el otro lado de la balanza, el espacio disponible para la tripulación era excesivamente reducido, tal y como quedó demostrado cuando Sandor escogió tan sólo a dos de sus hombres para que les acompañasen. Aquello nivelaba un poco la balanza, y la ex-militar que había en ella empezó a sentirse un poco más satisfecha.
- Sandor, antes de seguir adelante, hay un último detalle que me gustaría dejar claro.
- ¿Sí?
- Si le pasa algo a Jane, yo mismo le mataré con mis propias manos. Y no es un insulto, ni una amenaza vacía. Es una promesa.
El hombre la escuchó con gravedad y, tras pensarlo apenas un par de segundos, respondió:
- Me parece justo.
Y echó a andar en dirección al turbocóptero. Pero al hacerlo, la pierna izquierda le falló y tuvo que apoyarse en el bastón para evitar caerse al suelo. Una expresión de dolor cruzó por su rostro y Hannah, que conocía aquellos síntomas lo suficiente como para poder reconocerlos, exclamó:
- ¡Se está muriendo!
- Es cierto - reconoció Sandor -. Y sin embargo, aun viviré más que usted si intenta jugármela, Jefe Cross - añadió este, mirando directamente a su interlocutora a los ojos mientras hablaba. Hannah le creyó. Bajo su fachada de aparente simpatía y debilidad, había algo implacable en Kirten Sandor. Y la agente no pudo evitar volver a preguntarse qué clase de energía era la que animaba a aquel hombre, hasta el punto de permitirle seguir en pie y activo cuando ya debería llevar tiempo - muchísimo tiempo - enchufado a un sistema de soporte vital.

Planeta Deneba. En vuelo sobre el Mar de Dunas.

Siguiendo las instrucciones de Hannah, el piloto enfiló hacia el lejano mar de dunas apenas hubieron despegado. Tal y como esta había sospechado, el turbocóptero tan sólo tenía capacidad para cuatro tripulantes, y eso teniendo que permanecer incómodamente cerca los unos de los otros. Al final, ella se había instalado en uno de los asientos delanteros, a la derecha del piloto, mientras que los otros dos hombres iban sentados detrás: Sandor a la izquierda y el otro escolta justo a su espalda, sin dejar de apuntarle ni un momento con su arma a través del respaldo.
- ¿Por qué es tan importante esa nave? - preguntó por fin la agente, en tono casual.
- No es la nave en sí, sino lo que contiene - replicó Sandor -. Y créame, no necesita saber nada al respecto.
- Le recuerdo que ha sido usted el que me ha implicado a la fuerza.
- Cierto. Así y todo, cuanto menos sepa, menos explicaciones tendrá que dar una vez que nos hayamos marchado - sentenció el hombre, sin mirar a Hannah de la que hablaba; y la agente supo que el hombre no le estaba diciendo la verdad o, al menos, toda la verdad.
- ¿Y para quién trabajan ustedes? Los dos sabemos perfectamente que esa nave no es suya. Tampoco son agentes de la Sinarquía. A ellos les gusta exhibirse. Está claro que tienen alguna clase de entrenamiento militar, pero ningún ejército que yo conozca mantendría en activo a alguien con un estado de salud como el suyo. Y por lo que veo, tampoco tienen acceso a la tecnología de regeneración celular. ¿Contrabandistas? ¿Mercenarios? - aventuró la agente, y al ver un tic de desagrado en el rostro de su interlocutor se apresuró a corregir -. Ah. Insurgentes.
- Las palabras no son más que etiquetas. Traidores para unos, patriotas para otros. La historia la escriben los vencedores - repuso Sandor, encogiéndose de hombros.
- ¿Y qué tiene que ver su guerra con nosotros? Aquí estamos muy lejos del frente de batalla.
- Nosotros libramos una clase de guerra diferente, Jefe Cross.
- ¿Espías?
- Ese es un término ambiguo e impreciso. Digamos que nuestra función es recoger y procesar información hasta encontrar cualquier pista, por insignificante que sea, que pueda darnos ventaja frente a la Sinarquía.
- Lo dicho: espías. Llámelo como quiera, pero no es usted más que un vulgar traficante de rumores.
- Yo prefiero el término analista de datos. Aunque a veces, no nos queda más remedio que ensuciarnos las manos, como ahora - replicó el hombre, desviando la mirada por la ventanilla del vehículo para dar a entender que daba por cerrada la conversación. Y Hannah Cross, que llevaba un buen rato preguntándose de qué clase de pasta estaba hecho aquel hombre, cayó repentinamente en la cuenta: Sandor era un fanático de la peor especie, de los que estaban convencidos de tener siempre la razón de su parte, y dispuestos a hacer lo que fuese en nombre de su Causa. Saberlo no le servía de gran cosa, pero al menos ahora estaban empatados, pensó, mientras se acomodaba en el asiento. Aun faltaban varios minutos hasta su punto de destino, y prefería reservar fuerzas para cuando llegase el momento de pasar a la acción... si es que llegaba.

Planeta Deneba. En el interior del Mar de Dunas, junto a la cordillera Unermesslich.

Al cabo de un periodo de tiempo insoportablemente largo distinguieron la lejana línea de la cordillera montañosa, sobresaliendo de la arena como si fuera la aleta dorsal de alguna clase de gigantesco animal mitológico.
- Es ahí - señaló Hannah, cuando hubo localizado las huellas del campamento minero, invisibles para cualquier ojo menos experto que el suyo. El piloto observó su tablero de instrumentos, luego a Sandor y negó con la cabeza.
- ¿Está segura?
- Si.
- Porque ahí abajo parece que no hay absolutamente nada de nada.
- Enmascaramos el lugar con mallas fantasma, para que nadie volviese a dar con él por accidente. Pero es ahí, se lo aseguro.
- Muy inteligente - alabó Sandor, mientras se inclinaba hacia la ventanilla para poder ver mejor la zona del aterrizaje forzoso. Durante un breve momento, apenas una fracción de segundo, los tres hombres se olvidaron de ella. Pero un segundo era todo lo que Hannah necesitaba. Doblando el brazo izquierdo, estrelló el codo con todas sus fuerzas contra el rostro del piloto, aplastándole el tabique nasal. El hombre estaba muerto antes de que su cuerpo cayese hacia delante, sólo sostenido en su sitio por las correas de retención. Tal y como la agente había supuesto Sandor y el otro tripulante reaccionaron de forma instintiva, abalanzándose sobre los mandos en un desesperado esfuerzo por evitar la catástrofe. En realidad, no hacía falta: el piloto automático se hizo con el control de la nave apenas esta entró en barrena, estabilizándola a unos cinco metros sobre el suelo.
Hannah aprovechó el alboroto para agarrar la muñeca armada del segundo hombre y retorcérsela hasta que el cañón dejó de apuntar en su dirección. Sandor, mientras tanto, hacia desesperados esfuerzos por soltarse de las correas y acudir en ayuda de su subordinado, aunque apenas tenía espacio para moverse con libertad mientras intentaba que no le alcanzase algún disparo perdido. En eso, un proyectil impactó contra el panel de control, provocando una explosión de humo y chispas y deshabilitando el piloto automático. El aparato inclinó el morro y comenzó a caer a plomo hacia el suelo, pero antes de que se produjese el impacto el sistema de seguridad inundó la cabina con espuma protectora a la vez que soltaba los anclajes de la misma, de manera que en el momento del choque el habitáculo salió disparado junto con sus ocupantes, rodando sobre la arena hasta detenerse a poca distancia con un último crujido metálico.

(Continuará).
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.