viernes, junio 24, 2016

La Era del Cambio /03


Planeta Deneba. Estación de seguridad del Puerto Franco.

Lo primero que le llamó la atención a Hannah Cross al llegar a la central fue la nave de superficie estacionada junto al edificio. No es que aquel tipo de naves fueran raras de ver en Deneba, pero la mayoría de ellas solían aterrizar al otro lado del Puerto Franco. En otras circunstancias su sexto sentido le hubiese avisado de que pasaba algo extraño, pero la agente todavía seguía distraída por la discusión con su pareja y no le dio más importancia al detalle. Ese fue su segundo error.
Una vez dentro se encontró a sus ayudantes rodeados por una veintena de desconocidos que habían ocupado el edificio con una precisión casi militar. Todos ellos vestían de paisano, con el típico uniforme neutro y oscuro de los navegantes civiles, pero su equipo y armamento eran de última generación, mucho mejor que el de la propia Cross y resto de las fuerzas defensivas de Deneba. Nada más verla entrar su segundo al mando se apresuró a reunirse con ella para decirle, en voz baja y mirando de reojo a su alrededor:
- Lo siento, Jefe. Llegaron hoy por la mañana temprano y nos cogieron por sorpresa. No pude avisarle porque tienen una nave en órbita que bloquea todas nuestras comunicaciones.
- ¿Algún herido?
- De momento, no. Dicen que sólo quieren hablar con quien esté al mando - contestó su ayudante, mientras señalaba hacia uno de los visitantes, un sujeto alto y delgado que se ayudaba de un bastón para poder caminar. Era difícil calcular su edad. No parecía joven, pero tampoco excesivamente anciano. De hecho, se dijo Hannah, debía de ser poco mayor que ella, pero alguna clase de enfermedad o dolencia le había consumido hasta dejarle reducido a un esqueleto recubierto por la cantidad de piel y músculo imprescindibles para seguir en pie y en activo. Pese a todo, se movía con la gracia de un bailarín, tenía una sonrisa contagiosa, y sus ojos brillaban con alguna clase de energía incontenible.
- Entiendo que usted es la persona que estamos esperando, ¿no es así? Encantado de conocerla. Mi nombre es Sandor, Kirten Sandor, y creo que han encontrado algo que me pertenece - dijo el hombre, mostrándole a Hannah una videopantalla desplegable donde se podía ver una copia de las imágenes que ella misma había enviado por mensaje codificado días antes.
- Quien quiera que sea usted, debería saber que interceptar un correo oficial es un delito grave que se castiga con penas de privación de libertad de hasta quince años.
Sandor sonrió, a la vez que hacía un vago gesto con la mano izquierda, como para quitarle importancia a sus palabras.
- Que yo sepa, aquí no estamos en territorio de la Sinarquía, y estoy seguro que podremos negociar con el gobierno local un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
- Aquí y ahora, yo soy el gobierno local. Y si no tiene los papeles en regla, no sacará nada de este planeta que no haya traído consigo. Puede que este sea un sitio pequeño y lejos de la influencia de la Sinarquía, pero también tenemos leyes - sentenció Hannah, con el tono más firme y severo que fue capaz de improvisar.
Por toda respuesta, el visitante se encogió de hombros.
- No hace falta que sea tan hostil, agente. ¿O es comisario? ¿Inspector?
- Jefe de seguridad - replicó Hannah, escueta.
- Muy bien, Jefe Cross. Deje que adivine... Ex-militar. Probablemente suboficial. Yo diría que sargento en el cuerpo de Marines. Semper fidelis, y todo eso. ¿Me equivoco?
La agente no dijo nada y al cabo de varios segundos su interlocutor se echó a reír.
- Vale, lo reconozco. He hecho trampa. Me he leído su expediente de camino - confesó Sandor, y Hannah tuvo claro que el comentario no era casual: era la forma que su visitante tenia de decirle "Te llevo ventaja. Tú no me conoces, pero yo lo sé todo sobre ti".
- Mire, Jefe, creo que hemos empezado con mal pie - siguió hablando el hombre, de la que cogía a Hannah del brazo y la animaba a pasear juntos, como si fuesen viejos amigos -. No hemos venido a causar problemas, al contrario. Esa nave transporta un cargamento muy peligroso. Y dentro de poco, gente igualmente peligrosa vendrá hasta aquí desde todos los rincones de la galaxia para ver quién se queda con el gran premio. Gente a la que no le importan las bajas secundarias ni los daños colaterales. Entonces, su pequeño e idílico planeta se convertirá en un campo de batalla, y para cuando todo acabe, Deneba seguirá siendo igual de pequeño, pero puede que ni la mitad de idílico ni habitable. Así que en cierto modo se podría decir que al llevárnoslo, les estamos haciendo un favor.
- No sabe cuánto se lo agradezco. Dejaremos lo de la entrega de las llaves de la ciudad para después de que me haya enseñado su permiso de tránsito y el resto de la documentación de la nave.
Por primera vez desde que habían empezado a hablar, Sandor pareció contrariado.
- Sabe, Jefe Cross, tengo muchos más hombres y armas que usted, por no hablar de una nave en órbita con potencia de fuego suficiente como para arrasar esta asquerosa bola de arena media docena de veces. Así que no entiendo qué es lo que pretende ganar exactamente con su actitud.
- Tiempo. Algo de lo que usted, si no me equivoco, no anda muy sobrado - replicó la agente.
- Entiendo. Me hubiera gustado no tener que recurrir a estos extremos, pero me temo que no me deja más alternativa - dijo Sandor, mientras sacaba su telcom del bolsillo y se lo tendía a Hannah -. Creo que debería atender esta llamada.
- ¿Diga? - preguntó esta, aunque en cierto modo sabía que era lo que iba a escuchar al otro lado. Su sexto sentido, ahora que ya era demasiado tarde, volvía a funcionar a pleno rendimiento.
- ¿En qué lio nos has metido ahora? - respondió la voz familiar y algo asustada de Janine March. Hannah sintió un repentino vacio en el estómago y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa más cercana para evitar que le fallasen las piernas.
- ¿Estás sola?
- No.
- ¿Cuántos son?
- Cuatro. Llegaron poco después de que tú te marchases - dijo la joven, sentada junto a la mesa de la cocina, sin dejar de observar a los cuatro individuos que la rodeaban como depredadores acechando a su presa.
- ¿Te han amenazado de alguna manera?
- No exactamente. Se limitan a estar aquí de pie, a mí alrededor, mirándome como si yo fuese el primer plato del menú. ¿Debería empezar a preocuparme?
- ¿Confías en mi?
- ¡Qué remedio! - exclamó su pareja, sarcástica y nerviosa a partes iguales.
- Te prometo que lo arreglaré todo. No dejaré que te pase nada. Lo sabes, ¿verdad? - prometió Hannah.
- Haz lo que tengas que hacer - respondió Janine. Lo cual era su nada disimulada forma de decir "No te preocupes por mí". Ya, como si fuese tan fácil, pensó Hannah al tiempo que le devolvía el telcom a su visitante.
- Muy bien. ¿Qué es exactamente lo que quiere?
- ¿Lo ve? Ahora nos entendemos. Nada de insultos, ni amenazas vacías. Eso me gusta. Colabore con nosotros y antes de que se dé cuenta nos habremos ido y podrán retomar su rutina cotidiana. Pero, antes de nada... entrégueme su arma reglamentaria, por favor. Le aseguro que no va a necesitarla - ordenó Sandor, extendiendo la mano. Hannah vaciló un par de segundos, pero había demasiados enemigos, y resistirse sólo hubiera complicado las cosas. Su mirada se cruzó con la de su ayudante, que parecía querer decirle: "Una orden suya, Jefe, y abrimos fuego", pero la agente rechazó la oferta con una mirada igualmente silenciosa y, desenfundando su arma, se la entregó al intruso.

(Continuará).

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

sábado, junio 18, 2016

La Era del Cambio /02


Nave-espía de la Insurgencia Estrella Azul, en tránsito por el espacio profundo cercano al sistema Deneba.

La nave había sido diseñada para asemejarse a uno cualquiera de los muchos cargueros de clase media que recorrían las rutas comerciales más periféricas del territorio de la Sinarquía. Sin embargo, a diferencia de estos, la mayor parte del espacio interior del Estrella Azul estaba ocupado por los sistemas de impulsión, análisis y recogida de datos, lo que dejaba muy poco margen para alojar a la tripulación con un mínimo de comodidades.
No es que aquello le importase al ocupante del camarote. Kirten Sandor era tan espartano como la misma estancia, y apenas necesitaba poco más que un armario donde guardar sus escasas pertenencias y una litera donde tenderse a dormir o escuchar música durante sus breves periodos de descanso, tal y como estaba haciendo cuando alguien llamó respetuosamente a su puerta. Al abrirse esta, pudo ver la figura familiar y algo rígida del oficial de comunicaciones de guardia.
- Señor, lamento interrumpirle, pero hemos pensado que debería ver esto - dijo el recién llegado, tendiéndole una videopantalla desplegable donde podían verse una serie de imágenes de lo que parecía ser una nave semienterrada en un entorno desértico.
- ¿Cuál es la fuente? - inquirió Sandor.
- La transmisión proviene de Deneba, un sistema cercano situado dentro de la zona de expansión colonial. Y lo más interesante es que está dirigida al oficial al mando del Departamento de Defensa de la Sinarquía en Canopus, lo cual es un eufemismo para referirse a la Inteligencia Militar terrana.
- ¿Sabemos quién es el remitente?
- La autoridad local del planeta. ¿Señor? ¿Cree que podría tratarse del vuelo 19?
- Es posible - respondió Sandor, cada vez más intrigado, sin dejar de examinar las imágenes -. Teniente, comunique con el puente y de orden de que pongamos rumbo al sistema Deneba de inmediato, así como de que se bloquee cualquier transmisión que salga del planeta desde ahora mismo, incluido este mensaje. ¿Entendido?
- Sí, señor - asintió el oficial. Pero antes de abandonar el camarote, este se dio la vuelta para añadir:
- Señor, podemos interceptar todas las transmisiones que se hagan de aquí en adelante. Sin embargo, no puedo garantizarle que alguien más, aparte de nosotros, no haya recibido o interceptado ya el mensaje.
Sandor meditó unos instantes en silencio.
- Entiendo - dijo por fin -. No importa. Haga lo que le he dicho.
- Sí, señor.
Tras quedarse a solas Sandor se incorporó, inquieto. Acercándose a la pared opuesta a la litera ordenó, en voz alta, de manera que le oyese el asistente virtual de la nave:
- Activar pantalla frontal, función espejo.
Los circuitos de transmisión integrados en la superficie de la mampara se encendieron, reflejando la imagen de Sandor en 3D. El espía era un humano alto, de complexión delgada y facciones desgastadas por el tiempo. Antaño había exhibido un físico más atlético, pero la enfermedad (y varias heridas de guerra) le habían consumido hasta dejarle reducido poco más que a una pálida sombra de sí mismo. Sus ojos estaban casi ocultos por las arrugas y los pliegues de su rostro, tan pálido y demacrado como el resto de su anatomía. Y sin embargo, sus movimientos eran ágiles y su mente aun funcionaba a pleno rendimiento, como cuando era mucho más joven. Era su cuerpo el que se empeñaba en traicionarle una y otra vez, cuando los efectos de la medicación desaparecían y los temblores, el dolor y los espasmos musculares regresaban multiplicados por diez. Con un gesto de desaliento, extrajo una nueva aguja hipodérmica del botiquín y procedió a inyectarse el contenido en el brazo, tras lo cual se recostó de nuevo en la litera y aguardó a que este hiciera su efecto.
Tiempo, pensó. Es todo lo que necesito. Sólo un poco más de tiempo. Lo suficiente como para poder retirarse con un último triunfo a sus espaldas. Y que el infierno proteja al que se interponga en mi camino.

Planeta Deneba. Hacienda March.

Esa mañana Hannah madrugó más de la cuenta, de tal forma que cuando Janine abrió los ojos la agente de policía ya estaba en pie, terminando de ajustarse el cinturón del uniforme. La chica sonrió y se desperezó sin dejar de observar a su compañera.
- ¿Qué pasa? ¿No has dormido bien?
- La verdad es que no.
- ¿Tiene algo que ver con esa nave que encontrasteis el otro día?
- En parte sí - respondió Hannah, mirando por la ventana en dirección a las lejanas montañas y al lugar en que descansaban los restos del vehículo siniestrado.
- Creí que habías dicho que llevaba mucho tiempo bajo tierra. ¿Qué daño puede hacernos ahora?
- Es una nave Lor - contestó la agente, como si eso lo explicase todo.
- ¿y?
- Siempre se me olvida que tú eres mucho más joven, pero yo luché contra los lores durante la revuelta del Milenio y no guardo muy buenos recuerdos de aquella época. Son la peor clase de enemigo que te puedas imaginar. No dan cuartel: matan y mueren matando. Según sus creencias, el universo entero les pertenece y las demás razas sólo son una abominación que debe ser exterminada de raíz. Vi lo que le hacían a los compañeros que caían en sus manos. Tuve que enterrar muchos cadáveres o, mejor dicho, lo que quedaba de ellos. Y créeme si te digo que haber encontrado esa nave no nos traerá nada más que problemas.
- Conocí algunos lores durante mi etapa como navegante espacial - comentó Janine, de la que se incorporaba, dejando que la sábana resbalase hasta su cintura. Y Hannah no tuvo muy claro si había sido un gesto casual, o una sutil forma de cambiar de tema -. Eran tipos raros. Serios, callados, introspectivos. Pero ninguno parecía especialmente agresivo, ni amenazador. Ahora que lo mencionas, nunca conocí ninguna hembra de la especie. Igual es que las mujeres no salen de su mundo natal.
- Pues yo nunca he conocido a ninguno que pensase de forma diferente a los demás. Quizás es que cuando están fuera han aprendido a disimular. O puede que los emigrantes sean una especie de quinta columna que sólo espera el momento adecuado para quitarse la máscara y apuñalarnos por la espalda. Pero el caso es que no me fio de ellos, y nunca lo haré.
- ¿Pero tú te oyes? - se rió Janine -. Pareces una paranoica. Venga, ven aquí y deja que te de un masaje en los hombros hasta que te relajes.
- Por muy tentador que suene no, gracias. Tengo el tiempo justo para llegar a la central, antes de que David se ponga nervioso y empiece a llamar pidiendo instrucciones.
- Vamos, sólo cinco minutos. Palabra.
- No insistas, por favor. De verdad que no puedo - se excusó la agente, de la que recogía su cazadora del respaldo de la silla donde la había dejado apoyada la noche anterior.
- ¿No puedes o no quieres? Antes eras mucho más divertida - se quejó la joven.
- Janine, ya hemos hablado de esto. Tenemos trabajos y horarios diferentes, y los míos no son tan flexibles como los tuyos. Pensé que lo habías entendido.
- Lo único que entiendo es que antes te servía cualquier excusa para venir a verme, y ahora ni siquiera soy capaz de que vuelvas a la cama conmigo. Se ve que una vez pasada la novedad, he perdido todo mi encanto - se quejó la joven, a la vez que volvía a cubrirse con la sábana, asumiendo su derrota.
- Estás siendo terriblemente injusta. Sabes que desde que me han ascendido tengo que soportar el doble de presión en el trabajo. Dentro de poco se abre el plazo para elaborar los presupuestos y tengo que pelearme con el Consejo de Gobierno para que dupliquen el de seguridad. Por no hablar de las reivindicaciones de la plantilla, y todas las molestias que nos está causando el nuevo sistema operativo. De verdad que estoy desbordada, y tus continuos comentarios y recriminaciones no me sirven precisamente de ayuda.
- Tranquila, lo entiendo. De hecho, creo que deberías pasarme un calendario con tus días y horas de visita, para poder organizarme mejor - bromeó la joven, para disgusto de su compañera.
- Sí, claro. Qué fácil es organizarse cuando se tiene todo el tiempo libre del mundo - replicó Hannah, hiriente, arrepintiéndose de sus palabras apenas estas hubieron salido de su boca, pero incapaz ya de retirarlas.
- Eres una imbécil. Mejor márchate, y no vuelvas hasta que estés de mejor humor - le ordenó a su vez Janine, dándole la espalda. Y la agente, que sabía reconocer cuando alguien había dicho la última palabra, abandonó la habitación con tanta rapidez que estuvo a punto de llevarse por delante a Pericles.
- Veo que alguien se ha levantado hoy con mal pie, agente Cross - dejó caer la IA, en tono casual.
- Piérdete - gruñó Hannah, y de nuevo volvió a sentirse mal por su repentino exabrupto. Después de todo, Pericles sólo era una máquina y no tenía la culpa de sus problemas personales, ni de pareja. Y  tampoco Janine, ya puestos. La joven sólo había intentado animarla, y su respuesta había sido fría, desproporcionada y algo agresiva, como si estuviera cansada de su relación y buscase una excusa para cortarla, cuando en realidad era todo lo contrario: estaba total y completamente enamorada de ella, y ya no se podía imaginar otra vida que no fuese envejeciendo a su lado. En ese caso ¿por qué no se lo había dicho? ¿Por qué le costaba tanto ser tan sincera y espontánea como su compañera? Por un momento estuvo tentada de dar media vuelta e intentar arreglar la situación, pero tenía prisa y finalmente decidió que tal vez fuese mejor esperar a la noche, a que ambas estuviesen un poco más calmadas. Poco después se arrepentiría de no haber seguido su primer impulso, sólo que para entonces ya sería demasiado tarde.

(Continuará).

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

sábado, junio 11, 2016

La Era del Cambio /01


Dedicado al amigo Pablo C., en recuerdo de aquellas interminables y emocionantes partidas al juego de rol de La guerra de las galaxías.
La Era del Cambio es la secuela de El largo camino de vuelta a casa. Ambos relatos se pueden leer por separado pero, para una mejor comprensión de la historia, es mejor saber lo que ha pasado hasta ahora. 

Introducción:

No hubo nadie presente para contemplar el final de la nave. Esta había logrado huir de sus perseguidores, aunque no sin sufrir graves daños que la obligaron a regresar al espacio real antes de tiempo, en las proximidades del sistema Deneba. Guiándose un por un primitivo radiofaro, los escasos supervivientes de la tripulación intentaron realizar un aterrizaje forzoso, pero nada más entrar en la atmósfera del planeta se vieron atrapados por una de las frecuentes (y violentas) tormentas de arena de Deneba IV. A ciegas, con la mayoría de los sistemas de a bordo fallando o enviando mensajes de error, la nave equivocó el rumbo hasta chocar con una formación rocosa cercana. El impacto devastó la ladera de la montaña, aniquilando al resto de la tripulación y sepultando el vehículo espacial bajo varias toneladas de piedra y rocas. El viento y la arena terminaron de hacer el resto, de tal manera que al cabo de un par de horas apenas quedaba huella alguna del accidente, e incluso un ojo experto hubiese tenido dificultades para percibir que algo había cambiado en el paisaje. Sin embargo, desde el interior de la nave, una baliza emitía incansable su señal de socorro, en una solicitud de ayuda que, en cualquier caso, llegaría demasiado tarde.

Planeta Deneba. En el interior del Mar de Dunas, junto a la cordillera Unermesslich.

- Llevábamos tiempo rastreando la zona en busca de nuevos yacimientos. Hace un par de días los detectores se volvieron locos. Pensamos que era una veta superficial, pero cuando empezamos a excavar nos encontramos con esto - explicó el prospector, mientras la agente (ahora Jefe de Seguridad) Hannah Cross examinaba el objeto que las máquinas habían dejado al descubierto al retirar la capa de rocas y arena que lo cubría, y que tenía todo el aspecto de ser el costado de algún tipo de aeronave o vehículo espacial enterrado ahí desde quien sabe cuánto tiempo.
- Por supuesto, en cuanto nos dimos cuenta de que podía ser algo importante pasamos el aviso a las autoridades correspondientes - añadió el hombre, solicito, aunque los dos sabían que estaba mintiendo. Un hallazgo de semejante naturaleza solía implicar el cierre de la excavación por un periodo de tiempo indeterminado, pero siempre mucho mayor de lo que estaban dispuestos a esperar la mayoría de mineros no sindicados. Lo más probable era que Kapra y su equipo se hubiesen sentido más que tentados de volver a enterrar la nave y olvidarse del tema, pero finalmente su sentido del deber había prevalecido sobre otras consideraciones. Hannah no estaba segura de que la segunda opción no hubiese sido mejor idea.
¿Qué le parece, Jefe? - inquirió Kapra, haciendo énfasis en su nuevo cargo.
- No estoy segura - le respondió, al tiempo que se acercaba a los restos para tocar con la palma de la mano la desgastada superficie metálica. ¿Qué clase de aleación podía ser aquella? No parecía de fabricación terrana y, sin embargo, había algo terriblemente familiar en su diseño. ¿Alienígena? ¿Centuriana? No sabría decirlo, pero de una cosa estaba segura: aquel no era un vehículo civil. Hannah Cross había servido el número suficiente de años en la Infantería de Marina como para poder reconocer una nave de guerra cuando la veía.
- Sea lo que sea, debe llevar aquí mucho tiempo - señaló el prospector, haciéndose eco de sus propios pensamientos -. ¿Había oído usted algo al respecto?
- No.
- Tal vez ocurrió mientras usted estaba fuera. Ya sabe, durante la guerra.
- Incluso así, un accidente semejante debería constar en los registros. No, esto es anterior, muy anterior a mi época. Puede que de la primera fase de la colonización, antes de que se fundase el Puerto Franco. ¿Podéis despejar un poco más esta zona? - solicitó Hannah, señalando hacia un punto del fuselaje donde podía vislumbrarse parte de un conjunto de símbolos coronado por un emblema similar a una espiral cruzada por una Y griega.
- Como no - aceptó Kapra, curioso, haciéndole señas a un operario para que enfocase una manguera de aire a presión sobre el área indicada.
- No reconozco ese idioma. ¿Qué es lo que pone?
- Es lenguaje de batalla - contestó la agente, mientras extraía su telcom para tomar varias instantáneas de la inscripción desde diferentes ángulos -. Más concretamente, es alfabeto lor. Esta es una nave de guerra lor. Por su tamaño, yo diría que una fragata, o un interceptor clase Tiburón.
- ¿En serio? - exclamó Kapra, sorprendido -. Pero ¿qué diablos hace aquí una nave de guerra lor? Estamos a años luz de Loria, por no hablar del espacio de la Sinarquía. Además, que yo sepa, los lores nunca se han acercado a este sistema.
- Buena pregunta.
- ¿Y qué significa, exactamente? - insistió el prospector, señalando hacia el símbolo de la espiral.
- Problemas - respondió Hannah, al tiempo que activaba su chip interno de comunicaciones para abrir un canal de video y audio con la Jefatura.
- Aquí la central de seguridad de Deneba. Dígame, Jefe - respondió casi de inmediato el familiar rostro de David. La imagen de su segundo al mando aparecía proyectada directamente en la retina de su prótesis ocular derecha.
- Sargento, voy a enviarle unas imágenes por correo encriptado. En cuanto las reciba, quiero que las reenvíe a las oficinas del Departamento de Defensa de la Sinarquía en Canopus, a nombre del Teniente Coronel Sokolov, Andrey Sokolov. Es un viejo conocido de mi periodo de servicio en los marines. Él sabrá qué hacer con este montón de chatarra. Entretanto... Kapra, ¿tenéis mallas fantasma? - inquirió la agente, volviendo su atención al prospector.
- Nosotros nunca usaríamos esa clase de tecnología ilegal, Jefe - se apresuró a responder este. Hannah se limitó a sostenerle la mirada en silencio. Al cabo de varios segundos, el hombre volvió la cabeza, mientras mascullaba entre dientes:
- Está bien, puede que tengamos un par de ellas guardadas por ahí.
- Entonces extiéndelas por encima de los restos - ordenó la agente -. Después, volved a dejarlo todo como estaba. Arena, rocas, todo. Y buscaros algún otro sitio donde seguir excavando, preferiblemente muy lejos de aquí.
- ¡Pero, Jefe! - comenzó a exclamar Kapra; sin embargo, algo en la expresión de su interlocutora le convenció de que esta hablaba completamente en serio, y de que no aceptaría un "No" por respuesta -. De acuerdo. Como ordene, pero dígame ¿a qué vienen tantas precauciones? Quiero decir, esto no es más que un montón de basura inservible, ¿no? No puede hacernos ningún daño.
- Ojalá estés en lo cierto - replicó Hannah, echando un último vistazo al emblema de la marina de guerra lor antes de encaminarse de vuelta hacia su vehículo patrulla.

(Continuará).

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
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lunes, junio 06, 2016

Los casos de Cordelia Gray, por P. D. James

En la imagen: Pippa Guard como Cordelia Gray
Hace poco he vuelto a releer las dos novelas que conforman el ciclo de Cordelia Gray, de P. D. James (1920-2014), las cuales ya había tenido ocasión de disfrutar hace años, cuando se publicaron por primera vez en España, aunque entonces no me cautivaron tanto como ahora. Quizás porque mi yo más joven también pensaba (equivocadamente) que todos los detectives privados tenían que parecerse a Humprey Bogart, y que ese no era un trabajo adecuado para una chica de 22 años.
Y sin embargo, Cordelia Gray es un personaje fascinante. Huerfana de madre e hija de un poeta y activista de izquierdas, tuvo una infancia vagabunda, pasando de familia de acogida en familia de acogida hasta que, gracias a una afortunada coincidencia, pudo disfrutar de una esmerada educación en un colegio católico, e incluso estuvo a punto de conseguir una beca para estudiar en la Universidad. Por desgracia, el regreso de su progenitor truncó esa posibilidad y Cordelia pasó los siguientes años actuando (entre otras tareas) como contacto clandestino entre su padre y los compañeros de partido de este. Tras su muerte, Cordelia acabará trabajando junto al ex-policia e investigador privado Bernie G. Pryde como secretaria, primero, y como socia en el negocio, después. Al comienzo de No apto para mujeres, Pryde acaba de suicidarse dejándole a Cordelia su arma y la agencia a modo de legado. Más adelante descubriremos que compartían alojamiento (si bien no vivian exactamente juntos) e incluso que pudo haber un breve relación sentimental entre ellos tiempo atrás, más debido a la tristeza que suscitaba Bernie que a un verdadero interés romántico por parte de Cordelia.

Las aventuras de Cordelia Gray, en castellano
James tan sólo escribió dos novelas protagonizadas por Cordelia Gray, frente a las catorce que forman el ciclo de Adam Dalgliesh (que también aparece como secundario en las de Cordelia). En la primera de ellas, No apto para mujeres (1972) la joven debe resolver el aparente suicidio del hijo de un prestigioso científico, mientras que en la segunda, La calavera bajo la piel (1982) es contratada por un aristócrata para que proteja a su esposa, una célebre actriz atemorizada por una serie de amenazadores anónimos. A través de ambos libros vamos siendo testigos de la evocución de Cordelia, al principio una chica tímida y reservada, prematuramente seria y responsable, que poco a poco va desarrollando su sentido del deber y afianzándose en su profesión pese a que en ocasiones añora la compañía y el estilo de vida de la gente de su edad, como cuando conoce a Hugo, su hermana, y el resto del grupo de amigos del difunto Mark Callender. Por desgracia, como decíamos, la autora no escribió más historias sobre Cordelia, aunque en Sabor a muerte (1986) (1) se menciona que Dalgliesh y ella han quedado para cenar, lo que sugiere alguna clase de relación - sentimental, o de amistad - entre ambos. Previamente, en 1984, se había publicado en Inglaterra Trilogy of death, una recopilación que incluye el ciclo de Cordelia Gray más la novela Sangre inocente (2), protagonizada por Philippa Palfrey, otro personaje femenino de P. D. James. A título anecdótico, Cordelia ha aparecido también como personaje invitado en el manga Detective Conan, de Gosho Aoyama.

The Cordelia Gray Television Series
En 1982 se rodó una primera adaptación televisiva de No apto para mujeres, dirigida por Christopher Petit, donde el papel de Cordelia estaba interpretado por la actriz escocesa Pippa Guard que, por aquel entonces, contaba con 34 años, doce más de los que se supone tenía el personaje en dicha novela. Ya en 1997 la investigadora privada regresaría a la pequeña pantalla en una nueva miniserie de televisión, esta vez bajo los rasgos de la bella y glamurosa Helen Baxendale, que dio vida a Cordelia en dos temporadas (de tres episodios cada una) y un par de largometrajes entre 1997 y 2001.
En España ambos libros han sido publicados en varias ocasines por Versal y Ediciones B, aunque a día de hoy se hallan prácticamente descatalogados (sobre todo el primero) y son muy difíciles de conseguir salvo en librerías de segunda mano. Por su parte, James (como decíamos) nunca mostró interés por recuperar al personaje más allá de 1982, privándonos así de disfrutar con nuevas e interesantes aventuras de Cordelia, aunque su influencia puede rastrearse en otros detectives femenínos del género, como la V.I. Warshawski de Sara Paretski o Micky Night, la detective lesbiana creada por la escritora J. M. Redmann, por poner un par de ejemplos. Se echa en falta una reedición conjunta en castellano de ambas novelas, acompañada de material extra que amplie información sobre este gran personaje y su autora, una de las Damas del Crimen por excelencia, con un talento fuera de lo común a la hora de urdir (y resolver) misterios.

En la imagen: Helen Baxendale como Cordelia Gray

Notas:

(1). Sabor a muerte / A taste for death (1986). Serie Adam Dalgliesh, nº 7.
(2). Sangre inocente / Innocent blood (1980).

Ciclo Cordelia Gray:

- No apto para mujeres / An Unsuitable Job for a Woman (1972).
- La calavera bajo la piel / The Skull Beneath the Skin (1982).

Filmografía:

- Un trabajo no apropiado para mujeres (Christopher Petit, 1982). Con Pippa Guard como Cordelia.
- Un trabajo no apropiado para mujeres TV Series:

Temporada 1 - Sacrifice (1997)
Temporada 2 - A last embrace (1998)
Temporada 3 - Living on risk (1999)
Temporada 4 - Playing God (2001)

Otras apariciones:

- Detective Conan Vol. 14 (1994).

Ediciones en castellano:

- No apto para mujeres, Ed. Versal, Barcelona (1987), Col. Crimen & Cia nº 3. ISBN: 84-86311-56-X
- También en Col. Meridianos, Versal (Barcelona).
- También en Ediciones B / VIB, Barcelona (1997), serie bolsillo. ISBN: 84-406-7107-5

- La calavera bajo la piel, Ediciones B, Barcelona (2012). ISBN: 978-84-9872-649-7