sábado, marzo 19, 2016

A propósito de la piratería y el libro digital (una reflexión)

Parecía que tras la industria musical y la cinematográfica, era el turno de la editorial de sufrir en sus carnes el azote de la piratería digital a causa de la popularización de formatos libres como el epub o el FB2, amén de los lectores de libros electrónicos, tabletas y otros dispositivos móviles susceptibles de ser usados como soporte de lectura. Y así ha sido, aunque no tanto como en los otros dos casos mencionados, debido en parte a determinadas características de la propia industria que han atenuado el golpe de momento. A saber, mientras que ver películas o escuchar música son entretenimientos con gran aceptación popular, la lectura es un placer más minoritario y, a mayor abundamiento, a muchos aficionados a la misma les cuesta pasar por el aro del formato digital, prefiriendo, en cambio, el libro original en papel de toda la vida.
Todo esto no quiere decir que el problema no exista. El ebook está ahí y ha venido para quedarse, al igual que el mp3 o el divx, por lo que a la larga a la industria editorial no le quedara más remedio que intentar adaptarse a los nuevos tiempos, al igual que ha pasado con las productoras cinematográficas o musicales. Por otro lado, basta con escribir en Google el título de cualquier libro de actualidad, añadir la palabra epub, y sentarse a repasar la lista de resultados. No pocos autores se han encontrado con la sorpresa de que su último trabajo está disponible para su descarga gratuita al día siguiente (si no antes) de salir al mercado, a veces incluso en páginas a priori poco sospechosas de fomentar la piratería (y no damos nombres por eso de no meter el dedo en el ojo).
Parte de la responsabilidad, todo hay que decirlo, la tiene la propia industria. Algunas editoriales tienen ya un amplio catálogo de libros electrónicos gratuitos o en oferta, pero otras insisten en cobrar casi lo mismo por ambos formatos (papel y digital) lo que echa para atrás a muchos lectores que, puestos a rascarse el bolsillo, prefieren el ejemplar en papel. Por no hablar de los formatos DRM (que al final sólo perjudican al cliente honrado, puesto que el pirata se los salta olímpicamente) o de estas plataformas donde pagas por leer el libro, pero no puedes descargarte una copia a tu dispositivo, con lo cual en teoría (y en la práctica) podrían, llegado el caso, bloquearte el acceso a tu biblioteca. Cada vez hay más voces que reclaman la necesidad de que exista un equivalente a Netflix o Spotify para el mercado editorial y, de hecho, iniciativas como Nubico abren un rayo de esperanza de cara al futuro y a la convivencia de ambos modelos de lectura, el tradicional y el electrónico, aunque todavía queda mucho camino por recorrer en este sentido. Si yo voy a una librería tradicional, puedo pagar en efectivo y salir con el libro bajo el brazo sin más complicaciones. En cambio, para poder descargarte un ebook, incluso gratuito, muchas veces tienes que pasar por un engorroso proceso de registro o dar tu dirección de correo electrónico. No digamos ya si es de pago, en cuyo caso ya tendrías que dar tu número de tarjeta, tener cuenta en Paypal o realizar una transferencia bancaria. Cierto que no se trata de obstáculos insalvables, pero si molestos y eso, en una sociedad como la nuestra, donde el tiempo es oro y a la gente le gustan las soluciones rápidas y sencillas, desanima a muchas personas que siguen encontrando más cómoda la descarga directa.


Pero para ser justos, la responsabilidad no es exclusiva de las editoriales. Para encauzar el problema es necesario también combatir esa convicción ingenua pero errónea de que el acceso a la cultura debe ser libre y gratuito, tan arraigada en nuestro país que incluso algunos partidos políticos la defienden sin tapujos. El español medio asume que, cuando contrata una tarifa de acceso a Internet, esta incluye el derecho a descargarse todo tipo de contenidos, ya sean protegidos o no. En caso contrario, ¿para qué la quiero? Por lo tanto, es necesario educar y mentalizar a la gente de que la cultura, como todas las actividades humanas, requiere una inversión (en tiempo, en dinero, en esfuerzo) y que el autor tiene el derecho y la aspiración de vivir (aunque sea de malvivir) de su obra. Y lo mismo vale para los editores. Publicar libros, nos guste o no, es un negocio. Hay gente que vive de ello y tiene el mismo derecho a hacerlo que el dueño de un quiosco o un taxista, por poner dos ejemplos. Es cierto que si el editor desaparece el escritor puede buscar otros canales para publicar y difundir su obra (aquí ya hemos hablado de algunos de ellos) pero ¿qué pasa si es el propio autor el que decide que no le merece la pena seguir escribiendo para que otros se beneficien del fruto de su esfuerzo y de su inspiración? Si nadie escribe, tampoco se publica, exceptuando cuatro privilegiados que pudiesen hacerlo por amor al arte. Por lo tanto, a medio y largo plazo es necesario concienciar a la gente de que se puede y se debe pagar un precio razonable por los contenidos culturales, a la vez que la industria tiene que asumir que los tiempos están cambiando, racionalizar los precios de los ebooks y dar más facilidades a los clientes virtuales para la adquisición y descarga de sus ejemplares sin que parezca que estás haciendo la declaración de la renta.
Dicho esto, hay dos casos en los cuales el autor de estas líneas comprende (y casi disculpa) este tipo de actividad irregular: uno, cuando se trata de un libro antiguo, descatalogado, y sin visos de ser reeditado en breve; y otro, cuando se trata de algún título o autor extranjero que nadie quiere publicar en castellano. En ambos casos, insisto, un servidor agradece al servicial artesano que se molesta en digitalizar (y traducir, llegado el caso) a dicha obra o autor para ponerla al alcance de otros lectores. De nuevo me dirán que hay otras soluciones, como las librerías de 2ª mano, o gigantes como Amazon que te consiguen casi cualquier libro de cualquier autor de prácticamente cualquier rincón de mundo. Y es cierto, pero no menos cierto es que cuantas más opciones mejor, y que cuando es la industria la que hace dejación de sus funciones, y renuncia a editar (o reeditar, según el caso) determinadas obras, no parece justo condenar la iniciativa personal para remediar este tipo de situaciones, aunque entiendo esta no deja de ser mi opinión personal y, como tal, muy discutible. ¿Llegará algún momento en el que el formato digital reemplace por completo al físico? El tiempo lo dirá aunque, hoy por hoy, el gran desafío de la industria es - como decíamos poco más arriba - rentabilizar el ebook sin caer en los viejos errores del pasado. Y ya se sabe que nadie como el ser humano para tropezar dos veces en la misma piedra...

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martes, marzo 08, 2016

La magia del cine dentro del cine

Truffaut, interpretándose a sí mismo
Hace poco, con motivo del aniversario del nacimiento de François Truffaut he vuelto a ver (por enésima vez) La noche americana (1973), uno de los títulos más interesantes de la ya de por sí exquisita filmografía de este gran cineasta. Y es que me encanta ese doble juego del cine dentro del cine, o la manera en que se imbrican ambas historias, la "real" y la ficción dentro de esa otra ficción que se finge realidad. Se trata este (el del cine dentro del cine) de un recurso tan clásico como el propio Hollywood, que nos ha dejado para el recuerdo títulos tan memorables como esta noche americana u otros que comentaremos a continuación, y que todavía resurge con fuerza en nuestros días, tal y como demuestra el reciente éxito de El artista (2011) del también francés Michel Hazanavicius, o la inminente Ave Cesar de los hermanos Coen.
En este sentido, otro de mis clásicos de referencia es la magistral El crepúsculo de los dioses (1950) del siempre interesante Billy Wilder, donde el autor de Con faldas y a lo loco (1959) diseccionaba de forma tan crítica como apasionante los entresijos de la industria cinematográfica ya en una época tan temprana como 1950, pero en la cual ya había empezado a apagarse la estrella de muchas viejas glorias de los primeros años del cine mudo, como esa Norma Desmond a la que da vida, de forma brillante, Gloria Swanson, a la sazón una de las Musas del Séptimo Arte, y una de las pocas que supo reciclarse ante la llegada del cine sonoro, el cual acabó con la carrera de muchos de sus compañeros de profesión, tal y como se plantea (desde una óptica más alegre y optimista) en Cantando bajo la lluvia (1952) dirigida por Stanley Donen y Gene Kelly, que también protagonizaba la cinta. Una premisa esta (la de las estrellas venidas a menos) que no deja de recordarnos asimismo a la estremecedora ¿Qué fue de Baby Jane? (1959) de Robert Aldrich, con esas dos hermanas que se odian (¿y aman?) a muerte, magistralmente interpretadas por Joan Crawford y Bette Davis las cuales, ironías del destino, se despreciaban tanto en la vida real como sus personajes de ficción, lo que no deja de redundar en beneficio de la historia.
Joe Gillis, el narrador desde el más allá
Muchas veces, este tipo de películas responden a la pasión que su autor siente por el medio, como puede ser el caso de Woody Allen en Sueños de un seductor (1972) La rosa purpura del Cairo (1985), o Un final made in Hollywood (2002); otras veces puede ser un ejercicio de autocomplaciente nostalgia, como el monumental e hipertrofiado remake de King Kong perpetrado por Peter Jackson en 2005 sobre las peripecias de un grupo de cineastas que viajan hasta la remota isla Calavera para rodar una película de aventuras y se encuentran a cambio con algo completamente inesperado; y en no pocas ocasiones adoptan la forma de sentidos homenajes al mismo mundo del cine y su gente, tal y como ocurre con Cinema Paradiso (1988); Ed Wood, el magistral biopic de Tim Burton sobre la vida y obra de este controvertido cineasta, rey de la serie B más delirante (1994); o la incomprendida El último gran héroe (1993), del tristemente desaparecido en combate John McTiernan. Capítulo aparte merece la mirada crítica de Robert Altman en El juego de Hollywood (1992), que entronca con la ya mencionada obra maestra de Billy Wilder, al igual que ocurre en Como conquistar Hollywood (1995) de Barry Sonnenfeld y su secuela del 2005, desarrolladas ambas a partir de una historia original de Elmore Leonard, donde el mundo del celuloide se entremezcla en clave de humor negro con el género policíaco. Homenaje también, pero al cine clasificado X, es la genial Boogie Nights (1997) de Paul Thomas Anderson, donde el director de Magnolia (1999) y The Master (2005) hace un recorrido sentimental por la historia del género a lo largo de la década de los setenta y ochenta a través del ascenso, caída y resurrección de una estrella del porno llamada Dirk Diggler, que ya había protagonizado uno de sus primeros cortos.
El juego (mortal) de Hollywood
Por géneros, el suspense parece ser uno de los que más se ha sentido atraído por este recurso narrativo, tal y como evidencia la saga Scream de Wes Craven y Kevin Williamson, con su serie paralela de películas en la ficción (The Stab) y ese homenaje en toda regla al cine de terror ochentero - en general - y a los clásicos del terror de la Universal - en particular - que supone la tercera entrega (2000), y que tiene a su vez como precedente títulos más añejos como El fotógrafo del pánico (1960) o la posterior El fantasma de Hollywood (1974), un remake más o menos encubierto de El fantasma de la ópera de Gastón Leroux donde la acción se traslada a unos estudios de cine abandonados en la década de los setenta. Sin olvidarnos de la inquietante Doble cuerpo (1984), a mayor gloria de Melanie Griffith y rodada con mucho oficio (y al ritmo de "Relax") por un Brian de Palma en plena efervescencia Hitchcockniana; o del homenaje que Bill Condon le dedicó al Frankenstein de James Whale (y, por extensión, al cine de terror en blanco y negro de la Universal) en Dioses y monstruos (1998); o La sombra del vampiro de Elias Merhige (2000) donde un impresionante Willen Dafoe se mete (literalmente) en la piel de Max Schreck, el actor que interpretó al Nosferatu de F. W. Murnau. Todo ello sin olvidarnos de aportaciones nacionales como Tesis (1996) de Alejandro Amenabar, o la inclasificable Angustia (1987) de Bigas Luna. Más recientemente, The Final Girls de Todd Strauss-Schulson (2015) nos cuenta las desventuras de un grupo de adolescentes de la actualidad que durante una reposición se ven atrapados dentro de un clásico del terror sangriento de los ochenta llamado Campamento sangriento, y como para sobrevivir deben identificar a la chica protagonista (esa The Final Girl a la que alude el título) y pegarse a ella para sobrevivir a esta nueva versión del filme.
¿Cuál será la chica superviviente?
El cine dentro del cine ha sido también uno de los recursos preferidos de la industria a la hora de arrancarle una sonrisa - cuando no una carcajada - al respetable. Ahí están, como muestra, títulos emblemáticos como El Guateque (Blake Edwards, 1968) a mayor gloria del cómico británico Peter Sellers; los diversos remakes de Primera Plana (Lewis Milestone, 1931; Howard Hakws, 1940; y mi preferido, el de Billy Wilder de 1974); o su versión más libre y televisiva de 1988, Interferencias, protagonizada por unos Burt Reynolds, Kathleen Turner y Christopher Reeve en su mejor momento profesional. Tampoco está de más mencionar ¡Qué ruina de función! (1992) de Peter Bodganovich, aun cuando tenga más que ver con el mundo del teatro que del cine, por lo que supone de fusión de ambos artes en un mismo formato. A mayor abundamiento, ese juego de equívocos y la forma en que la realidad se va imbricando con la ficción a medida que avanza la trama no dejan de recordarme a la antedicha película de Truffaut que, si bien no es una comedia en sentido estricto, si tiene algunos momentos francamente divertidos. De hecho, La noche americana se puede considerar casi una clase práctica de como hacer cine, o al menos un determinado tipo de cine, con situaciones tan llamativas como esa en la que el equipo de rodaje tiene que construir una falsa fachada para poder filmar una sola escena, y que resulta tanto más chocante hoy día, cuando todo se resuelve a base de efectos especiales digitales generados por ordenador. En cualquier caso, el buen hacer de Truffaut y el resto del reparto se vio recompensado con el Oscar de 1974 a la Mejor Película de Habla no Inglesa, lo que no hace sino atestiguar el interés de esta película que, como tantas otras de las que aquí hemos mencionado (y algunas más que se nos han quedado por el camino) ha resistido notablemente bien el paso del tiempo, y resultan casi de visionado obligado para cualquier apasionado del Séptimo Arte que se precie de serlo.
La magia del cine dentro del cine
 THE END