viernes, noviembre 27, 2015

James Bond en Spectra (2015)

Agitado no mezclado, Mr. Graig
Tras el éxito de Skyfall (2012), Sam Mendes ha vuelto a ponerse tras las cámaras para rodar una nueva película de la saga Bond donde intenta ofrecer un más que correcto punto y final a la etapa de Daniel Craig como el mejor agente al servicio secreto de su Majestad, pero ¿está esta Spectra a la altura de su predecesora, o de otras películas de la saga también coprotagonizadas por Ernst Stavro Blofeld y su siniestra organización criminal? Para responder a esta pregunta, veamos las luces y las sombras de esta cuarta (y posiblemente, última) entrega de la actual andadura del personaje.

Sinopsis:

Una arriesgada misión en México pone a James Bond tras la pista de una siniestra organización criminal cuyos tentáculos se extienden a través de las principales agencias de inteligencia del mundo, y liderada por un protagonista del pasado del propio agente 007.

Comentario:

En Spectra (2015) Sam Mendes y los guionistas John Logan, Neal Purvis y Robert Wade intentan sacar adelante una premisa tan sugerente como complicada: introducir a un nuevo personaje, del que no sabíamos nada hasta la fecha, y convencernos de que es el cerebro en la sombra que ha movido todos los hilos de la trama desde Casino Royale (2006) en adelante. El resultado es un tanto irregular pese a los esfuerzos de Christoph Waltz por dotar de cierto carisma a esta versión 2.0 de Ernst Stavro Blofeld, un villano clásico de la saga que ya aparecía en las novelas y relatos originales de Fleming, y que ahora resurge de sus cenizas para convertirse en la Némesis definitiva del nuevo 007. Una recuperación sorprendente, por cuanto choca con ese aire moderno y realista que Craig ha intentado darle al personaje al enfrentarle con criminales mucho más mundanos (como Le Chiffre, o Mr. White), u organizaciones como Quantum, que aquí se revela como otra fachada de Spectra. Corta un miembro... (Ah, no, que eso es de otra serie distinta). Sin embargo, frente a la deconstrucción del personaje que supusieron Casino Royale y, sobre todo, Quantum of Solace (el Bond menos Bond de toda la historia), Skyfall y Spectra suponen la vuelta definitiva a los orígenes y sirven a modo de homenaje y revisión de toda la saga (en especial, de las etapas más clásicas) aunque también es posible percibir influencias de otras franquicias recientes como la trilogía fílmica del Caballero Oscuro de Christopher Nolan cuya tercera entrega, además de poner punto y final a las aventuras del protagonista, venía a cohesionar todas las películas entre sí al recuperar personajes y tramas ya planteadas en las dos primeras. De hecho (Atención: Megaspoiler) tras derrotar a Spectra (y a Blofeld) Bond se retira del servicio activo para irse con la chica de turno (que esta vez es la definitiva) un poco en la linea de lo que hacían Christopher Bale y Anne Hathaway en El Caballero Oscuro: La leyenda renace, del 2012.

Lea Seydoux, una chica Bond con licencia para enamorar
Volviendo a Spectra, lo primero que llama la atención son los contrastes con su predecesora inmediata. De hecho, da la impresión de que el realizador ha intentado curarse en salud y, frente a las críticas que acusaban a Skyfall de ser una película demasiado lenta y de faltarle algo de ese toque de glamour característico del personaje, ha intentado echar el resto en esta nueva entrega que, pese a su desmesura (casi 148 minutos), apenas da tregua al espectador, con continuos cambios de escenario (México, Londres, Italia, Austría, Tunez, etc.) y pasando de escena de acción a escena de acción a cual más a arriesgada y espectacular. Todo ello, como decíamos, envuelto y presentado al estilo del Bond más clásico, con marcadas reminiscencias de la etapa de Roger Moore, cuando no del Connery de Diamantes para la eternidad (1971).
La escena inicial de Spectra, por ejemplo ("Los muertos están vivos") recuerda a otra similar de la película Moonraker (1979) y, de hecho, el momento en el que Craig escapa del derrumbe de un edificio aterrizando sobre un sofá, y saliendo por su propio pie e impecable, sin apenas más señal del percance que unas pocas motas de polvo en el traje, es puro Moore, cuyo Bond era un auténtico figurín capaz de sobrevivir a una explosión nuclear sin despeinarse. No es esta la única referencia asimilada que encontramos a lo largo del metraje: el asesino implacable de Spectra tiene un aire a Oddjob, la mano derecha de Goldfinger, a la vez que la pelea entre este y Daniel Graig en el tren no deja de traernos a la memoria la que protagonizaron Sean Connery y Robert Shaw en Desde Rusia con amor (1963). La clínica de la doctora Swann (Lea Seydoux) recuerda a la que tenía el propio Blofeld en Al servicio secreto de su Majestad (1969), mientras que la presentación del villano remite tanto a Operación Trueno (1965) como a su remake no canónico, Nunca digas nunca jamás (1983) donde el gran interprete sueco Max Von Sidow era el encargado de ponerle rostro al lider de Spectra. Sin olvidarnos del relato corto "Octopussy", en el que aparecían mencionados por primera vez los personajes de Franz Oberhauser y su padre Hannes, y que ya inspiró en su momento la trama de la película Octopussy (1983), nuevamente protagonizada por Roger Moore. A mayor abundamiento, el emblema de Spectra (ese pulpo con los tentáculos extendidos) es el mismo que el de la organización que dirigía Maud Adams en el antedicho filme, guionizado (entre otros) por el escritor George MacDonald Frazer (Si, el autor de las aventuras de Harry Flashman, el cobarde heroico). El repaso no estaría completo sin mencionar el Aston Martin de Sean Connery en Goldfinger (y que Graig utiliza ahora), un anacronismo imposible que Mendes nos cuela con mucha elegancia, tal y como poníamos de manifiesto en un anterior artículo dedicado a Skyfall.

Cristoph Waltz, un Blofeld para el nuevo milenio
Por lo demás, el realizador incide en poner el foco de atención en el propio Bond e ir revelándonos más detalles acerca de su vida personal, sobre todo de su infancia y juventud tras la muerte de sus padres. Algo que ya se planteaba en Skyfall pero que aquí cobra especial relevancia (Atención: más Spoilers. De nada) al descubrir la estrecha relación que hay entre Blofeld y el agente 007. Un as que Mendes se saca de la manga y que no aparece en las novelas originales de Fleming, pero que le sirve así para reforzar esa rivalidad fraternal que confronta a ambos personajes y que recuerda un poco a la anterior entrega, donde Bond y Silva parecían hermanos enfrentados que competían entre sí por conseguir el cariño (y la aprobación) de la figura materna representada por Judi Dench. A mayor abundamiento, hay continuas referencias a las películas previas de Daniel Craig como 007 que van desde pequeños detalles (como el perro de M en el apartamento de Bond) a recuperar personajes previos, ya sea en persona (Mr. White) o en fotografía (Silva, o la propia M) dentro de ese ya mencionado empeño en que Spectra sirva para cohesionar toda la saga y resolver todos los cabos que habían ido quedando pendientes a lo largo de la misma.

Conclusión:

El resultado final, como ya adelantábamos, es algo irregular. Pasan demasiadas cosas, y a veces parece que todo ocurre porque sí, sin más justificación que la mera voluntad del guionista. Se da la curiosa circunstancia de que gente que apreció Skyfall reniega de esta Spectra, mientras que otros que criticaron el anterior filme de Mendes y Craig valoran esta vuelta a las raices del personaje y la forma tan elegante que ha tenido, ambos, director e interprete, de despedir al personaje. A título personal, yo soy de los que han disfrutado con la etapa de Craig como agente 007, en general, y con estos dos´últimos filmes, en particular. Una etapa que, salvo el bache (parcial) de Quantum of Solace se puede considerar con justicia como una de las mejores, y más sólidas, de la franquicia. Y es que mientras que en ocasiones anteriores había una continuidad (cambiaba el actor, pero se entendía que el personaje era siempre el mismo) el Bond de Craig es casi un universo cerrado en si mismo, con un punto de partida (Casino Royale), un desarrollo (Quantum of Solace y Skyfall) y un desenlace (Spectra). Lo que venga detrás, será otra cosa, pero ya no será el mismo Bond, más allá de quién tenga (a partir de ahora) licencia par matar. Las apuestas ya están abiertas y se barajan nombres tan interesantes como los de Idris Elba o Tom Hardy, el nuevo Mad Max, aunque el autor de estas líneas reconoce una especial debilidad por el irlandés Michael Fassbender, que ya ha demostrado su talento para los juegos de espías en X-Men: Primera Generación (Matthew Vaughn, 2011) o Indomable (Steven Soderbergh, 2011). El tiempo dirá pero, aquí y ahora, es el momento para despedir como se merece a este Bond que, sin duda, ha hecho historia.

Otras películas de Daniel Craig como 007:


Otros artículos sobre 007 en el Zoco:

viernes, noviembre 20, 2015

La voz del océano (Una historia de Adrián Ruthven)


Hacía casi diez años desde la última vez que Adrián Ruthven había visitado a Yves Marchant y apenas recordaba el camino que conducía hasta la mansión costera del oceanólogo. A mayor abundamiento, su viejo Volvo 480 no iba equipado con GPS, por lo que ni siquiera tenía la certeza de estar siguiendo la ruta correcta, o de no haberse pasado la desviación. Cuando empezaba a valorar la posibilidad de detenerse a llamar a su anfitrión vio una silueta lejana apoyada en el muro que bordeaba el flanco derecho de la carretera. Al llegar a su altura, pudo ver que se trataba de una joven de edad indefinida, entre los quince y los veinticinco años, a cuyos pies descansaba una vieja bicicleta de paseo. Su cabello rubio, de un tono dorado, mezclado con algunas hebras del color de la paja seca, contrastaba con el tono oscuro de su piel e iba vestida con un raido jersey de lana beis de corte clásico, por encima de unos desgastados vaqueros azules que apenas alcanzaban a cubrir sus zapatillas de deporte Converse.
- ¡Disculpa! ¿Sabes si por aquí voy bien para la Mansión Marchant? - le preguntó, tras bajar la ventanilla del pasajero. Sin embargo, para el caso que le hizo la joven, lo mismo podía haber sido invisible. Molesto, Ruthven se disponía a repetir la pregunta cuando esta respondió, sin levantar apenas la mirada del suelo:
- Al doblar la próxima curva hay una desviación a la derecha. No está señalizada, así que vale más que vaya despacio y esté atento. Siga siempre el camino que le indican las rodadas y al cabo de cinco kilómetros verá la mansión. Y no circule muy rápido, o se dejará todos los bajos del coche en el primer bache. Hay socavones donde puede caerse una oveja y ser incapaz de salir sin ayuda.
Curiosamente, su voz era algo ronca y excesivamente grave para alguien de su edad (y género), aunque Ruthven no le prestó atención en su momento, preocupado como estaba por los desperfectos que el estado del terreno le podía provocar a su ya deteriorado Volvo.
- Muchas gracias - le gritó, de la que reanudaba su camino. Sólo entonces ella levantó la cabeza, observando como el vehículo se perdía en la distancia con una expresión inescrutable en su juvenil rostro. Sin embargo, sus indicaciones eran buenas. Al cabo de otros treinta minutos Ruthven pudo divisar a lo lejos la silueta de la mansión y poco después aparcaba frente a la entrada principal, donde ya le esperaba un sonriente Yves Marchant.
- ¿Qué tal? ¿Has tenido buen viaje?
- No sabría decirte. De niño me parecía que había más distancia, y el paisaje era como mucho más inquietante. Supongo que nuestra perspectiva cambia con la edad.
- Me imagino que sí, porque esto está más o menos igual desde que yo tengo memoria. Venga, acompáñame y ponte cómodo. ¿Te apetecen una copa de Oporto y un buen puro habano? - dijo su anfitrión, de la que le precedía al interior.
- Si a lo primero, no a lo segundo. No fumo, y menos habanos.
- Vamos, no me seas estirado. Es una ocasión especial, y tenemos que ponernos al día - insistió Marchant, mientras llenaba dos copas con el contenido de una botella que extrajo de un elegante mueble bar de estilo retro.
- Bonitas vistas - comentó a su vez Ruthven, señalando el enorme ventanal que presidía la estancia, prácticamente al borde del acantilado.
- Si, ¿verdad? Nunca me canso de mirarlo. Hay algo hipnótico en el sonido del mar y el movimiento de las olas. No es lo mismo que estar en cubierta, claro, pero me temo que esos días se han terminado.
- ¿Y qué tal vas de lo tuyo?
- Mal - repuso el oceanógrafo, sin cambiar de tono -. Tres, cuatro meses a lo sumo. Al menos, he tenido tiempo para poner en orden mis asuntos y darles instrucciones precisas a mis abogados. Cuando haya... cuando ya no esté, tú serás mi albacea. No te preocupes. Todo está atado y bien atado, pero quería estar seguro de que mi legado quedaba en buenas manos.
- Te agradezco la confianza, pero ¿por qué yo, precisamente? - inquirió Ruthven. Sin embargo, su interlocutor continuó hablando como si no le hubiese oído.
- ¿Sabías que en castellano el mar es una de esas palabras ambiguas que lo mismo pueden expresarse en masculino que en femenino? El mar, o la mar. Sin embargo, yo siempre he pensado en ella en términos femeninos. Y como a cualquiera de mis amantes, al principio no terminaba de tomármela demasiado en serio. Era joven, ingenuo y estúpido. ¿Te acuerdas de cuando intenté cruzar en velero el océano atlántico, siguiendo la ruta de Lindbergh?
- Vagamente.
- Claro que no, tú todavía eras un crio. Lo que no puedes saber, porque no se le conté a nadie, es que una tormenta estuvo a punto de echarme a pique. Un golpe de mar me arrastró fuera de cubierta y me encontré a oscuras, en medio del mar, rodeado de olas más altas que un rascacielos y con un chaleco salvavidas por única compañía. Te juro que vi pasar toda mi vida por delante de mis ojos. Nadé como un desesperado, a la vez que le suplicaba a gritos una segunda oportunidad. Déjame vivir, gritaba al viento, y a cambio te daré cuanto me pidas. Ella se echó a reír y me contestó: ¿Por qué debería hacerlo? Ya eres mío. ¿Qué ganaría yo con semejante trato?
Marchant hizo una pausa para echar un trago de Oporto y darle una calada a su habano antes continuar su relato.
- Si me matas ahora no sacarás nada en limpio, le dije. Tan sólo otra víctima involuntaria que se ahogará maldiciendo tu nombre con su último aliento. Pero si me perdonas, te dedicaré el resto de mi vida. Para estudiarte, para protegerte, para conocerte mejor. Y cuando llegue el momento, regresaré a ti, pero no como ahora, con las manos vacías, sino con mi legado a modo de ofrenda.
- Y supongo que ese momento ya ha llegado - intervino Ruthven, y esta vez no era una pregunta.
- Sabes, si le hubiese contado todo esto a cualquier otra persona ya se estaría riendo. O como poco, pensaría que al viejo Marchant ya le empezaban a patinar las neuronas. Por eso te he escogido a ti. Sé que has visto - y oído - cosas mucho más extrañas que esta, y que eres una persona de confianza. Como tu padre. Así y todo, lamento ponerte en semejante compromiso.
- No te preocupes - repuso su visitante.
- En fin, no tiene sentido retrasar más el momento. ¿Te importaría...? - se interrumpió el oceanógrafo, indeciso, a la vez que señalaba la puerta de la terraza.
- Después de ti.
Ambos hombres salieron al exterior. De la terraza partía una estrecha pasarela metálica que descendía hasta un embarcadero, ahora vacío y sin más señales de presencia humana que una vieja silla de playa.
- Sabes, es curioso - dijo Marchant, a la vez que empezaba a quitarse la ropa y dejarla pulcramente ordenada en el respaldo de la silla -. He escrito tres libros y Dios sabe cuántos artículos, guiones y conferencias. Me he pasado media vida en el agua o bajo ella. Perdí el oído derecho por una mala descompresión en las Bermudas, y una vez un tiburón tigre estuvo a punto de arrancarme en directo una nalga de un mordisco durante la grabación de un reportaje. Y sin embargo, ahora tengo miedo de que todo eso no haya sido suficiente. Es una amante generosa, pero muy exigente.
- Estoy seguro de que apreciará todo lo que has hecho por ella.
Su anfitrión sonrió, ahora completamente desnudo salvo por un discreto traje de baño negro. Marchant nunca había sido un tipo voluminoso, pero ahora su cuerpo parecía especialmente delgado, casi encogido, como si se estuviese consumiendo a sí mismo. Acercándose a su acompañante, le apoyó una mano en el hombro, a modo de gesto de despedida.
- Tu padre fue como un hermano para mí. Y estoy seguro de que, si pudiera verte, se sentiría orgulloso de la clase de hombre en que te has convertido.
- ¿Tú crees? Yo más bien me lo imagino meneando la cabeza y preguntándose por qué no me puedo parecer más a mi hermano James.
- James es un buen tipo, pero demasiado aburrido. Y nunca ha sabido apreciar un buen Oporto. Buena suerte, Adrián - añadió el oceanólogo, a modo de despedida, antes de arrojarse de cabeza al agua y empezar a nadar mar adentro con unas brazadas tan enérgicas como sorprendentes en alguien de su constitución física. Al cabo de un rato, su figura desapareció entre las crestas de las olas y los remolinos de espuma. Sólo entonces Ruthven se dio cuenta de que no estaba solo. La joven que se había encontrado en la carretera - y le había indicado el camino a seguir - se hallaba de pie a su lado, sin haber hecho el más mínimo gesto o sonido que anunciase su llegada.
- No pensé que llegase hasta el final. La mayoría suelen echarse atrás en el último momento - comentó ella, en tono casual, al darse cuenta de la atención de su acompañante.
- Siempre estuvo enamorado de ti - repuso Ruthven -. Supongo que para él, esto debe de haber sido lo más parecido a una liberación.
- Lo sé, y por eso le honraré igual que él ha honrado nuestro acuerdo. Mientras yo exista, él nunca desaparecerá del todo. Morará en palacios de coral, las corrientes marinas le acunarán en su seno y hasta la más humilde de mis criaturas le rendirá pleitesía. Porque yo soy la Fuente de la Vida y, al final, todo lo que alguna vez ha estado vivo termina por regresar a mí - aseveró, con aquella voz suya, a ratos femenina, a ratos masculina. Y al verla más de cerca Ruthven pudo observar que sus ojos cambiaban de color de un momento a otro, pasando del verde al azul y viceversa, como el agua del mar bajo la acción de los rayos del sol. Ella (¿él?) se dio cuenta de su escrutinio y, con una sonrisa malévola, le tendió la mano derecha a la vez que le ofrecía:
- ¿Y tú, hechicero? ¿No quieres hacer el mismo trato? ¿Acaso no te tienta la posibilidad de la vida eterna?
- Yo es que soy más de tierra firme - rechazó este, en tono cortés pero seguro -, y además, siempre me he mareado en altamar.
Su interlocutor se rio, pero la suya no era una risa alegre. Más bien era como el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados un día de tormenta.
- Tal vez en otra ocasión - concedió ella, de la que un golpe de mar sacudía la base de las rocas y una nube de espuma caía a su alrededor, cegando a Ruthven por un momento. Cuando por fin pudo recuperar la vista, estaba de nuevo solo. La misteriosa visitante había desaparecido tan silenciosa y rápidamente como había llegado, sin dejar más huella de su presencia que un ligero aroma a calone y a salitre. Allí no había nada más que ver, así que al cabo de un rato decidió irse él también. Aun le quedaba un largo viaje por delante, y faltaba poco para el anochecer.

La desaparición de Yves Marchant apenas ocupó un breve espacio en las páginas interiores de la prensa local. Dado que su enfermedad era de sobras conocida, el juez investigador dictaminó que el oceanólogo se había suicidado para ahorrarse sufrimientos innecesarios. Nunca se recuperó su cadáver, lo que no era extraño, dado la abundancia de corrientes marinas en aquella zona que lo debían de haber arrastrado mar adentro y, por otro lado, el difunto había tenido la precaución de dejarlo todo atado y bien atado desde el punto de vista legal, por lo que tras un periodo prudente de tiempo, el caso quedó archivado y relegado al olvido.
Ruthven, sin embargo, recordaba. Y siempre que podía, regresaba a la casa de la costa, donde se servía una copa de Oporto antes de sentarse en la terraza y quedarse ahí sentado mirando el mar durante horas. A veces creía percibir voces lejanas que le llamaban por encima del murmullo de las olas y el incesante vaivén de la marea.
Sólo es el viento, se decía entonces a sí mismo. El viento, y nada más.

“La voz del océano” es anterior, temporal y cronológicamente, a “Una noche en el cementerio”, “Una noche en Miskatonic” y “Los sabuesos del infierno”. La escribí hace muchos años, cuando muchos aspectos del personaje aún no estaban completamente definidos, por lo que he tenido que hacerle algunos retoques (como cambiar el modelo del coche, que en la versión original era un Saab 9000) para que encaje mejor con las historias que ya están publicadas en el blog y que son posteriores dentro de la cronología del personaje. Un par de detalles interesantes: aquí se menciona por primera vez a James, el hermano de Ruthven, que reaparecerá en una de las futuras entregas de la serie. Y la escena en la que la joven intenta “seducir” al protagonista recuerda a otra similar en “Una noche en Miskatonic”, entre Ruthven y Raj. Quizás cuando estaba escribiendo esta tenía “La noche del océano” en la cabeza, aunque fuese a un nivel inconsciente.

 © Alejandro Caveda.
(Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación).

sábado, noviembre 14, 2015

Una aproximación al cine de temática LGBT /02

Gina Hershon y Jennifer Tilly, complices y amantes
En una escena de Lazos ardientes (1996) el personaje de Corky (Gina Gershon) hace una referencia más o menos velada a la célebre serie de televisión Cagney & Lacey (1982-1988). Y es que, si bien esta no era una serie de temática abiertamente lésbica, no faltó quien en su época interpretase esta ficción policiaca y feminista en clave de ambigüedad sexual, buscando siempre un cierto doble sentido a la relación profesional (¿y personal?) entre ambas protagonistas. Una ambigüedad que aparece también presente en series posteriores como Rizzoli & Isles (2010, hasta la actualidad) o Nikki & Nora: The N&N Files (2014). Más explícitas en sus planteamientos son The L Word (2004-2009) u Orange is the new black (2013 en adelante), aunque el autor de estas líneas reconoce una cierta debilidad por la serie de la BBC3 Lip Service, ambientada en Glasgow (Escocia), y que nos dejó para el recuerdo a todo un icono de la cultura LGBT como es la fotógrafa Frankie Allan, magistralmente interpretado por la actriz anglo lituana Ruta Gedmintas (1).

Frankie Alan, genio y figura
Volviendo a Lazos ardientes, la referencia a Cagney & Lacey no es casual. En esta película de 1996 dirigida por los hermanos Wachowski (si, los mismos que se harían famosos poco después con la trilogía Matrix, y uno de los cuales cambiaría de género por el camino) la protagonista (Corky, una atractiva Gina Gershon post-Show Girls) es seducida por otra mujer (Jennifer Tilly) para que la ayude a robar al amante de esta, Caesar (Joe Pantoliano) y de paso deshacerse de él. Un argumento clásico del cine negro, que hemos visto con pequeñas variaciones en infinidad de filmes, pero que aquí presenta la novedad de que la pareja protagonista es del mismo sexo. A este respecto hay que destacar la idiosincrasia del espectador medio masculino, que se siente incómodo cuando dos hombres se cogen de la mano (no digamos ya cuando se besan) en pantalla, pero que no tiene el menor reparo cuando esa misma escena la protagonizan un par de mujeres, siendo esta de hecho una de las fantasías sexuales recurrentes entre algunos varones, lo que ha permitido que la homosexualidad femenina se haya podido tratar, tanto en el cine como en televisión, con algo más de manga ancha (aunque tampoco mucha más, a fuer de ser sinceros).

El amor es mejor que el chocolate, parece querer decir Christina Cox
Más interesante (y arriesgada en sus planteamientos) es la película sueca Fuckin Amal (1998) que explora temas como la iniciación sexual y la atracción entre personas del mismo género a través de las experiencias de dos jóvenes estudiantes adolescentes, un poco en la línea de la novela gráfica El azul es un color cálido, de la artista francesa Julie Maroh (2), que sirvió a su vez de inspiración para la película La vida de Adèle (2013) de la que hablaremos más adelante. En clave más ligera encontramos títulos como Better than chocolat (1999), una comedia romántica protagonizada por una jovencísima Christina Cox, actriz que se ha especializado en la pequeña pantalla y que no hace mucho ha sido la Nora Delaney de la antedicha Nikki & Nora: The N&N Files junto a Liz Vassey (Nikki Beaumont). Ya en 2005, Lena Headey sería la atractiva florista que encandila a una joven Piper Perabo poco antes de la boda de esta en Rosas rojas. Aunque todo se plantea con sentido del humor y mucha delicadeza, la película pone encima de la mesa un tema tan complicado como es salir del armario tras una vida de (aparente) heterosexualidad, y aunque por imperativos del guión el novio (Matthew Godee) reacciona de una forma bastante comprensiva y civilizada, uno se queda con la sospecha de que en la vida real las cosas no siempre son igual de fáciles, lo que hace que la decisión sea aun más valiente, si cabe. Más recientemente, Mark Ruffalo (3) ha sido el padre biológico que reaparecía para turbar la ¿feliz? vida de pareja de Annette Benning y Julianne Moore en Los chicos están bien, de Lisa Cholodenko (2010). Sin olvidarnos de la inclasificable D.E.B.S. (Espías en acción, 2004) donde la agente secreta Amy (Sara Foster) se siente irresistiblemente atraída por su Némesis, la supervillana Lucy Diamond (una bellísima Jordana Brewster) en una historia de marcado carácter pop que entremezcla sin tapujos el género de espías con el mundo del comic, la comedia sentimental y la ciencia ficción hasta dar como resultado un filme tan entretenido como entrañable en su desmesura.

Adèle y Emma: jóvenes, hermosas y enamoradas
Más conocida es la francesa La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), inspirada en la antedicha novela gráfica El azul es un color cálido de Julie Maroh, que cosechó en su momento un importante éxito de público y crítica, además de alzarse con la Palma de Oro del festival de Cannes de ese mismo año. No falta quien critica la crudeza de algunas de sus escenas sexuales aunque, a título personal, creo que están justificadas, ya que su razón de ser era mostrarnos el sentimiento de satisfacción de Adèle durante su primer encuentro amoroso con Emma, frente a la frustración que le habían producido sus anteriores experiencias sexuales. En cierto aspecto, es un caso parecido al de Taxi a Paris, la célebre novela de la escritora Ruth Gogoll en la que una joven ejecutiva se enamora de una atractiva prostituta de mujeres (4). Si eliminas las (abundantes) escenas de sexo tienes una historia diferente, más convencional y políticamente correcta, pero al igual que en el caso de La vida de Adèle, le faltaría algo: esa pasión y sensualidad fruto de la atracción física y del deseo mutuos, que a la postre son también parte, causa y consecuencia del amor. Algo que Vicente Aranda intuyó e intentó reflejar en Una habitación en Roma (2010), cuando hizo que sus protagonistas pasasen varios días encerradas en la habitación de un hotel amándose, explorándose mutuamente, y disfrutando la una de la otra, como si no hubiese nada ni nadie más en el mundo aparte de ellas dos.
Y es que al final, todas estas historias (y muchas otras que no hemos comentado aquí, pero que están de camino, como De chica en chica, con Jane Badler, la inolvidable Diana de V, o Freehold, protagonizada por una orgullosa recién salida del armario Elle Page) no dejan de ser historias de amor entre personas que se conocen, se enamoran y se sienten atraídas entre sí. Historias tristes o alegres, con final feliz o agridulce, abierto o cerrado, pero historias de amor al fin y al cabo. Poco importa que sus protagonistas sean chico-chica, chica-chica o chico-chico, o al menos, no debería importar. La felicidad no es una cuestión de género, y el amor es una fuerza capaz de superar la montaña más alta, o el rio más profundo, tal y como cantaban Marvin Gaye y Tammi Terrell en su tema clásico de 1967 para Tamla Records:

"Porque, cariño,
no hay montaña tan alta
ni valle tan profundo
ni rio tan grande
que me impidan llegar a ti".

Notas:
 
(1). Actualmente, la hacker Dutch Velders en la serie de televisión The Strain, inspirada en la trilogía de novelas Nocturnia, creada por Chuck Hogan y Guillermo del Toro.
(2). Publicada en España por la editorial Dib-buks.
(3). El más reciente Hulk del universo cinemático Marvel (aunque a título personal, yo soy más de Eric Bana).
(4). Si, lo sé. Ahora mismo están pensando qué diablos pinta una novela en un artículo sobre cine. ¿Qué puedo decir? Me parece una gran historia, y no entiendo que ninguna productora se haya fijado en ella para hacer una película. Tengo hasta el casting perfecto para el filme: Léa Seydoux en el papel de la atractiva (aunque atormentada) prostituta, y Noomi Rapace como su clienta enamorada. ¿Qué les parece?

domingo, noviembre 08, 2015

Una aproximación al cine de temática LGBT /01

¡Nadie es perfecto!
Hacía tiempo que acariciaba la idea de escribir un artículo en dos partes dedicado al cine de temática LGBT. No un estudio en profundidad, que lógicamente requeriría mucho más tiempo y espacio del que ahora mismo puedo dedicarle, sino un breve recorrido sentimental por algunos títulos del género que (a nivel personal) me parecen especialmente significativos por lo le han aportado a este. Siguiendo ese mismo criterio, pasaré muy por encima de otras historias tal vez no menos populares ni interesantes, pero que en su momento no me produjeron el mismo impacto que las anteriores, por lo que no es necesario que los (y las) completistas compulsivos se apresuren a señalar todas las ausencias que consideran injustificables, aunque por supuesto, si que se agradece cualquier sugerencia o aportación que venga a ampliar (y mejorar) el contenido de este artículo.
En Hollywood siempre han tenido claro que la más de las veces, el humor es el mejor vehículo para abordar en pantalla temas potencialmente conflictivos, como el que ahora nos ocupa. Desde que en 1959 Jack Lemmon y Tony Curtis se disfrazaron de chicas para huir de unos gánsteres, escondidos entre el resto de integrantes de una orquesta femenina, en el cine existe una larga tradición de varones que se han travestido por los más diversos motivos, ya sea profesionales (Dustin Hoffman en Tootsie, 1982), familiares (Robín Williams en Mrs. Doubtfire, 1993) o más personales, como el José Sacristán de Un hombre llamado Flor de Otoño (1978) o Miguel Bosé, alias Letal, en Tacones lejanos (1991) de Pedro Almodóvar, aunque sin duda el título de referencia dentro de este género-dentro-del-género sea Víctor o Victoria (1982), donde Julie Andrews es una mujer que finge ser un hombre al que le gustan otros hombres.

¿Victor, o Victoria?
Cierto es que muchos de los personajes aquí mentados son heteros, aunque el hecho de disfrazarse provoque un juego de equívocos que puede desembocar en situaciones tan hilarantes como el final de Con faldas y a lo loco ("¡Nadie es perfecto!") o los apuros de Dustin Hoffman por librarse de las atenciones sentimentales del padre de Jessica Lange, por poner un par de ejemplos. Especialmente interesante es el caso de James Garner en Víctor o Victoria, cuyo personaje realmente sufre pensando que se ha vuelto gay, ya que un gánster no puede ser un invertido, hasta que descubre que el hombre por el que se siente atraído es, en realidad, una mujer, y todo vuelve al orden natural de las cosas (como vemos, nada que ver con el Silva que interpreta Javier Bardem en Skyfall, que disfruta acariciando a un maniatado e indefenso Daniel Craig).
Ya en los noventa el director Beeban Kidron se marcó el tanto de convertir en drag queens a tres de los tipos duros oficiales del cine de acción de la época, como eran Patrick Swayze, Wesley Snipes y John Leguizamo en A Wong Foo: Gracias por todo, Julie Newmar (1995) (1), una comedia agridulce acerca de la amistad, la superación personal y el valor de la tolerancia frente a los prejuicios irracionales. Más ácida y atrevida en sus planteamientos es la australiana Las aventuras de Priscilla, Reina del desierto (1994), protagonizada por Terence Stamp, Hugo Weaving (que ya apuntaba maneras, antes de vestirse de elfo) y Guy Pierce, el cual se haría famoso poco después gracias a su papel como el detective Ed Exley en L.A. Confidential de Curtis Hanson (1997) (2). Películas todas ellas con marcado encanto, aunque a título personal, el autor de estas líneas siempre ha sentido una especial predilección por La cage aux folles, una comedia franco-italiana de 1978 en la que una pareja de maduros homosexuales tienen que comportarse como heteros para conocer a la convencional familia de la prometida de su hijo. Divertida a rabiar, existe una versión de Mike Nichols de 1996, mucho más políticamente correcta que su predecesora, aunque cuenta con el aliciente de tener a Robín Williams y Nathan Lane en el papel de la pareja gay protagonista, mientras que el actor Hank Azaria está deslumbrante como Agador Spartacus, el mayordomo y ama de llaves de los anteriores (3).
En clave de comedia se han analizado también, y en más de una ocasión, las relaciones personales entre homosexuales y heteros, como es el caso de Algo más que colegas (1982) donde el guaperas Ryan O'Neil (el Barry Lyndon de Stanley Kubrick) es un agente de la ley encubierto, el cual tiene que trabajar junto a (y convivir con) un compañero gay, brillantemente interpretado por el actor John Hurt, para detener a un asesino en serie. En 1994 el también actor y modelo Rupert Everett (4), uno de los rostros (y cuerpos) más atractivos que hemos podido ver en ambas pantallas, estableció el arquetipo definitivo del amigo gay del (o la) protagonista en La boda de mi mejor amigo (1997), que abriría las puertas a una legión de proyectos similares, como Mucho más que amigos (1998) (5) o la mítica (e irremplazable) sitcom Will & Grace (1998-2006), que terminaron de normalizar la figura del personaje gay dentro del reparto de una película o serie de TV, como es el caso de la pareja formada por Cameron y Mitchell en Modern Family (2009 en adelante) (6). Como vemos, un catálogo de lo más variado, aunque el repaso no estaría completo sin mencionar Brokeback Mountain (2005), la arriesgada apuesta del cineasta taiwanés Ang Lee acerca de dos vaqueros norteamericanos secretamente enamorados los cuales mantienen una tormentosa relación sentimental a través de varias décadas o, sobre todo, la imprescindible Un hombre soltero, del 2009, donde el británico Colin Firth da una lección magistral de interpretación como George Falconer, un maduro profesor homosexual en la conservadora Gran Bretaña de los años sesenta (7).

Colin Firth, un hombre soltero
Obviamente, tampoco han faltado las aproximaciones más crudas al tema, ya en títulos tan clásicos como El expreso de medianoche (Alan Parker, 1978) o, sobre todo, A la caza, filme de 1980 donde el agente que interpreta Al Pacino tiene que introducirse en los ambientes más sórdidos del cruising y del mundillo leather y sadomaso gay, y que en cierto modo es el precedente oscuro y realista de la antedicha Mucho más que colegas. Sin olvidarnos de Mi Idaho privado, de Gus Van Sant (1991) con unos jóvenes y atractivos River Phoenix y Keanu Reeves en la piel de dos chaperos que se ganan la vida vendiendo su cuerpo a otros hombres en las calles de Portland. Aunque si tuviera que destacar algún título por encima de los demás ese sería El hombre deseado (1994), basado en la novela gráfica homónima de Ralph König (8), en la que el siempre interesante Til Schweiger es el hombre deseado y atrapado en un curioso triángulo amoroso entre su ¿ex? novia Doro (Katja Riemann) y su nuevo compañero de piso gay, Norbert (Joachim Król). Menos radical en su planteamiento que el comic en el que se inspira, la película explora en clave de humor las siempre complejas relaciones sentimentales (y sexuales) humanas, demostrando que a la postre homos y heteros no somos tan diferentes a la hora de complicarnos la vida por la persona de la que estamos (perdidamente) enamorados.

Til Schweiger (a la derecha), el hombre deseado
Una atenta relectura del artículo nos permite comprobar que no siempre hay una correspondencia exacta entre el personaje y la orientación sexual del actor que le da vida, y así lo mismo podemos encontrarnos a heteros haciendo papeles de homosexual (como Hank Azaria) que al contrario (aquí, guardemos un respetuoso minuto de silencio en memoria del mítico Rock Hudson y tantos otros como él, que tuvieron que fingir ser algo que no eran para no ser dejados de lado por el público y la industria de Hollywood). En realidad, si de actores hablamos, el único elemento de juicio debería de ser su talento interpretativo, mientras que nadie debería de ser despreciado o encasillado por cuestiones más personales y que, al fin y al cabo, poco o nada tienen que ver con su trabajo. Hasta aquí la primera parte de este artículo, que retomaremos la próxima semana repitiendo esquema con el cine de temática lésbica.

Notas:
 
(1). A título anecdótico, Julie Newmar fue una de las actrices que encarnó a Catwoman en la serie clásica de Batman de los años 60.
(2). También hemos podido ver la situación inversa en pantalla, es decir, mujeres que se disfrazan de hombres, como Jane March en El color de la noche (1994) o Amanda Bynes en Ella es el chico (2006), por poner un par de ejemplos.
(3). Azaria es especialmente conocido en su faceta como actor de doblaje por prestar su voz a varios personajes de Los Simpson.
(4). Los artistas Claudio Villa y Ángelo Stano se inspiraron en 1986 en un joven Rupert Everett para establecer el físico del exitoso personaje italiano del comic Dylan Dog.
(5). A mayor gloria de la atractiva actriz Jennifer Aniston, la inolvidable Rachel de Friends.
(6). ¿Soy yo, o Cameron cada vez tiene más pluma?
(7). A partir de la novela del mismo título de Christopher Isherwood. A modo de curiosidad, la película es el primer filme dirigido por el también diseñador de moda Tom Ford.
(8). Para los interesados, que sepan que el comic fue publicado en su momento en España por ediciones La Cúpula.

domingo, noviembre 01, 2015

Yohana Cobo en "Arena en los bolsillos" (2006)

Los cuatro jóvenes protagonistas del filme
Arena en los bolsillos es uno de los títulos más interesantes de la ya de por sí apreciable filmografía de Yohana Cobo que, no obstante, ha tenido la mala suerte de quedar relegado a un discreto segundo plano ante el éxito mediático de Volver (Pedro Almodovar), estrenada en el mismo año 2006. Sin embargo, este filme de César Martínez Herrada no desmerece frente a la laureada obra del realizador manchego, e incluso cabe decir que se puede ver (y disfrutar) ahora con el mismo interés que hace nueve años, ya que muchos de los problemas y situaciones que expone la película continuan de rabiosa actualidad hoy día.
Haciendo un rápido resumen, Arena en los bolsillos es la historia de cuatro jóvenes adolescentes madrileños que viajan a la costa huyendo de la gran ciudad y de su entorno familiar a la vez que se van estrechando entre ellos las relaciones sentimentales y de amistad. A su paso dejarán su firma en las paredes, un graffiti que será su seña de identidad, al igual que ese puñado de arena que recogen en la playa y que da título a la historia. Nuevamente encontramos en pantalla esa metáfora del viaje como experiencia iniciática y de autorealización que, desde diferentes ópticas, hemos podido ver en filmes tan dispares entre sí como Hola, ¿estas sola? de Iciar Bollain (1995) o La carretera de John Hillcoat, basada en la novela honómina de Cormac McCarthy (autor también de la laureada No es país para viejos, del 2007).
En cierto modo, Arena en los bolsillos se enmarca dentro de un determinado tipo de cine social que reivindica los valores juveniles frente a una sociedad encorsetada y las más de las veces opresiva, representada aquí por la ciudad y el entorno familiar de los protagonistas. Salvo excepciones puntuales (como el trabajador social interpretado por Daniel Guzmán) la mayoría de los personajes adultos se nos presentan de forma negativa y apenas van más allá del mero estereotipo (el taxista machista y retrógado, los padres atareados que no comprenden a sus hijos ni tienen tiempo para ellos, los agentes que les tratan con cierta condescendencia cuando intentan denunciar su desaparición, etc.) mientras que los personajes de los cuatro protagonistas están mucho mejor desarrollados, algo a lo que no es ajena la labor interpretativa de los actores encargados de darles vida en pantalla: Yohana Cobo (Jenny), Clara Lago (Elena), Andreas Muñoz (Iván) y Nicolae Nicula (Lionel). Menos este último, todos los demás han seguido trabajando y han mantenido una presencia más o menos continuada en cine, teatro y televisión. Muñoz, por ejemplo, ha participado en el elenco de series como Los Protegidos, Cuéntame como pasó o Rescatando a Sara, entre otros proyectos. Clara Lago se ha convertido en una de las actrices de moda gracias a su papel como Amaia en Ocho apellidos vascos (2014) que repetirá en breve en su secuela Ocho apellidos catalanes. Yohana Cobo, por su parte, triunfó ese mismo año 2006 con Volver de Pedro Almodovar, que le valió un premio ex aequo a la Mejor Interpretación Femenina, compartido con el resto del reparto del filme, otorgado por el prestigioso Festival de Cine de Cannes, entrando así por la puerta grande en el prestigioso club de las chicas Almodovar. Destacar que Arena en los bolsillos, por su parte, estuvo también nominada a la Biznaga de Oro del Festival de Málaga del 2006 y les proporcionó asimismo cierta notoriedad a sus actrices protagonistas, notoriedad que se tradujo en numerosas entrevistas, artículos y portadas donde tanto Clara Lago como Yohana Cobo aparecían señaladas como dos de las interpretes con más talento y proyección de futuro de su generación.
Con posterioridad, hemos podido ver a Yohana en largos como El monstruo del pozo (2007), Canciones de amor en Lolita's Club (2007), Bullying (2009, otro filme de marcado contenido social y centrado, en esta ocasión, en el acoso escolar) o Tramontana (2009). También ha regresado a la pequeña pantalla para participar en un episodio de Los misterios de Laura o, más recientemente, un biopic sobre Carmina Ordoñez (Mediaset, 2012) donde interpretaba a una joven Lolita Flores. Sin olvidanos de su faceta como actriz de teatro en las obras El hombre del cuarto oscuro (2014) y La regla del tres (2015). Para el futuro tiene pendiente de estreno la película Marisa en los bosques, la ópera prima del realizador y dramaturgo Antonio Morales (1). Como vemos, una amplia y variada trayectoria, en la que la película que ahora nos ocupa sigue ocupando un lugar de honor. Y es que, después del de Paula en Volver, el de Jenny es con toda certeza el otro gran papel de Yohana Cobo, donde la actriz tiene la oportunidad de brillar con luz propia y ofrecer una de sus mejores interpretaciones lo cual, tratándose de alguien con tanta experiencia y talento como ella, no dejan de ser palabras mayores.


Ficha Técnica:

Título: Arena en los bolsillos (2006).
Género: Drama, adolescencia.
Director: Cesar Martínez Herrada.
Guionistas: Guillermo Cisneros, Pedro García Ríos, Enrique ortuño.
Protagonistas: Yohana Cobo, Clara Lago, Andreas Muñoz, Nicolae Nicula.
Productora: Dexiderius Producciones / Neón Producciones / Public Special Events.
Premios: Nominada a la Biznaga de Oro del Festival de Cine de Málaga 2006.

DVD:

Distribuidor : FILMAX PICTURES S.L
Número de discos: 1
Región: 2
Audio: Dolby Digital 5.1: Español. Dolby Digital 2.0: Valenciano.
Subtítulos: Inglés.
Calificación Moral: +13
Fecha de Lanzamiento: 17/04/2007
Disponiblidad: Fuera del mercado, aunque es relativamente fácil de conseguir a través de Amazon o eBay.


Para saber más:


Yohana Cobo: una retrospectiva
Yohana Cobo en Carmina: la serie
Yohana Cobo en El 7º día de Carlos Saura

(1) El crowdfunding para Marisa en los bosques ya está abierto y disponible en Verkami, y se puede acceder a él desde aquí.