miércoles, septiembre 30, 2015

Regreso a Carcosa / Anexo


Quien hayan seguido Regreso a Carcosa hasta el final pueden tener una cierta sensación de haberse perdido algo, como si a lo largo del relato hubiese referencias a una historia anterior a esta, pero que no hubiesen leído todavía. Y lo cierto es que tienen razón. Este Regreso es la secuela (o continuación) de otro relato previo, titulado Juego de Máscaras, que escribí hace varios años, y pasé definitivamente a limpio en 2013.
En dicho relato Ythill, un mercenario de pasado oscuro y habilidades sobrehumanas, era contratado para localizar a una joven desaparecida llamada Imogen. Sus investigaciones le llevaban a relacionarse con un misterioso grupo conocido como el culto del Signo Amarillo, que trabaja en secreto para restaurar la gloria perdida de Carcosa trayendo de vuelta al Rey de Amarillo, una figura legendaria del pasado remoto de la ciudad. Durante el enfrentamiento final con los cultistas Ythill descubría que Imogen había sido ejecutada por el grupo después de haber fracasado en unirse a ellos y, descontento con el rumbo que estaban tomando las cosas en la ciudad, decide alejarse de esta una temporada.
Normalmente, antes de publicar un relato de ficción en el blog siempre recurro a alguien para que le eche un vistazo y me de su visto bueno o señale cualquier fallo de estilo (o argumento) en el que considere que haya podido incurrir. No obstante, en este caso, las dos personas que lo leyeron coincidieron en señalar que Juego de Máscaras era demasiado políticamente incorrecto debido a las abundantes escenas de violencia y sexo explícito que contenía. Y, como quiera que mi intención era - y es - mantener el blog lo más abierto a todos los públicos posible, decidí autocensurarme y dejar dicha historia durmiendo el sueño de los justos en alguna carpeta olvidada de mi ordenador.
Sin embargo, la inspiración es una compañera de viaje caprichosa. Normalmente, cuando escribo un relato, en mi cabeza el argumento siempre es cerrado y autoconclusivo. Pero a veces, al releerlo con la perspectiva que da el tiempo, se me ocurre una posible secuela o vuelta de tuerca. Algo así es lo que me pasó en su momento con este Juego de Máscaras, que bebía del rico universo creado por Robert W. Chambers en su antología El rey de amarillo y otras historias.
Quien me conoce, sabe que soy un gran admirador de Chambers y su Rey de Amarillo. Fruto de esa pasión han sido un par de artículos y tres relatos cortos, incluido el que acaban de leer. Uno de los muchos atractivos de la obra de Chambers era su ambigüedad, ya que su lectura dejaba más preguntas en el aire que respuestas, lo que ha permitido que con posteridad otros escritores como Karl Edward Wagner, James Blish, Edward Morris o Nic Pizzolato, entre otros, hayan intentado ofrecer su propia versión de la historia detrás de la historias de Carcosa y el Rey de Amarillo. Sin pretender compararme con autores de tanto prestigio, yo siempre me he imaginado Carcosa como una mezcla de diferentes épocas, lugares y estilos arquitectónicos. Un lugar de paso, como la estación de tránsito de Clifford D. Simak, gobernado desde hace eones por la misma dinastía Imperial, y al que se puede acceder desde otros mundos (como el nuestro) a través de diferentes caminos, lo que ha permitido que a sus habitantes originales se hayan ido sumando, con el tiempo, visitantes de diferentes rincones del tiempo y del espacio. Dado que, como ya hemos dicho, Chambers evitó entrar en detalles, creo que mi visión es tan plausible como cualquiera de las otras, aunque no pretende sentar cátedra, sino tan sólo ser un sincero y respetuoso homenaje a este gran autor y su obra, hecho sin ánimo de lucro y por el puro placer de hacerlo. No sólo eso: el lector atento habrá podido descubrir también referencias, más o menos explícitas, al trabajo de otros escritores, como Lord Dunsany y Clark Ashton Smith. No así de H. P. Lovecraft, ya que siempre he estado en contra de la apropiación del trabajo de Chambers por parte de Derleth y otros miembros de su círculo, y no creo que el Rey de Amarillo sea una avatar de Hastur, o que el todopoderoso Cthulhu se esté echando una siesta en lo más profundo del lago de Hali. En cualquier caso, espero que hayan disfrutado tanto leyéndolo como yo escribiéndolo y, si no es así, la culpa es mía y sólo mía.
¿Y de cara al futuro? Como escribía poco antes, a veces las historias cobran vida propia. Igual que Juego de Máscaras me inspiró Regreso a Carcosa, mientras estaba escribiendo este, me parecía que aun había material para una tercera entrega. ¿Qué fue de Ythill y Camille tras el final del relato? ¿Cuál es el plan secreto del los miembros del culto del Signo Amarillo? ¿Quién es la misteriosa clon de Cassilda, y qué relación tiene con Ythill? Preguntas todas estas a las que intentaré, algún día, dar respuesta en una nueva historia. Entretanto, la ficción continua en el Zoco con las secuelas de Sunny, Una bala desde el pasado y Juegos de palabras, así como un nuevo relato de corte policíaco cuyo protagonista se enamora de otro hombre. Muy pronto, palabra.

sábado, septiembre 26, 2015

Regreso a Carcosa /04


Empezaba a anochecer cuando llegamos al lago de Hali, en las afueras de la ciudad. Un lugar que la mayoría de la gente suele rehuir, sobre todo a esas horas. Decían que estaba demasiado cerca del desierto de Yondo, y que bajo la cristalina superficie de sus aguas acechaban criaturas tan extrañas como letales, aunque un servidor nunca se había encontrado con nada ni con nadie que fuese más peligroso que yo mismo.
Nuestros invitados ya estaban allí. Había docenas, tal vez cientos de ellos (y ellas), todos diferentes, pero fácilmente reconocibles por sus tatuajes, la palidez de su piel, y esa belleza ultraterrena que les caracterizaba. Para mi sorpresa, la líder del grupo guardaba un parecido extraordinario con Cassilda, hasta el punto de que ambas hubiesen podido ser clones la una de la otra, si no hermanas gemelas, aunque la que ahora se encontraba frente a mi tenía un peinado distinto, más corto, y sus ojos eran de un inverosímil color violeta.
- Veo que nos has traído una ofrenda de paz – me susurró la hematófaga, al llegar a mi lado, mientras miraba a Camille con ojos hambrientos. Esta, temerosa, se refugió detrás de mí. Su confianza resultaba conmovedora, pero iba a tener que echar mano de todo mi poder de persuasión para que pudiéramos salir de ahí ilesos, sin un solo rasguño.
- Mi nombre es Ythill – anuncié, quitándome las gafas de sol para parecer (esperaba) aun más impresionante -. Y cualquier agravio de sangre que tengáis, lo tenéis conmigo. Yo fui el que exterminó sin piedad a todos vuestros compañeros de la Mansión Roja del primero al último, y hubiera hecho lo mismo con ella si no hubiese escapado. Así que si buscáis alguna clase de satisfacción, aquí estoy – concluí. El clon de Cassilda me observó en silencio un par de segundos antes de olfatearme de arriba abajo, como si yo fuese el primer plato del menú.
- Eres uno de los Antiguos. No pelearemos contigo. Pero ella… - añadió, señalando a Camille con el dedo índice - …nos pertenece.
- ¿Estás segura? Prueba otra vez.
Intrigada, mi interlocutora repitió la operación con la joven, que seguía temblando a mi espalda.
- Ya veo. Muy astuto – dijo por fin la hematófaga, observándome con unos ojos más fríos y turbios que las aguas del lago de Hali.
- Escuchad, no sé de qué va todo ese rollo que os traéis con el Rey y el Signo Amarillo, y la verdad es que no me importa. Carcosa es un lugar lo suficientemente grande como para que cada loco vaya a lo suyo sin molestar a los demás. Así que si me dejáis en paz, yo prometo hacer lo mismo y olvidarme de vosotros… A menos que volvías a cruzaros en mi camino, claro está.
- Él es un Rey al cual han servido Emperadores – exclamó ella, en un repentino arrebato de pasión -. El momento de su retorno se acerca y, cuando lo haga, Él restaurará la gloria perdida de Carcosa, y quienes le hayan servido con fidelidad ocuparán un lugar de honor a su lado.
Mientras hablaba, el resto de chiflados se habían inclinado en señal de respeto, y juro que casi podía ver las mayúsculas saliendo de su boca mientras recitaba su discurso.
- Sí, bueno. Yo no le debo lealtad a nadie, y quienes me conocen saben que paso de la política, pero Aldones me parece un buen gobernante y, en lo que a mí respecta, vuestro Rey de Amarillo se puede ir al carajo.
Al oír mis palabras todos ellos gritaron como una sola persona, mientras daban un paso adelante y exhibían los colmillos en gesto de desafío. Por un momento pensé que iban a abalanzarse sobre nosotros, y que me vería obligado a realizar otra masacre como la de la Mansión Roja, pero en el último momento su cabecilla logró contenerlos.
- Algún día…- me dijo, con expresión amenazadora. Suspiré.
- Llevo toda mi vida esperando a que llegue “algún día”. ¿Con quién crees que estás hablando, niña? – le pregunté, alzando la voz con mi mejor tono de desprecio -. Soy el Espectro de la Verdad. He portado la Máscara Pálida, conocí a vuestro Rey cuando no era más que otro aprendiz de brujo, estuve presente cuando le condenaron al exilio, y en mi presencia, hasta los mismos Dioses inclinan la cabeza en señal de respeto – vale, esto último era un farol más grande que jugártelo todo a doble o nada sin tener siquiera una mísera pareja entre las manos, pero funcionó. Mis palabras la sacudieron como un latigazo y pude comprobar que ahora me miraba de forma diferente, con una mezcla de temor y respeto a partes iguales. Tras retroceder un par de pasos, nos dedicó una burlona reverencia a la vez que le hacía un gesto a sus compañeros para que se alejasen. Pero antes de imitarles aún tuvo tiempo para pronunciar unas últimas palabras de despedida:
- ¡Qué lástima! – exclamó, aunque no supe muy bien a qué se refería. Nunca he acabado de entender del todo a los hematófagos. En cualquier caso, lo importante era que había ganado ese round, y que mi acompañante estaba sana y salva… al menos, por el momento.
- ¿De verdad has hecho todas esas cosas? – me preguntó por fin Camille, una vez que estuvimos a solas.
- Fue hace mucho tiempo. Y yo era otra clase de persona – respondí, de forma escueta, y ella tuvo el buen sentido de no insistir.
- ¿Y ya está? ¿Se ha acabado?
- ¡Quién sabe! En cualquier caso, nos dejarán en paz por una temporada. Algo es algo.
- ¿Y qué haremos ahora?
Esa era otra buena pregunta, aunque en esta ocasión no era yo quién debía responderla.
- Depende. ¿Qué te gustaría hacer? Me refiero, si no te hubieses tropezado con el culto, y pudieras hacer con tu vida lo que realmente te de la gana, ¿qué sería?
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- Pues… no estoy segura. Supongo que me gustaría irme de aquí. Viajar, descubrir otros lugares, ver mundo, conocer gente, leer y tal vez, algún día, enamorarme – me respondió, bajando el tono de voz a medida que hablaba y desviaba la mirada en señal de timidez. Podía entenderla. Carcosa tiene mala reputación, aunque yo siempre he pensado que, como cualquier otra ciudad, es tan buena o mala como la gente que vive en ella.
- Eso puede arreglarse. Me refiero a lo de viajar y conocer mundo. Lo de enamorarte ya es asunto tuyo – me apresuré a explicar, ante la expresión incrédula de Camille. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, podía permitírmelo y, quién sabe, tal vez salvar un alma descarriada ayudase a equilibrar un poco el karma a mi favor. Y si no, pues tampoco haría daño.
Ates de que pudiese darme cuenta, la chica estaba gritando de alegría y abrazándose a mí como una lamprea. Presa de una incómoda sensación de embarazo intenté separarme de ella a la vez que le decía, lo más amablemente posible:
- No te equivoques, lo cierto es que ya estoy acostumbrado a vivir solo, y no sabía cómo sacarte de mi apartamento sin que pareciese que te estaba echando a la calle.
- ¡No te creo! – me replicó una sonriente Camille -. Te encanta hacerte el duro, pero en el fondo eres un sentimental.
¡Vaya con la niñata! Por un momento me sentí tentado de arrojarla de cabeza al agua, sólo para refrescarle las ideas, pero después pensé: ¡Qué diablos! Hacia una noche preciosa y su alegría era, hasta cierto punto, contagiosa, así que en vez de eso le ofrecí mi brazo para pasear juntos a lo largo de la orilla del lago camino de vuelta a Carcosa, ese lugar mágico donde estrellas negras brillan en los cielos y cualquier cosa es posible cuando te aventuras entre sus estrechos y tortuosos callejones, incluso encontrarte a ti mismo o, al menos, a una parte de ti que creías perdida para siempre.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

viernes, septiembre 18, 2015

Regreso a Carcosa /03


Tras los primeros temblores Camille cayó en un profundo coma sólo interrumpido por ocasionales gemidos y el movimiento frenético de sus pupilas bajo los párpados. Pero yo sabía que aquella calma era aparente. Bajo la piel, su metabolismo estaba trabajando a marchas forzadas para adaptarse a sus nuevas necesidades, a medida que mi ADN iba recodificando el suyo a nivel celular. Todo aquello suponía una cantidad ingente de energía, y ella estaba en las últimas, por lo que tendría que proporcionarle mucho líquido y proteínas a fin de evitar que su cuerpo se consumiese a sí mismo. Más dinero, más trabajo, más molestias. Y todo por no haber seguido la ruta más directa de vuelta a casa.
Mientras terminaba de vaciar la nevera y la alacena no pude evitar preguntarme si estaba haciendo lo correcto, y por los motivos correctos. Soy viejo, increíblemente viejo, y llevo sólo más tiempo de lo que me gusta recordar. Tanto, que a veces pienso que, si sigo vivo, es porque hasta la propia muerte se ha olvidado de mí. Pero si todo salía bien, Camille sería sangre de mi sangre: lo más parecido a una familia que puede que tenga jamás. Tan sólo esperaba que nunca me lo echase en cara.
Afuera ya era noche cerrada, aunque conceptos como “noche” y “día” son terriblemente confusos en Carcosa, y tienden a despistar a los recién llegados. Pero yo sabía que aun faltaban varias horas para saber si Camille saldría adelante o, por el contrario, si la había condenado a una muerte aun más horrible que la peor de las adicciones, así que me acomodé de nuevo en la mecedora para cerrar los ojos y descansar un rato. No es que lo necesite, pero a veces me gusta fingir que todavía soy humano.

Cuando salí de mi letargo, ella ya estaba despierta y en pie, observando la realidad a través de sus nuevas pupilas. Lo noté en su forma de moverse y de estudiar su propia mano, como si nunca la hubiese visto.
- ¿Qué tal?
- Alucinante. ¿Siempre es así?
- Más o menos. Ya te acostumbrarás.
- ¿Y podré hacer todo lo que haces tú?
- Con el tiempo y algo de práctica, sí.
- ¿Incluso lo de matar a tanta gente con las manos desnudas?
- Sabe, señorita, vamos a tener que trabajar mucho para pulir esa actitud – le repliqué, bajándola de la cama antes de que empezase a trepar por las paredes, o se le ocurriese salir reptando por la claraboya -. Recuerda que ya no estás con tus colegas del Signo Amarillo. Nosotros somos diferentes. Más responsables. Y a propósito de eso ¿tienes alguna forma de contactar con ellos?
- Si. ¿Por?
- Porque ese es un cabo suelto que tenemos que solucionar cuanto antes, a menos que quieras tener que pasarte el resto de tu vida vigilando tu espalda – repuse -. Pero antes deberías darte una ducha. Y tenemos que buscar algo que ponerte, porque salir así vestida a la calle es poco menos que salir desnuda.

Por suerte, encontramos una boutique de ropa vintage a la vuelta de la esquina. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando la encargada apareció, acompañada de varias solícitas dependientas, para encargarse de Camille. La cosa iba para rato, por lo que me recosté en un sillón dispuesto a esperar lo que hiciese falta. Casi una hora después mi acompañante reapareció, completamente transformada. Se había deshecho de su vieja indumentaria, y ahora lucía un vestido largo y muy ajustado, de influencia oriental y corte asimétrico, en combinación con unas botas de piel de media caña y una cazadora de cuero negro estilo militar. De paso, habían aprovechado para arreglarle el pelo e incluso hacerle una manicura completa.
- ¿Qué tal estoy? – me preguntó, con esa timidez característica suya.
- Ahora sí que pareces una princesa – le respondí, y era sincero. A la salida, la encargada se acercó a ella para regalarle un pañuelo a juego con el vestido, a la vez que le decía, en tono afectuoso:
- Debería deshacerse de esos tatuajes, querida. Son terriblemente inadecuados para una jovencita tan elegante como usted.
Camille enrojeció y no dijo nada, pero una vez en el exterior se acercó a mí para susurrarme al oído:
- En su momento…
- …Parecía una buena idea, sí. Lo sé. Todos hemos hecho alguna locura por el estilo – repliqué, arrancándole una sonrisa de agradecimiento tan sincera y hermosa que hubiese podido conmover a alguien menos curtido que yo. Aun era temprano para acudir al lugar de la cita, por lo que nos sentamos en la terraza de un viejo café a tomar una bandeja de brownies de chocolate blanco acompañados de una jarra de limonada fresca. Qué diablos, incluso los condenados a muerte tenían derecho a una última comida decente, ¿no?

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

viernes, septiembre 11, 2015

Regreso a Carcosa /02



Cuando la conocí Camille ya tenía una complexión delgada y algo frágil, pero ahora había quedado reducida casi a la mínima expresión. Pesaba tan poco que apenas era consciente de llevarla a cuestas, como si hasta sus huesos estuviesen hechos de un material más ligero que el aire.
Ya en mi ático la deposité en la cama después de quitarle el abrigo. Debajo tan solo llevaba un viejo vestido tan corto y desgarrado que apenas cubría una cuarta parte de su cuerpo, totalmente recubierto de arañazos y moratones, desde la cara hasta la planta de los pies. No parecía haberle ido muy bien, y me pregunté que habría hecho para que sus antiguos camaradas la estuviesen acosando como a una fiera salvaje.
Al notar la suave blandura del colchón bajo ella Camille se encogió sobre sí misma, recostándose de medio lado a la vez que se abrazaba a la almohada, pasando de la inconsciencia al sueño casi sin darse cuenta. Apenas respiraba, aunque de vez en cuando su cuerpo se agitaba de forma espasmódica, como sacudido por una corriente eléctrica. Supuse que se trataba de algún efecto secundario del síndrome de abstinencia. Una de las pocas cosas que sabía de ella era que estaba enganchada a las pastillas (entre otras drogas de diseño) y debía de haber pasado mucho tiempo desde su última dosis.
Intenté no hacer mucho ruido mientras preparaba el desayuno. Mi ático es un espacio único, bajo cubierta, y sin tabiques o separaciones de ninguna clase, excepto en el cuarto de baño. Yo ya estoy acostumbrado, aunque las escasas visitas que recibo lo consideran intimidante. Después de mucho rebuscar por estantes y alacenas, pude improvisar unas tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, un par de rodajas de bizcocho de naranja y unos huevos revueltos con bacón, acompañadas de un vaso de zumo y una jarra de té azucarado.
Dejé la bandeja a su lado, en la cama. El olor a té recién hecho debió reanimarla, porque al cabo de varios segundos abrió los ojos y alargó tímidamente una mano para coger uno de los trozos de bizcocho, todo ello sin dejar de mirarme. No quería asustarla más de la cuenta, así que me quedé sentado en mi mecedora, contemplando el cielo sobre Carcosa a través de la claraboya del techo. Comió y bebió como si llevase varios días en ayunas, lo cual, por lo que yo sabía, bien podía ser cierto. Al terminar se envolvió con la sábana y me preguntó, con voz nerviosa:
- ¿Vas a matarme?
- ¿Y privarle a tus amigos del placer? Sería muy desconsiderado por mi parte, ¿no te parece?
- Ya no son mis amigos.
- Si, no he podido evitar darme cuenta. ¿Qué ha pasado? ¿Problemas en el paraíso?
- Es culpa tuya – me acusó, con los ojos brillantes de lágrimas -. Al ser la única superviviente, creen que les traicioné, o que estoy compinchada contigo. Así que he pasado de ser una candidata para ingresar en la Orden a convertirme en un sacrificio de sangre.
- ¿A qué no es tan divertido cuando te pasa a ti? – le pregunté, aunque me arrepentí casi de inmediato. Mi comentario no solucionaba nada, y era innecesariamente cruel -. ¿En serio crees que tu vida habría sido mejor de convertirte en otro hematófago descerebrado?
- Al menos, sería mejor que esto – respondió, encogiéndose de hombros -. ¿Me ayudarás?
Esa era una buena pregunta. Después de todo, yo era el que había masacrado – en defensa propia, pero masacrado al fin y al cabo – a todos sus amigos, Cassilda incluida. Y en aquel momento también la hubiese matado a ella sin dudarlo. Sin embargo, ahora las cosas habían cambiado. No creo en el destino, pero que de todas las personas del mundo Camille hubiese acabado cayendo a mis pies en busca de ayuda me parecía más que casual. Tal vez aquella era la forma que el universo tenía de ayudarme a equilibrar la balanza, aliviando mi conciencia. Además, no recoges a un gato callejero para volver a abandonarlo al cabo de un par de días. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen.
- Ya veremos – respondí, sin comprometerme.
- Hay otro problema – añadió ella, al cabo de varios segundos, y no me costó mucho darme cuenta de lo que quería decir. Bastaba con ver su mirada ansiosa y la forma en que se retorcía las manos. Era una adicta al borde de la fase más aguda del mono, y sólo era cuestión de tiempo que empezase a sudar, romper cosas y morderse las uñas hasta el hueso.
- Está bien – acepté, de la que me ponía en pie y recogía mi cazadora -. Volveré enseguida. Entretanto, quédate aquí tranquila y no le abras la puerta a nadie, ¿entendido?
Camille asintió entusiastamente con la cabeza, sin dejar de cubrirse con la sábana como una virgen tímida, lo cual contrastaba con su actitud en la Mansión Roja, cuando Cassilda y ella habían intentado provocarme besándose medio desnudas. Claro que aquello podía haber sido un efecto secundario de las drogas, qué sé yo.

De vuelta en la calle eché a caminar en dirección al casco antiguo, donde se concentraban la mayoría de droguerías y boticas de la ciudad. Sin embargo, a medida que me acercaba las dudas iban minando mi resolución. Podía comprarle una dosis, y después ¿qué? En cuanto se le pasase el efecto, la ansiedad regresaría multiplicada por diez. Sería como arrojarle un guisante a un león hambriento: nunca estaría satisfecho, a menos que diese con algo más fuerte. Así que finalmente opté por comprar una jeringa hipodérmica esterilizada. Si todo iba bien, esperaba no tener que usarla más de una vez.
De regreso a mi domicilio entré en el cuarto de baño antes de que ella pudiese decir nada y, arremangándome la camisa, rellené el contenido de la jeringa con mi sangre, tras lo cual salí de nuevo para enfrentarme a mi huésped.
- Escucha, esto es mejor que nada que hayas tomado antes – le expliqué, mostrando la inyección -. Una sola dosis y no volverás a necesitar ninguna otra droga. De hecho, te sentirás mejor que nunca. Más fuerte, más rápida, más lúcida. Sólo tienes que hacer la prueba.
En realidad, no necesitaba insistir. Ningún adicto es capaz de resistirse a probar algo nuevo, así que Camille prácticamente me arrebató la jeringa de las manos mientras hablaba. Con una habilidad fruto de la experiencia se ajustó uno de mis cinturones al brazo y, tras localizar la vena, insertó la aguja y empujó el embolo hasta inyectarse todo el contenido. Acto seguido se recostó en la cama, con un suspiro, mientras esperaba a que la sustancia hiciese su efecto. Poco después sus ojos se desorbitaron al tiempo que su cuerpo comenzaba a sacudirse espasmódicamente.
- Puede que se me haya olvidado añadir que dolería como el infierno – expliqué, de forma innecesaria, mientras me sentaba en la mecedora. Iba a ser una noche muy larga.

(Continuará...).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

sábado, septiembre 05, 2015

Regreso a Carcosa /01



  
Después del asunto de Imogen y mi encontronazo con los hematófagos decidí irme una temporada de Carcosa. Para cambiar de aires, me dije, aunque en el fondo la realidad era que todavía me atormentaba el recuerdo de Cassilda y de los escasos (pero apasionados) momentos que habíamos pasado juntos, así que me embarqué en un peregrinaje por diversos rincones del Imperio hasta acabar refugiado en Beethmora, donde permanecí un par de semanas disfrutando del vino local y de sus hermosas mujeres. Sin embargo, nada de todo aquello sirvió para alejar al fantasma de Cassilda, ni el recuerdo de sus besos.
Dicen que el tiempo todo lo cura o, al menos, te acostumbras a convivir con el dolor. Finalmente regresé a Carcosa. Podía ser un asco de ciudad, pero era mi ciudad, y añoraba pasear por sus calles empedradas bajo la sombra de edificios de diseño alienígena, mientras en el cielo brillaban Aldebarán y las Hiadas.
Una de las cosas que me atraen de Carcosa es que da igual que te ausentes un mes que un siglo: a la vuelta todo sigue igual, incluso sus gentes, aunque en los últimos tiempos el número de turistas parecía haber aumentado y cada vez se veían más caras nuevas. Tras instalarme de nuevo en mi modesto ático de la zona alta de la ciudad decidí salir a dar un paseo. Un amigo inauguraba una nueva taberna cerca del barrio de los artesanos, y nunca rechazo una copa cuando es gratis.
El local tenía su encanto y el ambiente era agradable. Cuando iba por el tercer chupito de absenta ya había empezado a animarme e intercambiar insinuantes miradas con una chica de largos cabellos negros que cubría su desnudez con un sofisticado maquillaje corporal. Poco después nos besábamos en uno de los rincones más oscuros de la taberna, ciegos a todo lo demás que ocurría a nuestro alrededor.
Pasaban varios minutos de la medianoche cuando por fin decidí retirarme a mi domicilio. Hacía una noche preciosa y estrellas negras brillaban en un cielo completamente despejado, por lo que me animé a pasear un poco y dar un rodeo mientras me despejaba. Y así, de una manera tan tonta, alteré el curso de mi destino. Al doblar por un callejón estrecho y solitario una figura surgió de la nada y chocó conmigo con tanta fuerza que rebotó y cayó al suelo a mis pies, hecha un guiñapo. Ella me miró y apenas llegué a tener un atisbo de unos enormes ojos azules en medio de una maraña de cabellos rubios antes de que me suplicase:
- ¡Ayúdame, por favor!
El motivo de su pánico se hizo evidente poco después, cuando otras cinco figuras aparecieron a la carrera desde el otro extremo del callejón. Al acercarse pude ver que eran miembros de la misma secta del Signo Amarillo a los que me había enfrentado en la Mansión Roja, el día de la muerte de Cassilda. Los reconocí por la palidez de su piel, así como por los tatuajes que recubrían la misma, incluido el signo de marras.
Ellos también se detuvieron al verme. Probablemente no esperaban encontrarse con nadie más por ahí, y menos a esas horas, aunque Carcosa nunca duerme. Sin embargo, mi aspecto no debió de impresionarles demasiado, porque en seguida se acercaron a nosotros con aire relajado y una sonrisa insolente pintada en sus rostros.
- Será mejor que sigas tu camino – me dijo el que parecía ser el líder, un tipo alto con la cabeza rapada y repleta de tatuajes. Y no era un mal consejo, pero el caso es que ya me habían pedido ayuda, y yo soy de esa clase de idiotas que atienden las peticiones por orden de llegada.
- Es curioso. Yo iba a decirte lo mismo – repliqué, para regocijo de mi interlocutor.
- Mira por donde, esta noche tenemos un dos por uno para cenar – dijo este, hablando con sus compañeros. El chiste debió de hacerles mucha gracia, porque estrecharon el círculo a nuestro alrededor mientras descubrían sus colmillos. Ahí fue donde su jefe cometió un error, al acercarse demasiado y apoyarme la mano en el hombro en un gesto de burlona confianza que yo aproveché para arrancarle el brazo de un tirón y golpearle con él en la cara, como si fuese un bate de beisbol. Hubo un siniestro crujido de vertebras y su cuerpo rodó sobre el empedrado hasta chocar con el borde de un edificio. Por un momento esperé que con eso bastase, pero otro de los cultistas decidió probar suerte abalanzándose sobre mí con la rapidez de un rayo. Sin embargo, para mí era como si se moviese a cámara lenta. Sólo tuve que apartarme a un lado y extender el brazo para que chocase contra él y se derrumbase al suelo, donde le pateé la cabeza hasta aplastársela. Ahora sí, los tres supervivientes dieron media vuelta y salieron volando – más que corriendo – tras intercambiar una rápida mirada de comprensión.
Les dejé irse. Después de todo, no eran mi problema. En su lugar, volví mi atención a la figura que seguía en el suelo, a mis pies, y que había permanecido en silencio durante todo el encuentro. Iba descalza y llevaba puesto un viejo abrigo negro de piel forrado de terciopelo. Al apartarle el pelo de la cara descubrí el rostro familiar y asustado de Camille, y ella me vio claramente por primera vez, y al verme me reconoció y se desmayó.
- ¿Qué te parece? – musité, más para mí que otra cosa, aunque en realidad yo estaba tan sorprendido como ella. Camille estaba con Cassilda en la Mansión Roja el día en que los acólitos del Rey me habían tendido una emboscada y me había visto obligado a exterminar a toda aquella cábala de fanáticos, ellas dos incluidas. O al menos, eso me había parecido en su momento, aunque ahora que lo pensaba con calma, no recordaba haberme encargado de ella en particular. ¿Había logrado huir? Y si era así, ¿qué hacia ahora convertida en una fugitiva y perseguida por sus antiguos compañeros? No es que tuviese un interés especial en saberlo, pero tampoco podía irme y dejarla ahí tirada, así que la cogí en brazos y retomé el camino de vuelta a casa.

(Continuará...).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.