sábado, enero 24, 2015

Una bala desde el pasado /03

Al día siguiente intenté seguir con mi vida como si tal cosa. Me levanté, y después de desayunar me desplacé hasta las oficinas de la Mutua para ponerme al día con el trabajo. Al mediodía bajé a comer con varios compañeros y estuvimos charlando de deportes, política y otras cosas intrascendentes. Pero por más que lo intenté no pude dejar de pensar en los sucesos de la víspera, y en las palabras de Adriana Vega: "Olenbeck amenaza con chantajearme y, de repente, muere asesinado. Demasiada coincidencia". Demasiada coincidencia, en efecto. Sin embargo, ¿qué podía hacer yo? Jugaba fuera de liga y mi propia situación era demasiado comprometida, con la policía investigando mis movimientos y dispuesta a cargarme el muerto a la primera de cambio. Sin embargo, sabía que el asunto se encontraba lejos de estar resuelto, y tenía la firme sospecha que el destino aun no había dicho su última palabra. El destino o Adriana Vega que, en cierto modo, venía a ser lo mismo.
De camino a casa seguía dándole vueltas al asunto en mi cabeza. Estaba distraído, pero no tanto como para no darme cuenta de que algo iba mal apenas abrí la puerta. Yo siempre cierro con doble vuelta, y nunca dejo luces ni música encendidas cuando me ausento de mi domicilio. En circunstancias normales habría llamado a la policía. O, si esto fuese una película americana, me hubiese sacado una automática del bolsillo. Pero esto no era Los Ángeles, sino Oviedo, y lo más parecido a un arma que tenía a mano era el perchero o un paraguas plegable, así que seguí adelante, no sin asegurarme de que tenía el móvil encendido, por si acaso. La música ("Sinnerman", de Clara Luzia) provenía de mi estudio, pero la luz que estaba encendida era la del dormitorio.
¿Nunca han tenido ese sueño en el que llegan a su casa y se encuentran a una bella mujer esperándoles desnuda en la cama? Pues Adriana Vega no estaba completamente desnuda, pero casi. Se hallaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi vestidor, observando su reflejo sobre el cristal con un escueto conjunto de ropa interior color canela por única indumentaria. Gracias a eso pude comprobar que, además del tatuaje original, había encontrado tiempo para añadirse un par más: un haiku japonés en la nuca, justo debajo de la línea de nacimiento del pelo, y una lluvia de estrellas en el empeine del pie derecho. Ambos muy discretos y, a la vez, terriblemente provocadores. Recuerdo que en aquel momento pensé que se parecía a la Venus de Botticelli, surgiendo de la espuma del mar: inocente, sensual y, sobre todo, perfecta.
- Veo que se las ha arreglado para encontrar el camino hasta aquí - comenté, una vez hube recuperado la voz, o al menos algo remotamente parecido.
- Ventajas de estar al mando, supongo - respondió, con descaro, sin dejar de examinarse de frente y de perfil, mientras sus manos acariciaban su cuerpo como si tuviesen vida propia.
- Ya veo. ¿Sería muy indiscreto preguntar cómo ha entrado?
- Para nada. He usado el juego de llaves que le dejaste al portero.
- Ah. ¿Y él se las ha dado así, sin más?
- No. He tenido que lloriquearle un poco y decirle que era tu hermanita pequeña del pueblo, que había venido a hacerte una visita imprevista.
- ¿Y se lo ha tragado?
- Pues no. Pero entonces le he dado un billete de 500 euros, me ha sonreído y ha dicho: "Encantado de conocerla, señorita Cruz". Y me ha abierto la puerta.
- Tendré que hablar seriamente con él durante la próxima reunión de vecinos. Observo que, entretanto, ha aprovechado para ponerse cómoda.
- Sentía curiosidad. Ya sabes que una casa dice mucho de la persona que vive en ella. Además, quería ponerme en el lugar de tu... amiga - dijo, haciendo el énfasis necesario en la palabra para que esta sonase despectiva -. Quería saber qué es lo que se siente al estar aquí día tras día. Contigo. Durmiendo a tu lado. Como una pareja normal y corriente, quiero decir.
- Entiendo. Perdone que insista con las preguntas, pero ¿el conjunto que lleva puesto es suyo?
- No. Ya te lo he dicho. Necesitaba saber qué es lo que ves en ella - añadió, mientras se ajustaba los tirantes del sujetador con los pulgares -. No está mal. Vulgar, pero caro. ¿Sabes que usamos casi la misma talla? Aunque me da la impresión de que ella tiene un poco más de pecho. ¿Es así como te gustan? ¿Vulgares, caras y exuberantes? Porque yo también puedo serlo. Puedo ser cualquier cosa que tú quieras - me susurró, caminando en mi dirección con movimientos felinos y un brillo depredador en la mirada.
- Señorita Vega, esto es terriblemente inapropiado. Creo que debería vestirse para que pudiésemos hablar con más calma - dije. Y sí, hasta yo era consciente de lo estúpidas que sonaban mis palabras, incluso antes de que salieran de mi boca.
- ¿A qué diablos viene eso de tratarme de usted a todas horas? Somos viejos amigos. Tú me conoces mejor que nadie, y yo sé que es lo que realmente te pone. Vamos, los dos sabemos que lo estás deseando - afirmó, con voz entrecortada, a la vez que intentaba desabrocharme el cinturón. Y era cierto. Lo estaba deseando, más que nada en el mundo, aunque también sabía que nada bueno podía salir de todo aquello, por lo que hice acopio de mis últimos restos de voluntad para agarrarla de las muñecas y apartarla de mí. Dicho así parece fácil, pero no lo fue. Para ser exactos, fue tan duro como arrancarme un brazo del cuerpo a mordiscos, sino peor.
- He dicho que no. Y vístase, por favor.
Hubo un tenso silencio mientras asimilaba mi rechazo. Parpadeó, y al mirarme, fue como si me viese por primera vez, y lo que acababa de encontrar no le gustase.
- Fuera de aquí - masculló, casi escupiendo las palabras. Hubiera podido decirle que aquel era mi dormitorio y que, en todo caso, ella era la que tendría que irse, pero tengo el instinto de supervivencia suficiente como para saber cuándo hay que hablar y cuando conviene cerrar la boca y emprender una discreta retirada, así que volví al salón donde me entretuve preparando un par de vasos de bourbon con hielo hasta que mi visitante se reunió de nuevo conmigo. A diferencia de nuestro encuentro anterior, en esta ocasión iba vestida de manera mucho más informal, con unas zapatillas de deporte New Balance a juego con unos vaqueros azules y un jersey de un tono naranja chillón que le quedaba al menos un par de tallas grande. Colgados del brazo llevaba un abrigo azul marino y una gorra de lana del mismo color. Así vestida parecía mucho más joven y vulnerable. ¿Qué esperabas?, me pregunté a mi mismo. Después de todo, apenas tiene veintidós años. Y al hacerlo, fui consciente de la diferencia de edad entre ambos y me sentí viejo, muy viejo y terriblemente cansado. Le tendí uno de los vasos y se lo bebió de un solo trago, antes de devolvérmelo para que se lo rellenase. El segundo siguió el mismo camino que el primero, y con la misma rapidez.
- Debería beber más despacio.
- Vete al carajo. No eres mi padre, y ya me has dejado claro que tampoco estás dispuesto a ser mi amante, así que puedes meterte tus consejos donde te quepan - replicó, de la que me exigía por gestos otra ronda. Esa era mi chica, pensé. El carácter y la mala leche de un sargento de la guardia civil envueltos en el físico de un ángel. Cuando por fin explotó, ya se había bebido más de la mitad de la botella de bourbon.
- ¿Se puede saber qué diablos pasa contigo? Pensé que después de tanto tiempo te alegrarías de verme, pero llevas insoportable desde el otro día. ¿Qué problema tienes? ¿Es por ella? ¿O es por mí?
- ¿De verdad quiere saberlo?
- No, te estoy haciendo una pregunta retórica. Pues claro que quiero saberlo, joder.
- ¿En serio pensaba que podía aparecer después de casi dos años sin dar señales de vida, y hacer como si no hubiese pasado nada? Las cosas no funcionan así, señorita Vega.
- ¿Por qué? ¿Por qué no fui a darte un beso de despedida? ¿Por qué no estuve a tu lado cogiéndote de la mano mientras estabas hasta arriba de anestesia? ¿Todavía sigues con eso? Supéralo. ¿Sabes lo que tuve que hacer para salvarte el pellejo? Eras el cabeza de turco perfecto. Después de lo de Málaga, todo el mundo iba a por ti: la policía, la prensa, los Castro, incluso mi familia. ¿Y sabes por qué no te estás pudriendo ahora mismo en una celda de Alcalá Meco? Por mí. Yo fui la que se puso de rodillas delante de mi abuelo y le supliqué que te ayudara. Que te quitase a la policía de encima, y limpiase tu expediente. No sólo eso. Conseguí que te duplicase la paga, e incluso que te comprase un coche nuevo. Pero a cambio tuve que prometerle que no volvería a verte, ni a hablar contigo, ni estar a menos de cinco kilómetros de distancia de ti. No sabes lo difícil que fue, pero acepté porque pensé que estaba haciendo lo mejor para ti. Para los dos. Y ahora, imagínate como me sentí cuando saliste por la puerta del hospital de la mano de esa arpía pelirroja.
- Al menos, ella tuvo la decencia de quedarse - contraataqué; pero fue como intentar detener un tren con las manos desnudas.
- ¡Oh, claro, que bonito! Ella llegó cuando todo había pasado y se quedó a disfrutar de la pasta y los buenos tiempos. Y a los que pasamos un infierno a tu lado, que nos vayan dando. ¿Sabes lo que eres? Eres un hipócrita, y de los de la peor especie. Dices que no te caigo bien, pero tu conciencia no te impide gastarte mi dinero en compañía de tu zorra - me gritó, casi a la cara, mientras me apuntaba con su dedo índice como si fuese el cañón de una pistola. Dios, que buena era. En apenas cinco minutos se las había arreglado para dar la vuelta a la situación, pasando de ser la mala de la película a convertirse en una víctima inocente. Cinco minutos más y me tendría de nuevo a sus pies pidiéndole perdón, por lo que me apresuré a cambiar de tema.
- En cualquier caso, eso es historia pasada y no tiene nada que ver con lo que ahora nos ocupa. Como le expliqué por teléfono, ya no hay caso. La policía se ha hecho cargo de la investigación, y me han dejado muy claro que no necesitan mi ayuda. Si quiere mi consejo, y se lo voy a dar aunque no me lo pida, olvídese de todo el asunto. Váyase de compras, o de vacaciones, o de viaje alrededor del mundo, pero déjelo estar.
- No puedo.
- Lo siento mucho, señorita Vega. Esto es lo que hay - repuse, lo más tajante posible. Pero si pensaba que con el sexo y el cabreo Adriana Vega había gastado los últimos cartuchos de su arsenal, estaba equivocado.
- Adrián, de verdad que no puedo - musitó; y cuando me acerqué a ella, pude comprobar que tenía los ojos bañados en lágrimas -. No puedo vivir con esa angustia, sin saber cuando el pasado regresará para fastidiarme de nuevo. ¿Y si algún día me caso y tengo hijos? ¿Qué pensarán de su madre si ven esas imágenes? Por favor, Adrián. Tienes que ayudarme. Te necesito - insistió, abrazándome y sollozando contra mi pecho. Me gustaría poder decir que pese a todas sus artimañas resistí y me mantuve firme como una roca, pero mentiría. En vez de eso le devolví el abrazo y le acaricié el cabello mientras le susurraba al oído "Ssshhh. No te preocupes. Todo va a salir bien" y otras tonterías por el estilo. No me juzguen muy duramente: si yo fuese Superman, ella sería mi kryptonita. Al cabo de varios segundos logré que se calmase lo suficiente como para servirle otro vaso de bourbon y retomar la conversación allí donde la habíamos dejado.
- Esta bien. Deja que te haga una pregunta, y piénsatelo bien antes de responder: ¿has hablado de esto con alguien más aparte de conmigo?
- No.
- ¿Estás segura? ¿Con nadie más?
- Segurísima.
- ¿Y estás igualmente segura de que tu abuelo no sabe nada de todo el asunto?
- ¿Por qué? - me preguntó a su vez, recelosa - ¿Es que crees que mi abuelo podría tener algo que ver con la muerte de Olenbeck?
- Es una posibilidad, sí.
- ¡Pero también intentaron matarte a ti! Tienes que estar equivocado. Él no sería capaz de hacer nada semejante - arguyó, tajante. Pero yo, que conocía al viejo Vega igual de bien, o mejor aun que ella, no estaba tan seguro. Recordando la charla que ambos habíamos mantenido, tanto tiempo atrás, cuando me había encargado la tarea de buscar y encontrar a su nieta, me parecía que Félix Vega era perfectamente capaz de ordenar un par de asesinatos sin pestañear y sin que le temblase el pulso lo más mínimo a la hora de firmar el cheque. Pero nuevamente me abstuve de hacer comentario alguno al respecto.
- Entonces ¿ahora me crees? - dijo Adriana, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
- Creo que Olenbeck era un mal bicho que estaba metido en demasiados asuntos sucios. Y que lo más probable es que su muerte haya sido un ajuste de cuentas entre delincuentes. Pero tienes razón: es demasiada casualidad, por lo que tampoco podemos descartar del todo que tus fotos no hayan tenido algo que ver. En ese caso, me temo que nuestros problemas, lejos de arreglarse, pueden haber empeorado.
- ¿Por qué?
- Como tu bien decías, con Olenbeck, al menos, sabíamos a qué atenernos. No era más que un extorsionador de tres al cuarto que sólo buscaba dinero. Pero este tipo es otra cosa. Alguien capaz de torturar y matar a una persona a sangre fría, y que después está a punto de liquidar a otra para borrar sus huellas, no se conforma con cien mil euros. Puede que ni siquiera busque dinero.
- ¿Qué puede querer, entonces?
- ¡No lo sé! Ese es el problema, que no sé nada y no tengo más que sospechas y corazonadas. Pero mi intuición me dice que en todo esto hay algo personal. Que la muerte de Olenbeck no es casual, y que de alguna forma está conectada contigo y con esas fotografías, pero ¿cómo? Me faltan demasiadas piezas del puzle como para hacerme siquiera una imagen parcial del conjunto.
- Estoy segura de que se te ocurrirá algo - me dijo, sonriente, y no pude evitar sentirme reconfortado, aunque no tenía tan claro como ella que fuese merecedor de su confianza.
- ¿Y entonces, qué vamos a hacer ahora?
- Para empezar, sigue con tu rutina cotidiana como si no hubiese pasado nada. Estate atenta por si alguien intenta contactar contigo por cualquier medio. Y no hagas ninguna tontería sin consultarlo primero conmigo. Además, creo que deberías ir contándole a tu abuelo lo que ha ocurrido.
- ¿Estás seguro? - preguntó, poco convencida.
- Más tarde o más temprano se va a acabar enterando, y en cualquier caso, es mejor que lo sepa de primera mano, por tu boca, a que se lo cuenten otros. Explícale que ya has tomado medidas para solucionar el problema y, si te pregunta cuáles, dile que yo estoy investigando el asunto a medias con la policía.
- ¡Pero si tienes razón, y mi abuelo está detrás de todo esto, eso sería como ponerte una diana en la espalda!
- Si tu abuelo está detrás de todo esto ya sabe que estoy involucrado, Adriana. Pero confesárselo desviará sus sospechas, además de reforzar su confianza en ti. Y si no es así, al menos apreciará el que tengas recursos suficientes como para intentar limpiar tu propio jardín antes de pedirle ayuda. Y hablando de pedir ayuda, ¿dónde está tu guardaespaldas?
- ¿Martín? Buscándome, supongo. Le he despistado para poder venir hasta aquí.
- No vuelvas a hacerlo. No te separes de él. De hecho, durante una temporada deberías tener el doble de escolta, y a todas horas.
- ¿De veras crees que estoy en peligro?
- Estoy casi seguro de que no - mentí, escogiendo cuidadosamente mis palabras -. Pero nunca está de más tomar precauciones, al menos hasta que hasta que sepamos a qué atenernos.
- Esta bien, pero que sepas que, teniéndote a ti, no necesito más escolta - dijo, abrazándome de nuevo y pegándose a mí de una manera tan íntima que podía sentir su calor incluso a través de la ropa que nos separaba, e intoxicarme con su aroma como si este fuese algo vivo, una mezcla afrodisiaca más potente y adictiva que cualquier perfume. Me miró, con los labios entreabiertos y un brillo de expectación en su mirada, y algo se rompió dentro de mí y la besé. Sabía que cuando todo hubiese acabado me sentiría fatal conmigo mismo, pero eso sería después, y entre tanto sólo existía ella, y yo sólo existía por y para ella.

Una vez, cuando era más joven, mi padre me hizo sentarme a su lado para hablar conmigo y me espetó, sin preámbulos:
- Hijo mío, eres idiota - antes de que pudiese decir nada, hizo un gesto con las manos para que le dejase seguir hablando y añadió -: No me malinterpretes, tienes otras cualidades. Eres buena persona, sincero, honrado y trabajador. Pero en cuestión de mujeres, eres idiota. Naciste siendo idiota, y morirás siéndolo - sentenció. Y aunque en aquel momento sus palabras me hirieron profundamente, ahora sé que, en el fondo, mi padre me conocía mejor que nadie. Tal vez incluso mejor que yo a mi mismo.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

sábado, enero 17, 2015

Una bala desde el pasado /02

Aquella noche casi no pude pegar ojo. Sin Carolina a mi lado, la cama - y la casa - parecían el doble de grandes y de vacías, y no podía dejar de pensar en Adriana Vega y en todas las cosas que podían haber sido y finalmente no fueron. Al día siguiente, después de prepararme una buena taza de café, decidí llamar a uno de mis contactos en la Jefatura Superior de Policía.
- Hombre, si es Adrián de la Cruz. ¿Qué es de tu vida?
- Vamos tirando. Mira, te llamo para pedirte un favor. Necesito encontrar a un tipo llamado Carlos Olenbeck. Lo único que tengo es un número de teléfono actual y una dirección de hace varios años. Se hace pasar por fotógrafo. Puede que el nombre sea falso, y es bastante probable que haya tenido problemas con la policía por alguna clase de delito sexual relacionado con menores.
- Menuda joya - dijo mi contacto -. Dame un par de horas y te llamo, a ver si sale algo. ¿Es algún asunto de trabajo?
- Algo así - respondí, evasivo, aunque en el fondo no me alejaba mucho de la verdad.
- Muy bien. Enseguida te llamo. No te alejes mucho del teléfono.
- ¡Gracias! Te debo una.
- Una más, querrás decir - bromeó, antes de colgar. Me dispuse a pasar el rato lo mejor posible, pero apenas había transcurrido media hora cuando mi contacto me devolvió la llamada.
- No encuentro nada por Olenbeck, pero el número de teléfono se corresponde con un móvil de empresa a nombre de un tal Carlos Martel, y este sí que tiene un bonito expediente por extorsión y fraude fiscal, aunque nada de abusos sexuales. ¿Necesitas su dirección?
- Si, por favor - respondí, mientras tomaba nota. Al parecer, Martel (que probablemente fuese un pseudónimo de Olenbeck, o viceversa) tenía un entresuelo alquilado en la avenida Pumarín que usaba a la vez como estudio fotográfico y como vivienda habitual. Cosas de la crisis, apuntó mi colega, aunque a un servidor se le ocurrían otros motivos más innobles.
- ¿Por qué lo buscas, exactamente?
- Te prometo que en cuanto averigüe algo, serás el primero en saberlo - respondí, evasivo, al tiempo que cortaba la llamada y me disponía a hacerle una visita al escurridizo - e inoportuno - señor Olenbeck.

El rastro de Olenbeck conducía hasta un entresuelo de alquiler de la avenida Pumarín que apenas tenía vistas a la calle. Llamarlo estudio era darle una categoría a aquella ratonera que no se merecía. Probablemente el fotógrafo estuviese acostumbrado a cambiar de refugio con cierta frecuencia, en un intento por pasar desapercibido a los ojos de la policía y de la agencia tributaria, y buscase sitios baratos y poco llamativos donde poder realizar sus negocios lejos de miradas indiscretas.
Al llegar, me encontré con la puerta abierta. Aquello debió hacerme sospechar, pero así y todo seguí adelante, confiado en que Oviedo no dejaba de ser una ciudad tranquila donde nunca pasa nada. Ese fue mi primer error. El interior se hallaba casi a oscuras y, por lo poco que pude ver, tan desordenado como si un terremoto hubiese puesto el edificio del revés o alguien estuviese buscando algo y no tuviese muy claro el qué ni donde estaba. En cualquier caso, el misterioso visitante se había empleado a fondo, abriendo todos los cajones, arrancando tablas del suelo y las paredes y destrozando el ordenador y todo el equipo fotográfico existente hasta dejarlos reducidos a fragmentos casi irreconocibles.
Olenbeck estaba en el centro de la estancia, atado con alambre y cinta americana a una silla de oficina. La cabeza le colgaba inerme sobre el pecho y, al acercarme, pude comprobar que ya no se despertaría. No sabía qué aspecto tenía antes, pero dudaba de que incluso su propia madre pudiese reconocerle en ese estado. Su rostro era un enorme moratón ensangrentado. Tenía la mandíbula rota y uno de los ojos casi se había salido de su sitio a consecuencia de un impacto que le había abierto una fea brecha en la frente. Examinándole con más detalle pude comprobar que también le habían fracturado todos y cada uno de los dedos de las manos antes de rematarlo, destrozándole la cabeza a martillazos. El arma homicida yacía en el suelo, sobre un gran charco de sangre, y todavía conservaba pegados restos de hueso y masa encefálica.
Ahí fue donde cometí mi segundo error: tenía que haberme dado cuenta de que todo era demasiado reciente; de que la sangre todavía estaba fresca y goteando; y de que había muchas posibilidades de que el asesino aun no se hubiese ido. Pero estaba tan concentrado pensando donde podían estar las fotos de Adriana que no vi venir el peligro. Algo se movió a mis espalda y, antes de que pudiese darme la vuelta o reaccionar de cualquier otra manera, sentí un fuerte impacto en la cabeza, sobre la oreja derecha. Un fugaz instante de dolor y, después, nada. Oscuridad y silencio.

El problema de los relatos en primera persona es que muchas veces arruinan el suspense. Es decir, ahora mismo ustedes están pensando: si está contando esto, es que de alguna forma se las ha arreglado para sobrevivir. Cierto, aunque cuando por fin abrí los ojos, pensé que más me habría valido seguir inconsciente, ya que mi agresor había decidido prenderle fuego al local antes de irse, y a esas alturas las llamas devoraban la mayor parte de la estancia, incluido el cadáver de Olenbeck. No sé como logré ponerme en pie y llegar hasta la puerta, sólo para encontrármela cerrada. Un rápido vistazo a mí alrededor me dejó claro que no había otra salida, y que mi única esperanza era arrojarme al exterior desde la ventana. Siendo un entresuelo, no podía haber mucha distancia hasta la acera, y por otro lado, empezaba a sentir como me chisporroteaba el pelo de la nuca, así que atravesé la estancia a la carrera y me lancé de cabeza a través del cristal sin pararme a pensarlo. Nada más cruzar al otro lado encogí el cuerpo e intenté aterrizar lo mejor posible. Por suerte (mi único golpe de suerte hasta ese momento), caí sobre el techo de un coche que cedió bajo mi peso, y de ahí resbalé al suelo hasta quedar tendido sobre el asfalto, exhausto y dolorido, pero vivo.
Quince minutos más tarde aquello se había convertido en un circo, con la presencia estelar de los bomberos, un par de ambulancias y varias unidades de la policía local y nacional, además de un montón de curiosos y mirones que contemplaban el espectáculo desde ambas aceras. Un sanitario me examinaba en busca de hemorragias internas o huesos rotos cuando mi contacto en la Jefatura hizo su aparición, evidentemente cabreado.
- Podías haberme dicho que pensabas cargártelo - me espetó, por todo saludo.
- ¡Eh! Soy inocente. A mí también han intentado matarme, y me he salvado por los pelos.
- Sí, claro - respondió mi colega no muy convencido -. Será mejor que cierres el pico y me dejes hablar a mí. Y que no abandones la ciudad sin avisar hasta que esto termine. En menudo lio puedes haberme metido, cabronazo - añadió, sotto voce, antes de alejarse en dirección a varios agentes de uniforme que estaban acordonando la zona.

Esa misma noche llamé a Adriana para ponerle al corriente de los acontecimientos y presentarle mi dimisión. Su asombro era palpable incluso desde el otro lado de la línea telefónica.
- ¿Y las fotos? - me preguntó, apenas hube terminado de hablar. Nada de interesarse por mi persona. Así era la señorita Vega.
- Aquello ardió por los cuatro costados. Si estaban allí, es imposible que quede nada, excepto polvo y cenizas.
- ¿Y si no las tenía allí? ¿Y si las guardaba en la nube, o en la caja fuerte de algún banco? - insistió.
- En ese caso supongo que la policía las encontrará y se pondrá en contacto con ustedes. Y si no, es que se han quemado con el resto del estudio - contesté, intentando zanjar el asunto. Pero olvidaba lo terca y obstinada que podía llegar a ser mi interlocutora.
- Tengo que estar segura al cien por cien. No puedo pasarme el resto de mi vida esperando a que aparezca otro Olenbeck. ¿Qué hay del asaltante?
- ¿Qué pasa con él?
- No lo sé, pero no me gusta. Olenbeck amenaza con chantajearme y, de repente, muere asesinado. Demasiada coincidencia. ¿Y si tenía un cómplice que no estaba dispuesto a compartir el dinero? Estaríamos igual que antes, o peor. Al menos, con Olenbeck sabíamos a qué atenernos.
Suspiré.
- Señorita Vega, le agradecería que no usase el plural al referirse a este asunto. La policía me ha apartado del caso. Además, no hay caso. No hay pistas, no hay huellas, no hay testigos,  no hay nada de nada. Sólo cenizas. Sé que le cuesta aceptar que el mundo no gira necesariamente a su alrededor, pero si yo fuese usted, me relajaría e intentaría seguir adelante con mi vida.
- Te pagaré lo que me pidas - exclamó, sin pararse a medir el alcance de sus palabras. Para cuando se dio cuenta, y quiso corregir su error, ya era demasiado tarde.
- Buenas noches, señorita Vega - respondí, con el tono más frío y seco del que fui capaz, antes de cortar la comunicación y arrojar el teléfono al otro extremo de la habitación. Esta chica era así: cuando empezabas a cogerle cariño, hacía la estupidez justa para recordarte porqué la odiabas desde el principio.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

sábado, enero 10, 2015

Una bala desde el pasado /01


Una vez escuche la estrofa de una canción que decía: "El pasado también puede matarte". Siempre pensé que era una licencia poética, hasta que volví a encontrarme con Adriana Vega. No sabía nada de ella desde que casi dos años atrás se había largado con un maletín repleto de dinero, dejándome medio muerto y a punto de terminar de desangrarme en una carretera perdida en el culo del mundo, sin más compañía que un puñado de cadáveres. Tras recibir el alta médica decidí tomarme unas largas vacaciones y, en compañía de Carolina, me embarqué en un viaje de placer por media Europa a costa del dinero que el viejo Vega me había pagado por encontrar a su nieta. Pero todo lo bueno se acaba, y al cabo de varios meses tuvimos que regresar a España y a nuestra rutina habitual. Para Carolina fue especialmente duro. Ella no era un aburrido investigador de seguros, como yo, sino una aspirante a actriz con poco talento pero un físico envidiable y mucha, mucha ambición. En Oviedo se sentía como un tiburón en una pecera, y sólo encontraba cierto placer nostálgico en salir de compras con mi tarjeta de crédito y en coqueteos ocasionales con algún joven desconocido (o desconocida) durante sus excursiones nocturnas por los garitos de moda de la ciudad.
Decir que no había sabido nada de Adriana Vega tal vez sea una exageración. Había leído unos cuantos artículos y reportajes sobre la hermosa heredera del imperio financiero de los Vega en diversas revistas y páginas de Internet, aunque nunca habíamos vuelto a coincidir cara a cara, lo cual era lógico si tenemos en cuenta que ella pasaba la mayor parte del tiempo fuera de Asturias (e incluso fuera del país) muy ocupada con los negocios familiares y otros asuntos propios de la gente de su posición. Sin embargo, nada dura para siempre y el pasado se complace en hacerte una visita cuando menos te lo esperas. Así que un buen día me encontré con un sorprendente mensaje en el que la señorita Vega me citaba en privado en un selecto (y muy discreto) restaurante de la ciudad. Por un momento pensé seriamente en rechazar la invitación, pero por un lado, no dejaba de ser mi jefa y, por otro, sólo puedes estar seguro de que te has desenganchado si tienes la droga a mano y eres capaz de resistir la tentación de meterte otra dosis. Así que, aprovechando que Carolina se había ido al sur para visitar a su familia (y presumir un poco de novio) decidí asistir a la cita.

Cuando llegué al lugar acordado, ella ya estaba ahí, sentada en la mesa con las piernas cruzadas en la misma postura que una recatada modelo de alta costura. Costaba reconocer en aquella dama sofisticada a la joven informal y un tanto rebelde que había conocido apenas dos años atrás, pero había algo salvaje en Adriana Vega que ni toda la ropa de marca del mundo ni los mejores estilistas serían capaces de disimular. Lo noté en el brillo de sus ojos al verme y en la sonrisa que me dedicó, a medio camino entre la burla y la alegría, sin llegar a ser abiertamente ofensiva.
- Has venido - dijo, como si tal cosa.  Como si no hiciese veintitrés meses, veintiocho días y casi siete horas desde la última vez que nos habíamos visto. Aun recordaba su último beso. Sabía a lágrimas, a sangre y a desesperación. Pero también a algo muy parecido al amor, o al menos eso pensaba yo. Claro que igualmente podía haber sido un efecto secundario de la pérdida de sangre y el coctel de drogas que me había metido en el cuerpo para aguantar en pie. ¡Quién sabe!
- ¿Cómo negarme? Al fin y al cabo no soy más que un empleado de la casa.
- No digas eso. Nuestra relación es diferente. Tú y yo somos viejos amigos.
- Es curioso. La mayoría de mis amigos suelen mandarme una felicitación por navidades, o el día de mi cumpleaños. Se ve que las suyas se han debido extraviar por el camino.
- Vamos, Adrián. No seas así. Hace mucho que no nos vemos. ¿Qué prefieres, discutir o ponernos al día? Venga, siéntate - dijo, con su mejor expresión de niña inocente. Y yo, tonto de mi, le hice caso, aunque sólo fuera porque empezaba a sentirme un poco estúpido ahí de pie, en medio del comedor. Al sentarme me fije en un tipo que no nos quitaba ojo desde la barra. Por su aspecto y el corte de su traje me imaginé que sería alguna clase de guardaespaldas.
- ¿Amigo suyo? - inquirí, señalando en su dirección.
- ¿Martín? Es mi escolta personal. No me hace ilusión tener que llevarlo a cuestas a todas partes, pero nuestro jefe de seguridad es tajante al respecto. Por lo menos hay que reconocerle que es muy discreto y se las arregla para pasar desapercibido.
- Yo no estaría tan seguro - repliqué, aunque me abstuve de añadir que un matón siempre parece un matón. Además, el tal Martín no daba la impresión de distinguirse por su simpatía, ni por su sentido del humor. Por suerte, la llegada de una camarera interrumpió esa línea de pensamiento, pero antes de que pudiese pedir nada, Adriana me hizo callar con un delicado gesto de su mano derecha.
- Permíteme. Yo tomaré un gin tonic de Fever con Citadele. Y para el caballero, un café con hielo y Baileys. Sin leche, con el licor en vaso aparte, y dos terrones de azúcar moreno. ¿Lo he dicho bien? - me preguntó, burlona.
- En realidad, iba a pedir un agua sin gas. Pero si invita usted...
- ¿Cuándo piensas volver a tutearme? - repuso, tamborileando sobre la mesa con sus finas uñas pintadas a la francesa.
- La verdad, no creo que fuese apropiado. ¿Y usted? ¿Cuándo va a decirme para que me ha llamado?
- ¿No puede ser simplemente porque te eche de menos y quiera saber que ha sido de tu vida?
- Puede. Y puede que los sapos bailen flamenco, pero yo no he visto ninguno hacerlo todavía.
- Te has vuelto más cínico con los años. No sé si me gusta.
- ¿Qué puedo decir? Tuve una buena maestra. Y ahora, puede explicarme porque quería verme, o podemos seguir intercambiando cumplidos. Como prefiera.
Por toda respuesta, Adriana cogió su teléfono móvil y, tras un par de toques para abrir la galería de imágenes, me lo tendió por encima de la mesa. Al cogerlo pude ver en pantalla un mosaico de lo que parecían fotos de una chica desnuda, chica que resultó ser la propia Adriana Vega una vez que hube ampliado la primera. A juzgar por su aspecto las fotos debían de ser antiguas, de su época como modelo de ropa interior, antes de que el viejo Vega me contratase para buscarla.
- Las fotos las hizo un tal Olenbeck, Carlos Olenbeck - explicó -. Era un tipo muy desagradable que iba de cazatalentos. Le gustaba abordar a jovencitas menores de edad para decirles que tenían mucho potencial como modelo y animarlas a dejarse fotografiar en paños menores. Para el curriculum, decía él, aunque en realidad lo que quería era conseguir imágenes lo más pornográficas posibles e incluso darle un repaso a alguna que fuese lo bastante incauta como para dejarse engañar. Ya sabes que yo nunca he tenido problemas con el tema de los desnudos, y en aquella época estaba intentando abrirme camino en el mundillo de la publicidad, así que le seguí la corriente hasta que intentó ponerme la mano encima. Fue entonces cuando le metí un rodillazo en la entrepierna y me largué de ese cuchitril que llamaba estudio, aunque cometí el error de no llevarme la cámara conmigo. De la que salía me llamó de todo y me gritó que ya se lo pagaría pero, sinceramente, a estas alturas de la película ya no esperaba tener noticias suyas.
- ¿Se lo ha comentado a su abuelo? - dejé caer, de la que le devolvía su teléfono móvil.
- Todavía no. Está muy mayor, y su salud ya no es la que era. Lo de su sobrino le afectó mucho, y prefiero intentar solucionarlo yo sola antes de decirle nada.
- Sin embargo, el debe de estar al corriente de ciertos... aspectos de su pasado.
- Después de reunirnos el abuelo invirtió mucho tiempo y dinero intentando limpiar mi expediente, pero supongo que siempre hay cabos sueltos que se resisten a desaparecer.
- ¿Y qué quiere ese tal Olenbeck, exactamente? - pregunté, en un poco disimulado intento por cambiar de tema.
- ¿Qué va a querer? Dinero. Cien mil euros, para ser exactos. Y eso sólo para empezar. Su intención es que lo mantenga toda la vida, o hará públicas estas y otras imágenes que todavía tiene guardadas. Entiéndeme, si sólo pidiese una cantidad, por mucho que fuese, se lo daría encantada con tal de librarme de él, pero no pienso seguir aceptando su chantaje durante Dios sabe cuánto tiempo.  Además, ¿quién me garantiza que una vez le suelte la pasta destruirá todas las fotos? ¿Y si tiene un millón de copias repartidas por ahí? ¿Por qué diablos voy a fiarme de un tipo como ese?
- ¿Y qué quiere usted que haga yo al respecto?
- Encontrar a Olenbeck y convencerle para que me deje en paz. Y recuperar esas fotos, claro, o en su defecto, asegurarte de que desaparecen para siempre.
- No es por nada, pero eso parece más bien un trabajo para su jefe de seguridad.
- ¿Velasco? Es un hombre de mi abuelo. No creo que pudiese mantener la boca cerrada. Además, no es de aquí. Apenas lleva seis meses en el país y le faltan la experiencia y los contactos que tú tienes para esta clase de asuntos.
- Sinceramente, señorita Vega, no estoy seguro de poder serle de ayuda. Yo no soy policía ni investigador privado. Lo mío son los fraudes y los intentos de estafa al seguro. Tal vez debería replantearse lo de buscar algún tipo de ayuda más profesional.
- Ya lo estoy haciendo. Siempre presumías de que ese era tu talento, ¿recuerdas? Encontrar cosas que nadie quiere que aparezcan, como yo. Además, entre nosotros no hay secretos. Tú me conoces mejor que nadie, y sé que no me juzgarás por cualquier pequeño desliz que haya podido cometer en el pasado.
Mi idea de un pequeño desliz consistía en meterle mano a la crema pastelera de mi abuela antes de que estuviese hecha la tarta, pero tuve el buen tino de morderme la lengua.
- Lo siento mucho, señorita Vega - repuse, mientras me ponía en pie -. Como usted dice, eso fue hace mucho tiempo y todos hemos cambiado. Mi consejo es que hable con su abuelo e intente llegar a algún tipo de arreglo pactado.
- Adrián, por favor - me suplicó, a la vez que me agarraba del brazo -. Te necesito. Ya me salvaste el culo una vez. Eres mi caballero de brillante armadura, ¿recuerdas? No puedo confiar en nadie más.
Ahí fue donde me perdí. Si no me hubiese tocado, tal vez todo habría sido diferente. Pero era incapaz de resistirme a su contacto y a toda la avalancha de recuerdos que este traía consigo, en concreto cuando ella me había acariciado el rostro por última vez, tiempo atrás, antes de preguntarme: "¿Por qué lo has hecho?". Y a continuación me escuché responder, con una voz tan extraña que casi no parecía la mía: "Porque siento una debilidad especial por las mujeres hermosas. Y tú eres la mujer más hermosa que he conocido jamás". Entonces, ella me besó y todo se fue al diablo, hasta que desperté varias horas más tarde tirado en la cama de un hospital, con varias costillas rotas y tres balas en el cuerpo. ¿Cómo era lo que decía Conan en aquella historia de Roy Thomas y Barry Smith? "Ella se llevó el oro, y a mí sólo me quedan los sueños". Y aquí estaba yo, dos años más viejo, en teoría más sabio, y a punto de tropezar por segunda vez con la misma piedra. Y lo que es peor, ella lo sabía.
- Esta bien - dije por fin -. No le prometo nada. Pero haré unas cuantas llamadas y tiraré de algunos hilos, a ver si encuentro algo.
- ¡Muchas gracias! Sabía que podía contar contigo - me respondió, acompañando sus palabras de una sonrisa capaz de derretir los polos y provocarme estremecimientos de placer sólo con mirarla. ¿Qué quieren que les diga? Después de todo, sólo soy humano.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

domingo, enero 04, 2015

Mis 10 (+2) Clásicos imprescindibles de la Hª del Cine

El Sueño Eterno, 1946
Hacía tiempo desde la última vez que había imitado a Rob Fleming redactando alguna lista de mis cosas favoritas, y me parecía una buena idea recuperar la costumbre para estrenar este año 2015 con una selección de mis filmes imprescindibles del cine clásico de Hollywood (o europeo). Antes de empezar había decidido atenerme a una serie de reglas, a saber: limitarme a diez películas; no incluir ninguna posterior a 1960, y no repetir directores, para hacer una selección más variada (y a la vez lo más representativa) posible. Pero cuando terminé el borrador inicial me encontré no con diez sino con doce películas, y era incapaz de descartar ninguna de ellas. La 2º regla me hubiese obligado a dejar fuera Charada y La semilla del diablo, algo que no estaba dispuesto a hacer bajo ningún concepto. Y por último, la 3ª regla me hubiese obligado a tener que escoger entre Rebeca y Vértigo (en el caso de Hitchcock) o entre Cantando bajo la lluvia y Charada (en el caso de Donen) y nuevamente no estaba por la labor de dejar fuera ninguna de ellas. Por lo que al final decidí infringir (por una vez, y sin que sirva de precedente) mis propias normas y convertir el top 10 en un 10+2, ampliando el marco temporal hasta 1970 y saltándome la 3ª regla.
El resultado final es la lista que tienen a continuación, donde las películas aparecen enumeradas según un criterio puramente cronológico, el cual no tiene porque coincidir con el orden en que un servidor las vio en su momento. Estoy seguro de que cada uno/-a de Uds. hubiese quitado o cambiado alguna de ellas, pero esta es mi muy personal selección y, como se suele decir, en cuestión de gustos no hay nada escrito.

Dorothy y el resto de la pandilla camino de Oz, 1939
1 - El mago de Oz (Varios, 1939).
¿Quién no ha soñado con acompañar a Dorothy y sus amigos en su viaje hacia la ciudad mágica de Oz a lo largo del camino de baldosas amarillas? Pocas películas nos han hecho soñar (y nos han emocionado) como esta. Sam Reimi intentó recuperar su esencia en su fallida precuela del 2013, pero sólo hay un Oz. Y nadie ha cantado "Somewhere over the rainbow" como Judy. Ni siquiera Norah Jones.
2 - Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940).
"Anoche soñé que volvía a Manderley". Alfred Hitchock convirtió la novela gótica de Daphne DuMaurier en un opresiva historia donde la sombra de su protagonista planea sobre cada fotograma del filme, afectando de forma inexorable la vida de los demás personajes hasta desembocar en el sobrecogedor desenlace. Uno de los mejores trabajos del genio del suspense lo que, tratándose del autor de Psicosis (1960) y La ventana indiscreta (1954), son palabras mayores.
3 - Casablanca (Michael Curtiz, 1942).
¿Qué decir sobre Casablanca que no se haya dicho ya? La hemos visto tantas veces que nos sabemos cada escena y cada línea de diálogo de memoria. Y, sin embargo, funciona. El filme de Michael Curtiz está repleto de momentos memorables de la historia del cine, todos ellos perfectos por separado, pero que juntos elevan esta película de rodaje caótico y algo accidentado a la categoría de Obra Maestra. Tócala otra vez, Sam. Si ella pudo soportarlo, yo también.

Gene Tierney como Laura Hunt, 1944
4 - Laura (Otto Preminger, 1944).
Partiendo de la novela homónima de la escritora Vera Caspary, el realizador Otto Preminger rodó uno de los clásicos indiscutibles del cine negro con este onírico (y romántico) menage a troi desde el más allá en el que un detective se enamora del retrato de una modelo muerta, magistralmente interpretada por Gene Tierney, posiblemente la actriz más hermosa de la historia de la Meca del cine (en opinión de Darryl F. Zanuck y de este su humilde servidor). Sublime.
5 - El sueño eterno (Howard Hawks, 1946).
Howard Hawks dirige a Humphrey Bogart y Lauren Bacall sobre un guión de Leigh Brackett escrito a partir de la novela original de Raymond Chandler. Semejante combinación de talento sólo podía dar como resultado una de las cumbres del género negro, y uno de los títulos clave en la historia del Cine (con mayúsculas) de todos los tiempos. "General, tenga cuidado con su hija: ha intentado sentarse en mis rodillas cuando yo aun estaba de pie". ¡Insuperable!
6 - ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946).
Si Gene Tierney es mi actriz favorita de la historia del cine, James Stewart sería mi actor fetiche, gracias a una carrera repleta de títulos memorables entre las que destacan sus colaboraciones con Alfred Hitchcock (que supo reflejar en pantalla su lado más oscuro) y Frank Capra, como este ¡Qué bello es vivir!, que con el paso de los años ha alcanzado la categoría de filme entrañable, regresando a nuestras pantallas una y otra vez por Navidad, como los villancicos o las campanadas de medianoche. Esas mismas que tal vez indiquen que un ángel ha conseguido, por fin, sus alas.

Gene Kelly, bailando bajo la lluvia, 1952
7 - Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952).
El musical por excelencia. Si Fred Astaire era la elegancia personificada al bailar, Gene Kelly era energía pura. Un bailarín viril, atlético y arriesgado que nos ha dejado para el recuerdo algunas de las mejores coreografías de la historia del cine musical. Y es que ¿quién no ha sentido alguna vez la tentación de imitarle y cantar - y bailar - bajo la lluvia mientras piensa en esa persona especial que hace que todas las locuras tengan sentido?
8 - Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954).
¿En serio, me dirán? ¿Un western de serie B, protagonizado por actores discretos y rodado con un presupuesto más que modesto para su época? Y, sin embargo, el guión de Philip Jordan (a partir de la novela de Roy Chanslor) nos deja para el recuerdo líneas de diálogo tan magistrales como este "Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años.", que todavía hoy día conservan toda la magia y capacidad de seducción que las hicieron célebres en su momento. Y es que el amor también puede ser algo terrible.
9 - La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).
Jack Finney llevó al extremo la máxima de que dormir es, en cierto modo, morir, en esta obra maestra de la ciencia ficción versionada e imitada hasta la saciedad; pero muy pocos (salvo Philip Kaufman, en 1978) han sabido igualar (no digamos ya superar) la paranoia y el miedo a perder la propia identidad que alienta en cada uno de sus planos.
10 - Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958).
En mi humilde opinión, la mejor película de Alfred Hitchcock y tal vez una de las que mejor reflejan las filias y el universo personal de su realizador a través de esta necrófila historia protagonizada por un agente de la ley aquejado de vértigo que intenta convertir a una mujer en el remedo exacto de su difunto amor. Inquietante, perturbadora y sutilmente erótica, Vértigo es una obra cumbre del fetichismo cinematográfico que con el paso de los años ha devenido en eso vulgarmente llamado "Obra de culto" (y que pocas películas merecen tanto como esta).
(11) - Charada (Stanley Donen, 1963).
¿Esta película sería lo mismo sin Cary Grant y Audrey Hepburn? Basta con ver el fallido remake perpetrado por Jonathan Demme en 2002 para darse cuenta de que, entre otras virtudes, gran parte del éxito del filme se basa en la buena química que existe entre ambos protagonistas, así como en el encanto, talento y elegancia de una Audrey Hepburn en estado de gracia que nos ofrece aquí una de las mejores interpretaciones de su ya de por sí brillante carrera.

Mia Farrow, la novia del diablo, 1968
(12) - La semilla del diablo (Román Polanski, 1968).
Sin duda alguna el mejor filme de Polanski y uno de mis clásicos de referencia. El realizador de El baile de los vampiros (1967) y La novena puerta (1999) revitalizó el género de terror satánico con esta joya del celuloide en la que una frágil e inocente Mía Farrow se convierte en la víctima de una secta de adoradores del diablo, abriendo el camino a una legión de filmes de temática similar que rara vez superan a su original. La forma en que lo sobrenatural va irrumpiendo en la aparente cotidianidad de los protagonistas, y la sospechosa ambigüedad con que todo se nos muestra en pantalla ya constituyen, por si solas, una lección magistral de buen cine que Polanski confirmaría en filmes posteriores como Chinatown (1974) o Lunas de Hiel (1992).