sábado, junio 22, 2013

Un mal lugar donde perderse (006)



Volví a la realidad confuso y algo desorientado, sin saber bien cuando ni donde estaba y, por un momento, pensé que seguía en la habitación del motel y que todo lo que había ocurrido durante las últimas horas sólo había sido un mal sueño. Pero no. A medida que mi cabeza se iba despejando podía sentir a mi alrededor el mordisco del frío aire nocturno, así como la dura superficie de la cubierta bajo mi espalda. Me pregunté que me había despertado, si habría sido mi acompañante al moverse o gemir en sueños, pero seguía sumida en un profundo coma desde que dejamos atrás el embarcadero. Aunque al principio di por hecho que su herida había sido mortal, al examinarla de cerca pude comprobar que todavía respiraba y tenía pulso, tan firme y regular como el mio propio. Por lo que pude ver el proyectil había resbalado a lo largo del cráneo, abriendo un profundo surco a través del cuero cabelludo hasta salir por detrás, provocando de paso una masiva hemorragia que daba la impresión de ser mucho más grave de lo que realmente era, aunque podía serlo si no recibía pronto atención médica. Por desgracia, nunca hay un hospital a mano cuando realmente lo necesitas, y en aquel momento mi prioridad inmediata era salir de ahí antes de que nos acribillasen a tiros, así que mi inconsciente pasajera tendría que esperar.
Va a ser verdad que, a veces, cuando todo parece perdido, el diablo va y se pone de tu parte, ya que logré sacar la lancha del muelle y enfilar rio abajo sin chocar ni ser alcanzado por ninguno de los proyectiles que zumbaban a mi alrededor como moscardones, lo que no quiere decir que nuestros atacantes se diesen por vencidos, ya que uno de los vehículos todoterreno intentó continuar la persecución por la orilla sin dejar de dispararnos hasta que se encontró con el paso cortado por un canal de desague de al menos tres metros de ancho. Asi y todo nuestra situación era cualquier cosa menos envidiable: mi memoria seguía fuera de servicio y la única persona que parecía tener una idea clara de la situación yacía sin sentido a mis pies. Decidí que lo mejor - de momento - sería mantener el rumbo hasta encontrar algún sitio tranquilo donde poder echarle un vistazo con calma a su herida y descansar un poco. El destino, no obstante, parecía complacerse en ponerme toda clase de obstáculos en el camino, ya que durante los siguientes minutos apenas divisé más signo de presencia humana que diversas embarcaciones semihundidas y algún que otro poblado tan desierto y solitario como el que acabábamos de dejar atrás. Por fin, justo cuando empezaba a impacientarme, divisé en un recodo del río un rústico embarcadero, apenas una simple pasarela de madera con un par de noráis donde amarrar las embarcaciones. No era gran cosa, pero como se suele decir, cualquier puerto es bueno en caso de tormenta, así que me dirigí hacia allí sin dudarlo.
Una vez asegurada la lancha me dispuse a atender a mi acompañante. En realidad, no había mucho que pudiese hacer por ella, aparte de desinfectar y coser la herida lo mejor posible, pero tendría que bastar hasta que encontrásemos un hospital o alguien con más experiencia médica que yo, que por lo que sabía bien podía ser ninguna. Rebusqué en su mochila en busca de cualquier cosa que pudiese serme de utilidad y al final, para ahorrar tiempo, me limité a volcar el contenido en cubierta, aunque tuve el suficiente sentido común de colocar mi cazadora debajo a fin de evitar que algo se rompiese. Entre otras cosas encontré una caja con cuatro cargadores completos para la Glock, un kit de primeros auxílios, una camiseta y varias prendas de ropa interior, un paquete de chocolate, un destornillador de punta reversible, un rollo de cinta americana, bridas de plástico, una batería multiusos de carga solar, una botella de vodka y una cajita metálica sospechosamente parecida a una pitillera.
Utilicé el vodka para limpiar la mayor parte de la sangre, y la aguja e hilo que encontré en el botiquín para remendarle la cabeza lo mejor que supe. A continuación hice un vendaje improvisado con la tela de la camiseta que habia en la mochila, tras lo cual la tumbé sobre la cubierta, con su cazadora como almohada y la mía por encima a modo de manta. De buena gana me hubiese echado un buen trago de vodka para entrar en calor pero, por desgracia, no quedaba ni gota en la botella. Tras exhalar un suspiro de resignación, decidí matar el rato examinando el resto de los objetos y en especial el estuche metálico que, para mi sorpresa, resultó no ser una pitillera, ya que dentro no encontré cigarrillo alguno, sino una vieja fotografía arrugada y descolorida, en la que mi compañera de viaje aparecía abrazada a otro hombre al cual le habían eliminado el rostro por el expeditivo procedimiento de recortarle la cabeza. No pude evitar preguntarme quien sería aquel tipo, y por qué le habían censurado. ¿Un pariente? ¿un amigo? ¿un ex-amante? Aunque parezca absurdo, esa última idea no dejaba de resultarme incómoda y además me sentía como un mísero voyeur, así que opté por guardar la foto en su sitio y olvidarme del asunto. 
Al devolver el estuche al montón localicé lo que realmente estaba buscando: el teléfono móvil que la chica había usado tras el ataque del helicóptero. Para mi decepción (otra más) el terminal estaba apagado y protegido por una contraseña de siete dígitos. Vamos a ver, me dije, si yo fuese una psícopata violenta y con tendencias antisociales ¿qué contraseña eligiría? Decidí probar con "Pandora", pero sólo obtuve por respuesta un aviso de error y la advertencia de que me quedaban dos intentos antes de que el móvil se bloquease por motivos de seguridad, así que lo volví a dejar en su sitio e intenté acomodarme lo mejor posible en el ángulo formado entre la borda y la cubierta. Mi mirada fue pasando de mi acompañante al misterioso maletín y por último hacia arriba, hacia aquel extraño cielo sin estrellas iluminado por un sol mortecino que nunca terminaba de ocultarse tras el horizonte, acompañado ahora de una luna del mismo color que un pegote de sangre coagulada. Casi sin darme cuenta me fui quedando dormido hasta que algo me trajo bruscamente de vuelta al mundo real. No sabía cuanto tiempo había pasado desde que había cerrado los ojos, y no tenía forma de averiguarlo, pero no creía que fuesen más de quince o veinte minutos, porque todo seguía exactamente igual. Tras comprobar que mi acompañante seguía bien eché un vistazo a nuestro alrededor. La pasarela conectaba con un estrecho sendero que se perdía tierra adentro más allá de una espesa maraña de árboles y arbustos. Sin embargo, me pareció percibir un resplandor no muy lejano al otro lado, así como un sonido intermitente que bien podía ser música. Cazadores aparte, era lo más parecido a una señal de presencia humana que había encontrado en todo el día, por lo que decidí acercarme a echar un vistazo. Por si acaso, antes de irme recogí la linterna y la pistola, aunque confiaba en no tener que utilizarlas, en especial la segunda.
El camino era relativamente cómodo y accesible, aunque estaba claro que hacía mucho que nadie transitaba por el mismo. Una vez hube atravesado el bosquecillo divisé un edificio que tenía todo el aspecto de ser un viejo hotel rural, aunque a juzgar por las puertas tapiadas y el estado de abandono de la vegetación circundante daba la impresión de llevar mucho tiempo fuera de servicio, impresión desmentida por el hecho de que las luces del exterior estaban encendidas, y que era de ahí de donde venía la música que me había despertado y que ahora podía reconocer como "Moonlight Serenade", un viejo tema de la Glenn Miller Orchestra. Tras empuñar la Glock fui rodeando el edificio con cuidado hasta llegar a una terraza descubierta donde, para mi sorpresa, me encontré a un individuo enfrascado en una solitaria partida de ajedrez, tan concentrado en la misma que no parecía darse cuenta de mi presencia, por lo que pude inspeccionarle a mi antojo. Era alto, moreno, delgado sin llegar a ser esquelético, más bien en buena forma. Lucía barba de un par de días y llevaba el pelo, negro y un poco más largo de la cuenta, revuelto y encrespado aunque eso no disminuia lo más mínimo su atractivo (que lo era, y mucho, tanto que por un momento me alegré de que Pandora no estuviese presente para hacer comparaciones odiosas). Iba vestido con un abrigo azul oscuro de corte marino, con el cuello subido para protegerse de la fría brisa nocturna. Bien mirado la situación no dejaba de ser absurda, conmigo apuntando a aquel tipo que, por su parte, parecía empeñado en ignorarme.
- No es lo mismo - me dijo de repente, aunque en realidad daba más bien la impresión de estar hablando para sí.
- ¿El qué?
- El juego. Sin otro jugador, no es lo mismo. Si yo muevo todas las fichas, ¿qué más da quién gane o pierda?
- ¿Con qué fichas juegas?
- Con las blancas.
- Vale. Pues cuando vayas ganando, dale la vuelta al tablero e intenta jugar con las negras, a ver si eres capaz de invertir la situación sin hacer trampas.
El sujeto pareció sinceramente interesado por la idea. Antes de que retornase a su mutismo inicial, me apresuré a preguntarle:
- ¿Nos conocemos?
- ¿Por qué piensas que nos conocemos?
- No lo sé. Es que parece que no te sorprende lo más mínimo verme por aquí.
- La cuestión no es si yo te conozco - replicó el misterioso individuo -, la cuestión es si tu te conoces a ti mismo. Sé que has tenido un día muy extraño. Sé que piensas que todo a tu alrededor está equivocado. Y sé que te planteas la posibilidad de abandonar a tu acompañante para seguir tu propio camino. Sin embargo, deja que te tranquilice: hay una lógica intrínseca en el caos. Estás en el lugar y con la persona correctos. Y muy pronto encontrarás la respuesta a muchas de las preguntas que te estás haciendo, aunque puede que no a todas, y puede que algunas de ellas sólo te generen a su vez más interrogantes.
- ¿Te importaria hablarme claro y dejar de hacerlo en acertijos? - insinué, molesto, pero él se nego a darse por aludido y contraatacó con otra pregunta fuera de lugar:
- ¿Qué tal se te da el ajedrez?
- No lo sé. La verdad, no me acuerdo.
- Es un juego interesante. El objetivo es acorralar al Rey del contrario hasta hacerle jaque. Este, a su vez, puede usar todas sus piezas para protegerlo a la vez que va a por el tuyo. Visto así, da la impresión de que el Rey es la pieza más importante del tablero, aunque en realidad, estratégicamente hablando, no vale gran cosa y para su seguridad depende de todas las demás piezas, en especial de la Reina la cual, en cambio, es fundamental. Para proteger al Rey, puede moverse y comer en todas las direcciones. Por eso la mayoría de jugadores se resisten a ponerla en peligro de forma innecesaria. Sin embargo, un buen estratega sabe que a veces, para ganar la partida, al final es necesario sacrificar a la Reina - sentenció, arrojándome la figura de la Reina negra para que la cogiese al vuelo. Por algún motivo, toda aquella charla sobre el ajedrez y la necesidad de sacrificar piezas no me gustaba. Daba la impresión de que el desconocido estaba estableciendo un siniestro paralelismo entre el juego, mi persona y la de mi acompañante. ¿Era ella la Reina? ¿Quién dependía de quién? Los dos nos habíamos cubierto las espaldas mutuamente, y pese a sus pretendidos aires de autosuficiencia, parecía reacia a separarse de mí. Apenas la conocía y, sin embargo la idea de que sufriese algún daño me resultaba insoportable. Pero antes de que pudiese hacerle más preguntas al enigmático jugador de ajedrez, un sonido familiar distrajo mi atención. Era un cuervo negro, muy parecido - tal vez el mismo - al que me había graznado de camino, poco antes de llegar al embarcadero. Aunque parezca imposible, juraría que el maldito pajarraco me observaba con aire burlón e incluso su aleteo tenía una extraña cualidad humana, como si se estuviese riendo de mí. Cuando volví la vista al frente mi interlocutor había desaparecido sin dejar ni rastro; y lo había hecho de forma tan rápida y silenciosa que hubiese podido pensar que toda la escena no había sido más que un mal sueño, de no ser por la pieza de ajedrez que sostenía firmemente apretada en mi mano izquierda.

(Continuará...)

Para los interesados en releer la historia, aquí dejo el enlace directo a las entregas anteriores de la misma:

Un mal lugar donde perderse

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

sábado, junio 15, 2013

Una noche en Miskatonic / 04



- Vale – aceptó la chica, escribiendo sobre la hoja con un trazo ágil y decidido. 
- ¡Venga ya! ¿En serio? - exclamó Ruthven al recoger el papel -. ¿Es que de dónde vienes no conocéis las vocales? Si no te importa te llamaré Ras, por abreviar. Pues nada, señorita. Ya sabes que no puedes llevar nada contigo al interior del círculo, así que ropas fuera. Es curioso, pero ahora que lo pienso, en otras circunstancias esta conversación podría terminar conmigo encerrado de por vida en una prisión federal por corrupción de menores. 
- ¿Serías tan amable de darte la vuelta y no mirar? - solicitó la joven, con un atisbo de timidez impropio de ella. 
- Lo que me faltaba por ver: un demonio vergonzoso. ¿Quieres también que salga de la habitación o basta con que me tape los ojos? - ironizó el bibliotecario, recibiendo a cambio una feroz mirada de advertencia -. Vale, vale, ya me callo. Y yo pensando que el infierno sería un sitio más divertido. Que decepción – añadió, mientras escuchaba a sus espaldas el ruido que hacían las prendas al deslizarse y caer al suelo, y el sonido de pies descalzos caminando a través de la estancia. Poco después la chica anunció: 
- Ya está. 
- Muy bien – aceptó Ruthven, girando sobre sí mismo, sólo para encontrarla sentada en medio del diagrama, con las piernas dobladas y las rodillas abrazadas contra el pecho. 
- Date prisa, por favor. Me estoy congelando. 
- Puedo ser rápido o puedo hacerlo bien. Tú misma. 
- Sabes, mago, cada segundo que pasa me arrepiento más y más de todo esto. 
- ¿Si? Pues ya es demasiado tarde para echarse atrás – replicó este, comenzando a leer el texto en voz alta. Su alemán estaba muy oxidado, pero por suerte había leído ese pasaje varias veces y casi podía recitarlo de memoria. Sin embargo, a medida que avanzaba y no obtenía respuesta alguna comenzó a preocuparse y por un momento sopesó la terrible posibilidad de que algo hubiese salido mal. Gracias a los dioses antiguos, en ese preciso instante una columna de luz comenzó a formarse alrededor del diagrama, haciéndose más y más densa hasta ocultar casi por completo la silueta de su ocupante, aunque no lo suficiente como para disimular los cambios que la misma estaba sufriendo. 
Cuando todo terminó, ella seguía ahí, pero ya no era exactamente igual, sino más alta, mucho más hermosa y al menos diez años mayor. De hecho, era tan hermosa que parecía el sueño depravado de algún pintor prerrafaelita. Casi hacía daño a la vista y, sin embargo, era imposible dejar de mirarla. La chica se puso en pie, admirándose a sí misma, mientras probaba su nuevo cuerpo con una satisfacción aderezada con no pocas dosis de arrogancia. 
- Me pregunto si alguien tan ingenioso como tú no tendrá también una frase adecuada para este momento – insinuó la joven, dirigiéndole al hombre una sonrisa burlona. 
- Pues sí. Espero que lleves ropa de tu talla en la mochila, porque me da que la que traías puesta ya no te va a servir. 
La joven se rió, con un sonido que parecía el tintineo de una orquesta de campanillas de plata y que a Ruthven le hizo pensar en aquellos cantos de sirena que estuvieron a punto de causar la perdición de Ulises y sus tripulantes durante el viaje de regreso a Ítaca. 
- ¿Ahora vas a decirme que no te tiento, ni siquiera un poquito? - insistió ella, girando sobre sí misma para que el bibliotecario pudiese contemplar hasta el último centímetro de su espléndida anatomía. 
- Al contrario, querida. Me tientas muchísimo, pero mi padre siempre fue muy claro al respecto: nada de liarse con mujeres casadas, menores de edad o vampiros sexuales. Que luego todo son problemas.
- Ay, mago. Aunque parezca mentira, creo que al final voy a echar en falta tu extraño sentido del humor – dijo la joven, deslizando sus manos sobre el pecho del hombre en un gesto que era cualquier cosa menos inocente -. Has cumplido con tu parte, y te lo agradezco. Por eso, deja que te haga una advertencia: estás en peligro. Algo de tu pasado regresa para ajustar cuentas. 
- ¿Y ya está? ¿Eso es todo? Pues menuda predicción de mierda. Me han echado mejor las cartas con una baraja cutre en alguna feria itinerante de medio pelo. 
- No es culpa mía. Me gustaría ayudarte, pero has renunciado expresamente a mis servicios. Así y todo, puedes pedirme el favor, pero en ese caso tendría que cobrármelo. Son las reglas. Tú lo sabes mejor que nadie – susurró la joven al oído de Ruthven, provocándole escalofríos de placer con el simple roce de su aliento sobre la piel. Este tuvo que cerrar los ojos y apelar a toda su fuerza de voluntad para reprimir el impulso de abrazarla y hacerle el amor como si le fuese la vida en ello, lo cual – irónicamente – no dejaba de ser cierto. 
- Qué lástima – dijo ella, divertida ante su resistencia -. Otra vez será, pues. Hasta la vista, mago.
Cuando volvió a abrir los ojos de nuevo, estaba sólo. Casi hubiera podido pensar que todo había sido un producto de su imaginación de no ser por el diagrama dibujado en el suelo y una sensación como de fuego líquido allí donde los labios del súcubo habían acariciado la superficie de su cuello. Con un suspiro de resignación, Ruthven se encaminó hacia el exterior, donde Fulton comenzaba a recuperar la consciencia. Para evitar una situación incómoda, el bibliotecario apretó el paso en dirección a la salida, mientras pensaba en lo interesante que sería la reunión del próximo viernes, cuando sus colegas le preguntasen que tal había pasado el fin de semana y respondiese: “Muy bien. Tuve que ayudar a un demonio a liberarse de una maldición que le retenía en este plano desde hacía años. Supongo que ahora mismo lo estará celebrando consumiendo hasta la muerte a algún pobre desgraciado a base de sexo salvaje”. Sonriendo a su pesar, consultó su reloj de muñeca. Casi las doce y media. Si se daba prisa podría llegar a su casa a tiempo de ver al menos la primera mitad de “El experimento del doctor Quatermass” antes de que Lía hiciese su aparición para ponerle las esposas y llevarle a pasar el resto de la noche a comisaría. Tras subirse el cuello de la chaqueta y meter las manos en los bolsillos, Ruthven atravesó el parking en dirección a su Volvo mientras tarareaba en voz baja el estribillo de “Bad Moon Rising” de la Credence. 
Después de todo, se dijo, no había sido una noche tan mala.

Addenda: Este relato es propiedad de su autor y ha sido registrado en el RPI a través de Safe Creative de forma previa a su publicación en el zoco. Si deseas reproducirlo o enlazarlo puedes hacerlo, siempre y cuando este debidamente acreditado e incluyas un enlace a este Blog. Gracias por adelantado y un saludo.
Todo el contenido de este zoco esta hecho por amor al arte y sin ánimo de lucro. En ocasiones utilizo imágenes de diversas fuentes con el único fin de ilustrar los textos señalando al autor y/o la ubicación siempre que sea posible. Si deseas que acredite o retire alguna de ellas puedes ponerte en contacto conmigo a través de la siguiente dirección de correo: acaveda@gmail.com
Mil disculpas y gracias por tu comprensión. 


sábado, junio 08, 2013

Una noche en Miskatonic / 03



La siguiente puerta no parecía tan impresionante como la primera, pero en vez de una cerradura convencional estaba equipada con un teclado alfanumérico similar al de algunas cajas fuertes. Ruthven tecleó la contraseña con una indiferencia casual fruto de la rutina diaria. 
- Supongo que aquí es donde están recogidos los ejemplares más valiosos. 
- Sí, aunque la cerradura no está tanto por una cuestión de seguridad como por motivos de mantenimiento – señaló el bibliotecario -. Esta sala tiene su propia atmósfera, con unas condiciones de iluminación, humedad y temperatura distintas del resto del edificio para evitar que el contenido se estropee. De hecho, controlamos el número de personas que pueden entrar a la vez para ajustar la temperatura al nivel correcto. Los visitantes tienen que usar mascarilla y guantes de látex. No se permite sacar los libros al exterior ni introducir cámaras, portátiles o teléfonos móviles, y durante la consulta siempre tiene que estar presente algún miembro del personal de la biblioteca. De todas formas, la mayor parte de los fondos de la biblioteca están digitalizados y se pueden consultar desde cualquier terminal de la universidad. 
- ¿La mayor parte? - repitió la chica, haciendo especial hincapié en la palabra “Mayor”. 
- Si, bueno. Hay ejemplares difíciles de escanear. Y otros que no son recomendables para todos los públicos. 
- ¿Por qué ese empeño en conservarlos? ¿No sería mucho mejor destruirlos? 
- Es curioso – repuso Ruthven, sin dejar de inspeccionar las estanterías -, pero no eres la primera persona que me hace esa pregunta. 
- ¿Y cuál es la respuesta? 
- Lo mejor hubiera sido no escribirlos. Pero ya que alguien lo hizo, alguien tiene que evitar que se usen de forma incorrecta. Además, no me gusta la gente que destroza libros. Se empieza quemando hojas y se acaba quemando personas. Ah, creo que este nos pude servir: Der Unaussprechlichen Kulten, de Von Juntz. Uno de los clásicos – señaló el bibliotecario, extrayendo de la estantería un viejo volumen encuadernado en cuero negro. Ruthven fue pasando las páginas una por una hasta dar con la que estaba buscando. Satisfecho, extrajo un trozo de tiza del bolsillo de su americana y comenzó a trazar en el suelo varios círculos concéntricos combinados con diversos símbolos esotéricos. 
- ¿Eso es todo? ¿No necesitas nada más? - preguntó la joven, confusa. 
- ¿Algo más como qué? ¿Un gato negro? ¿Un macho cabrío? ¿Sangre de gallina? Todo eso no es más que atrezzo. Parafernalia para incautos e ignorantes. Lo que realmente importa es que el diagrama este bien hecho y no comerte una sílaba al recitar la invocación, como ya deberías saber. 
- Sabes, mago, me pregunto si serías igual de gracioso si te arrancase la lengua y te la insertase a través de algún otro de tus orificios corporales. 
- Y dale con eso. Mago es el que se saca un conejo de la axila. Yo soy... es igual, olvídalo. Esto ya casi está. Sólo necesitamos un último detalle para completar el ritual: tu nombre. A poder ser, completo y sin faltas de ortografía – añadió Ruthven, tendiéndole a la chica su pluma y una hoja de papel en blanco. Esta, no obstante, permaneció inmóvil, sin hacer el menor además de coger ambos objetos. 
- ¿Hay algún problema? 
- Yo... ¿eres consciente de lo que me estás pidiendo? 
- Sabes que no hay otra forma de hacerlo. 
- Los nombres son herramientas de control muy poderosas. Conceden dominio sobre personas y objetos. 
- Si, bueno, te recuerdo que todo esto ha sido idea tuya. No te queda más remedio que fiarte de mí, igual que yo confío en que cuando todo esto acabe no termines limpiándote mis restos de entre los dientes con mi escápula.
La chica se mordió el labio inferior, indecisa, a la vez que se retorcía las manos en un gesto inconsciente que delataba su nerviosismo. Viéndola así parecía tan inocente e indefensa que el bibliotecario estuvo a punto de olvidar su auténtica naturaleza. 
- Sólo quiero ser libre para poder seguir adelante con mi vida. 
- Te entiendo. Yo quiero volver a casa y sentarme en mi sillón a ver la tele, pero ninguno de los dos podemos hacer gran cosa si no confías en mi – sentenció Ruthven, haciendo ademán de ofrecerle de nuevo la hoja y la pluma. Al cabo de varios segundos el hombre exhaló un suspiro de cansancio y añadió, para romper el punto muerto en el que se encontraban: 
- Ruthven es mi apellido. Mis amigos y familiares me llaman Adrián. Sobre mi nombre te juro que no usaré contra ti ninguna información que me proporciones, ni para someterte a mi voluntad ni para causarte perjuicio alguno. Sea tres veces maldito si incumplo mi palabra – pronunció el bibliotecario, en tono grave, extendiendo a continuación su mano derecha en señal de compromiso. La chica vaciló aun varios segundos, pero terminó por asentir con la cabeza a la vez que le devolvía tímidamente el apretón. Su piel tenía el tacto correcto, pero la temperatura corporal era varios grados más baja de lo normal y sus músculos se tensaban con la fuerza de un manojo de cables de acero. Al darse cuenta de su escrutinio retiró la mano, avergonzada, como una niña pillada en medio de alguna travesura.
- Soy una pésima imitación de ser humano.
- Todos lo somos, cariño – repuso Ruthven, de forma tan sincera como espontánea, obteniendo a cambio la primera sonrisa genuina por parte de su acompañante desde que le había abierto la puerta de su casa hacía casi una hora -. Y ahora, si no te importa, sigo necesitando tu nombre.

(Continuará...)

sábado, junio 01, 2013

Una noche en Miskatonic / 02



- ¿Y ahora por dónde? - inquirió su acompañante. 
- De frente y al llegar a la escalera bajando, en vez de subir. 
- Pues está fatal señalizado. 
- En realidad, es una forma de mantener alejados a los curiosos y visitantes indeseables. 
- ¿Cómo yo, quiere decir? - insinuó la chica, sonriendo por primera vez en toda la noche. 
- Para nada. Tu vienes recomendada – contemporizó el bibliotecario, abriendo camino escalones abajo hasta llegar a un descansillo ocupado por una puerta doble metálica que, por su aspecto, parecía más el acceso a la cámara acorazada de algún banco que la entrada de una biblioteca. Sin embargo, antes de que Ruthven pudiese hacer el menor ademán de abrirla, un guardía de seguridad apareció en lo alto de la escalera, cegándoles con el haz de luz de su linterna. 
- ¿Doctor Ruthven? ¿Qué hace aquí a estas horas? - preguntó el hombre, a quien el aludido reconoció como Felton, uno de los vigilantes nocturnos de la universidad; un tipo seco y un tanto extraño, con la cabeza rapada y una afición excesiva por el ejercicio físico. 
- Ah, hola, Mark. Mmm... esto... me temo que me he olvidado la agenda y un par de ejemplares en la biblioteca, y he pensado en pasar a recogerlos para no perder el fin de semana. 
- ¿A estas horas? - insistió el guardía, todavía confuso. 
- Sí, bueno, me imaginaba que todavía habría alguien por aquí. Ella es mi sobrina, por cierto. Le estoy haciendo de canguro mientras sus padres están de escapada romántica en Reno – añadió Ruthven, a la desesperada, al ver que la atención de Fulton se desviaba hacia su acompañante. El guardía frunció el ceño, indeciso, para añadir a continuación: 
- Doctor, le ruego me disculpe, pero usted mejor que nadie sabe que esto es muy irregular, y que el acceso a la biblioteca fuera del horario establecido está prohibido para todo el mundo... sin excepciones. 
- ¡Qué estupidez! ¿Y se puede saber quien le dió esas instrucciones tan absurdas? 
- Usted. Hace cinco años, cuando empecé a trabajar aquí – respondió tranquilamente Fulton. 
- Ah, sí, por supuesto – aceptó el bibliotecario, repentinamente bloqueado y sin saber muy bien cómo salir del paso. 
- ¿Quieres que me encargue de él? – se ofreció su acompañante, casi como si pudiese leer sus pensamientos. Fulton no entendía muy bien lo que estaba pasando, pero de algún modo parecía ser capaz de intuir que se hallaba en peligro por lo que retrocedió un par de pasos mientras su mano se apoyaba en la culata de su arma de reglamento. La chica flexionó los dedos mientras retorcía el cuello para hacer crujir las vértebras. Ruthven tuvo una rápida imagen mental de cómo iba a acabar todo aquello y antes de que fuese consciente de lo que estaba haciendo, cerró el puño en torno al manojo de llaves y golpeó al vigilante en el mentón con todas sus fuerzas. El impacto transmitió una aguda sensación de dolor a través de su brazo, pero logró el efecto deseado: Fulton puso los ojos en blanco y retrocedió hasta tropezar con la pared, por la que se deslizó hasta quedar sentado inconsciente en el suelo. 
- ¡Maldita sea, que daño! Creo que me he roto los nudillos – exclamó el bibliotecario, abriendo y cerrando la mano varias veces para asegurarse de que todos los dedos funcionaban y seguían en su sitio. 
- Sabes, mago, no eres exactamente como me habían descrito. 
- Para empezar, no soy ningún mago de feria. Soy doctor en Antropología y especialista en mitología antigua y religiones comparadas. Y lo más importante, he solucionado el problema sin derramamiento de sangre. 
- No entiendo tus escrúpulos. Este individuo es insignificante. Su muerte no alterará ninguna clase de equilibrio cósmico. Y te aseguro que cuando se despierte no te va a agradecer precisamente que le hayas golpeado. Entonces, ¿por qué tomarse tantas molestias para mantenerlo con vida? - insistió la chica, observando a su acompañante con sincera curiosidad. Y pese a lo extraño de las circunstancias, Ruthven no pudo evitar pensar que había algo inocente, casi infantil, en su forma de plantear la pregunta y aguardar la respuesta, por lo que intentó ser lo más franco y directo posible: 
- Porque tiene derecho a agotar su saldo de tiempo hasta el último minuto, como cada uno de nosotros, independientemente de lo que haga con él. 
- Cuando te refieres a todos nosotros ¿me estás incluyendo a mí también? 
- Claro que sí. De lo contrario, no estaríamos aquí – asintió Ruthven, recordando con nostalgia su cómodo sillón y su televisión de plasma con pantalla panorámica. 
- Sigo sin entenderte, mago – reconoció la chica al cabo de varios segundos -. Pero empiezas a caerme mejor. 
- Mira que bien. Ya me quedo más tranquilo – ironizó este, a la vez que abría la doble puerta de acceso a la biblioteca y tanteaba en busca de los interruptores de la luz – Bienvenida a nuestra biblioteca, el orgullo de la universidad Miskatonic y objeto de deseo de todos los aficionados al ocultismo y los fenómenos paranormales. Ten cuidado donde pones los pies y no toques nada, por inocente que parezca. 
Ante ellos se extendía una larga sala ocupada por hileras e hileras de estanterías y mesas equipadas con equipos informáticos que se sucedían en el espacio hasta perderse en la distancia. Al fondo se veía otra puerta de acceso bloqueada por una mesa escritorio y un arco de seguridad parecido al de los aeropuertos. Aparte de varios fluorescentes, la única fuente de luz que había en la biblioteca provenía de unos estrechos ventanales ubicados en lo alto de las paredes, casi rozando el techo. 
- Estamos a unos ocho metros de profundidad. De hecho, esos ventanales que ves ahí arriba están a ras de suelo y dan al patio exterior de la universidad. Para que te hagas una idea, este edificio tiene un diseño parecido al de un peine, con un eje principal del que salen varias galerías perpendiculares. Nosotros estaríamos bajo la púa central, por así decirlo – explicó Ruthven a su acompañante, que iba tras él observando el espacio que les rodeaba con los ojos muy abiertos y una expresión de asombro reverente pintada en su rostro. 
- Me están hablando – musitó la chica -. Puedo oírlos dentro de mi cabeza. 
- ¿A quién? 
- Los libros. 
- ¿Ah, sí? ¿Y qué te dicen? - inquirió el bibliotecario, sinceramente interesado. 
- ¿Cómo puedes estar aquí día tras día y no escucharlos? - replicó a su vez ella, ignorando la pregunta de Ruthven. 
- Muy fácil. Digo que sí con la cabeza mientras estoy pensando en otra cosa, igual que hacen mis alumnos – explicó este.

(Continuará...)